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Fuente: atoctli
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Amantes del etiquetado

Un artículo de Marta Mearin 

Clasificamos. Clasificamos las cosas en grupos para sentirnos cómodos. Tenemos la necesidad de ordenar el mundo (del que nos consideramos amos y señores) para tenerlo controlado y saber qué cosas son iguales (o parecidas) y, por lo tanto, deben estar en el mismo saco. Pero después caemos en el error de pensar que, en vez de crear esos sacos para agrupar cosas que comparten algo, lo hacemos para diferenciarlas de las que están en otros sacos. Y, además, olvidamos todo lo que dejamos fuera.

Empezamos por darnos cuenta de las semejanzas entre los objetos (entendámoslos aquí como entes). Por ejemplo, personas con pene. Luego, las diferenciamos de aquellas que no comparten esa/s característica/s: personas sin pene. Pasamos, entonces, a preguntarnos qué son esos entes, y vemos que se trata de personas con vagina. Asignamos un nombre a cada grupo (hombres y mujeres) y los diferenciamos. Creemos que esta característica biológica los hace contrarios y complementarios. Ambos se necesitan para seguir adelante con la humanidad, pero juegan roles diferenciados en la sociedad. Sólo vemos eso, la biología, el sexo, el objetivo de un cuerpo dados los genitales con los que ha nacido.

Durante años el ser humano ha fijado su mirada sólo en lo natural al plantearse esta cuestión. Al fin y al cabo, somos animales y nuestro cuerpo tiene que funcionar como el de los gorilas o el de los leones. Pero, aún así, en todos los otros ámbitos de nuestra vida (excluyendo este, el del comportamiento social entre mujeres y hombres) nos creemos por encima del resto de animales alegando que somos seres pensantes, que tenemos la capacidad de razonar y así controlar el mundo. ¿No será que eso es lo que estamos haciendo al categorizar a las personas según sus genitales?

Los humanos somos amantes de las etiquetas y ni si quiera sabemos que lo somos. Siempre hemos tenido la necesidad de dar nombre a las cosas para conocerlas y hemos acabado por conocer la etiqueta en vez de la cosa misma. Y la pregunta es, si somos tan inteligentes como creemos, ¿por qué necesitamos hacer esto? En mi opinión, este fenómeno va muy ligado a la idea que introdujo Ludwig Wittgenstein en su obra Tractatus lógico-philosophicus cuando escribió la famosa frase “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Tal y como planteaba también Friedrich Nietzsche, el ser humano no es capaz de conocer lo que deja fuera del lenguaje que él mismo construye. Es decir, si no le damos nombre a las cosas, si no las etiquetamos, no sabemos hablar de esos fenómenos y objetos. Por lo tanto, cuando encontramos similitudes entre entes les llamamos de una manera determinada e, inconscientemente, los diferenciamos de aquellos que no comparten las características del grupo. De este modo establecemos una barrera que puede parecer invisible en primer término pero que, poco a poco, vamos construyendo a través del control político y social.

En los años 1960 emergió la “segunda ola” del movimiento feminista, que pretendía destruir la barrera que se había creado entre hombres y mujeres. Ellos gozaban de preferencias en todos los ámbitos de la vida (social, laboral, política…) mientras ellas se veían (y, en muchas ocasiones, se siguen viendo) relegadas a un segundo plano, a ser el “segundo sexo”, “la otra” del hombre. Eran sólo el sexo complementario y servían para procrear, educar a los hijos y cuidar de la familia. Gracias a la lucha de las feministas fueron muchas las personas que empezaron a preguntarse el origen de esta distinción, de esta separación jerárquica. Hubo científicos que infundieron el pensamiento de que este fenómeno se debía al material genético de ambos sexos, es decir, a la biología de sus cuerpos. Al parecer, el carácter de ellos estaba preparado de manera natural para dominar mientras el de ellas lo estaba para ser dominado. Aunque muchos creyeron en esta afirmación, teóric@s involucrados en el movimiento feminista no tardaron en desmentirla.

Como bien apunta Verena Stolcke “la biología no es destino sino que las identidades socio-simbólicas que se asignan a las mujeres en sus relaciones con los hombres en la organización de la vida en sociedad, al ser culturales, son variables y, por lo tanto, aptas de ser transformadas1. La relación de dominación hombre-mujer viene dada por el etiquetado, por la necesidad de clasificar a los entes en grupos y por la consiguiente barrera que esto crea entre ellos. Ha sido el ser humano quien ha establecido los roles que juegan tanto los hombres como las mujeres en la sociedad y ha sido esta misma quien los ha asimilado. Según Stolcke “Esa ordenación jerárquica es un invento patriarcal para legitimar la autoridad masculina2. Por tanto, estos pueden cambiarse, ya que no están genéticamente determinados, sino construidos socialmente. Esta misma autora lo deja claro: “No sólo el hombre es una invención, también lo es la mujer”3.

