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Arrebato

Un text literari de Berta Quintana

Últimamente los sentimientos son intensos, peligrosos e inquietantes. La situación no está totalmente controlada y el ataque sorpresa no me gusta. Simplemente no sé nada, la rareza del ambiente y el olor de mi alrededor me hacen desconfiar hasta el punto de que mi ausencia en el mundo real es casi completa y mi cerebro se centra en este punto fijo que no encaja con los otros, un sentimiento suelto, un apéndice que debería ser cortado de inmediato.

Me caliento la comida en el viejo microondas, mis ojos están pendientes del plato que da vueltas y vueltas, pero mi concentración es nula, no me entero de que la carne se está quemando, tampoco de que el tomate está estallando. El pitido chirriante me despierta de un sueño leve y cojo el plato, sin apenas percatarme de que quema, y como poco, como una anoréxica frente una hamburguesa.

Me dispongo a salir. La calle es gris y mi blusa es roja. La gente que pasa me mira sonriente, supongo que los conozco,  el pueblo es pequeño, mi mala fama es general y la hipocresía me atormenta.  La plaza está llena de gente, entre ellos una cara conocida, una sonrisa esperada y unos dientes claros, unos ojos inocentes y enamorados, él. El gran motivo de la alteración de mi mente. Pero lo que me altera no es el amor