Estamos hablando, pues, de unos roles socialmente determinados para hombres y mujeres. Es decir, estos, en principio, dependen del sexo (masculino / femenino), de los genitales con los que se nace. Pero, ¿qué pasa cuando una persona no se siente cómoda con su sexo? Se puede ser mujer habiendo nacido con pene, y hombre habiendo llegado al mundo con vagina. Para distinguir la manera de nombrar los genitales de una persona de su identidad se introdujo la palabra “género” en los años 1970. Este término hace referencia al rol que adoptan las personas, sean hombres o mujeres, en relación con el sexo-género contrario/complementario. Pero, si seguimos basándonos en la premisa de que existen sólo dos géneros, no dejamos de ser esclavos de las etiquetas que nosotros mismos hemos creado. De hecho, mucha gente jamás se ha planteado que hay personas que viven en la frontera y que no quieren salir de ella.

Al darse cuenta del desconocimiento de muchos en cuanto a todo aquello que queda fuera del binarismo hombre/mujer, Miquel Missé introdujo en su libro Transexualidades4 la definición de los términos “travesti”, “transexual” y “transgénero”, éste último también conocido como “intersexual”. El primero hace referencia a aquellas personas que esporádicamente se visten y actúan como personas del género opuesto aún identificándose con el que les fue atribuido al nacer. Los transexuales, en cambio, quieren someterse a una reasignación genital, es decir, modificar su cuerpo para vivir en el género que consideran propio.

Estos dos fenómenos son conocidos por la gran mayoría, pero el tercero, el de los intersexuales, no lo es. Se trata de personas que viven en la frontera, sintiéndose a la vez hombres y mujeres. Como he dicho anteriormente, creo que mucha gente no se plantea que existan personas que se encuentran en esta situación porque se han dejado fuera de las etiquetas. De hecho, hay sujetos intersexuales que nacen con órganos sexuales masculinos y femeninos. Cuando esto ocurre, los médicos deciden el género de la persona basándose en unos estándares de medida del pene/clítoris. Según ellos, se trata de una práctica social de la medicina para ayudar a que estas personas sean “normales”. En otras palabras, les obligan a entrar en una de las dos etiquetas, en la zona de confort de los seres humanos ordenados y categóricos. No tienen en cuenta que estas personas, aún habiendo nacido con un pene pequeño (que los médicos operan, convirtiéndolo en clítoris) pueden sentirse hombres al crecer o a la inversa. Incluso puede que quieran mantener los dos órganos sexuales y que de identifiquen con ambos géneros o con ninguno. En el ensayo de Stolcke se nombra a John Money, un especialista en el estudio de “defectos” genitales congénitos que pensaba que los bebés son neutros en términos psico-sexuales. Creía que, dada esta neutralidad, “el desarrollo de su orientación psico-sexual depende del aspecto de los genitales externos que el bebé observa cuando mira hacia abajo. Cualquier bebé puede ser transformado en niño o niña con tal de que sus genitales tengan la apariencia ‘adecuada’”5.

Además de negarnos a ver la mezcla, los seres humanos hemos construido el binarismo hombre/mujer y hemos atribuido una serie de roles a cada uno de estos dos grupos, situándolos como contrarios y complementarios. Nosotros mismos hemos decidido que los hombres sean el género fuerte, el dominante, y hemos relegado a las mujeres a ser “el otro” del hombre. Por eso, también tenemos el poder de cambiarlo, aunque debemos tener en cuenta cuán hondo ha calado en la sociedad la relación jerárquica establecida entre ambos. Asimismo, tenemos el poder (y el deber) de salirnos de las etiquetas im(puestas) y visibilizar la intersexualidad.

Hay que tener en cuenta que no sólo categorizamos el género, sino todo aquello a lo que le hemos dado nombre y, por tanto, todo lo que conocemos. Dice Miquel Missé que no hay mucha literatura en torno a la situación de las personas trans, pero sí podemos encontrar muchos textos que hablan de gente que vive en la frontera entre etiquetas. Un buen ejemplo es el de la comunidad chicana, personas de origen mexicano residentes en los Estados Unidos mayoritariamente, pero también en otras partes del mundo. María Lugones escribe sobre este tema y afirma que “Si las personas están fragmentadas es porque la sociedad misma está fragmentada en grupos que son puros y homogéneos.”6 La autora habla en el mismo texto del mestizaje, adoptando esta palabra como término “para denominar la resistencia impura frente a las opresiones engranadas, mezcladas”.

Nuestro afán por categorizarlo todo y reunir aquello que comparte características en grupos homogéneos nos ha llevado al extremo de crear un saco para los que consideramos “impuros”, “mezclados”. De este modo, si nos hablan de la comunidad chicana o de las personas intersexuales, tendemos a crear una etiqueta para ellos en vez de aprender del previo error que nos llevó a dejarlos fuera de nuestras miras. Esta etiqueta, además, se define a partir de la categorización que habíamos establecido previamente. Es decir, definimos a los chicanos con las etiquetas “mexicano” y “americano” y decimos que los intersexuales son a la vez “hombre” y “mujer”. Buscamos lo que consideramos “puro” dentro de lo “impuro”, pensando que los mestizos son seres heterogéneos construidos a base de fragmentos de pureza. Esta fragmentación tiene el objetivo de controlar a esos seres en concreto y al mundo en general porque, como no debemos olvidar, categorizamos a las personas en grupos ordenados jerárquicamente. Por consiguiente, construimos otro grupo uniforme y lo miramos por encima del hombro, tratándolo con desdén por tratarse de un colectivo de personas impuras, no homogéneas, como las que hemos metido en los otros sacos. Dejamos de lado la evidencia de que todo ser humano es heterogéneo en sí mismo. Aunque la dominación política y social que establecemos y acatamos cada día nos acerca más a actuar como autómatas y convertirnos en sociedades llanas y uniformadas, es innegable que cada persona es un mundo. Nadie es clasificable.

Entonces, ¿quién establece cuáles son las características que aúnan a los grupos y, por tanto, desde las que se establecen las etiquetas? María Lugones propone el concepto de “hombre moderno”, un ente que se encuentra en una posición privilegiada y que tiene la capacidad de entender la unidad y abstraerla. Esta figura puede recordar al Mundo de las Ideas de Platón, inmaterial, eterna, ajena al cambio y poseedora de la Verdad. Se contrapone a lo que este autor llamó Mundo Sensible,  que se limita a copiar el Mundo de las Ideas consiguiendo crear sólo “cosas” mutables, materiales, corruptibles y, por tanto, desconocedoras de la Verdad. El “hombre moderno” sólo podría situarse en ese desdoblamiento del mundo, por el encima de todo lo que conocemos, para tener la capacidad de fragmentar las identidades de los seres humanos en pedazos y concebir así la unidad. De todos modos, es evidente que ha sido el ser humano quien ha decidido las características según las cuales etiquetar a los grupos al darse cuenta de las diferencias entre los de su misma especie. Así, cuando ha reparado en la existencia de personas blancas y personas negras, el color de piel ha llamado su atención y ha inventado las razas. De hecho, Stolcke7 habla en uno de sus ensayos de cómo varios estudiosos han negado la existencia de las razas en términos biológicos, atribuyéndolas a convenciones sociales.

El problema no es el lenguaje, aunque sí una de sus causas. Los seres humanos necesitamos abstraer las cosas y convertirlas en conceptos para conocerlas, y lo hacemos mediante el lenguaje. Es nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con el mundo. El error no reside en actuar como lo que somos (humanos), sino en no abrir la mente para contemplar aquello que dejamos fuera del lenguaje. Esto ocurre por una cuestión de educación. No es culpa de los maestros ni de las escuelas, sino de que la sociedad ha aprendido a no plantearse este tipo de temas con el paso de los años. Aquellos que ejercen el control niegan el pensamiento de la frontera para seguir ejerciéndolo y ciegan a la sociedad. Los hombres, por querer mantener esa posición privilegiada que los sitúa en el punto más alto de la jerarquía, han adoptado el rol de dominantes con la excusa de que les ha sido asignado biológicamente. Los blancos se han creído durante muchos años superiores a los negros por la misma razón.

Ya es hora no sólo de traspasar esas barreras, sino de ser conscientes de que la unidad y la homogeneidad son inexistentes en seres tan complejos como los humanos. Como dice María Lugones: “Si las mujeres, los pobres, los no-blancos, los queer, las personas con culturas (cuyas culturas son negadas e invisibilizadas en tanto que contempladas como marcas nuestras) son considerados impropios de lo público, es porque estamos manchados por la necesidad, la emoción, el cuerpo. Esta mancha está relacionada con la necesidad del sujeto moderno por controlar a través de la unidad, la producción y el mantenimiento de sí mismo como unificado.”8

1 Stolke, Verena. (2003). La mujer es puro cuento: la cultura del género. Quaderns de l’Institut Català d’Antropologia, sèrie de monogràfics: A proposit de la cultura, No. 19. Página 2 del ensayo.

2 Ibídem, página 5 del ensayo.

3 Ibídem, página 3 del ensayo.

4 Missé, Miquel (2013). Transexualidades: otras miradas posibles (páginas 10 y 11) Editorial UOC.

5 Stolke, Verena. (2003). La mujer es puro cuento: la cultura del género. Quaderns de l’Institut Català d’Antropologia, sèrie de monogràfics: A proposit de la cultura, No. 19. Página 10 del ensayo.

6 Lugones, María. (1999). Pureza, impureza y separación. En Neus Carbonell y Meri Torras (Comp.) Feminismos literarios. Madrid: Arco Libros, pp. 235-265.

7 Stolcke, Verena; (2000). ¿Es el sexo para el género lo que la raza para la etnicidad… y la naturaleza para la sociedad? Política y Cultura. 25-60.

8 Idem.

Marta Mearin
Estudiante de periodismo y escritora. Creo en el periodismo narrativo como vehículo para la comprensión del ser humano y el mundo que le rodea. Estoy convencida de que la cultura puede cambiar el mundo.

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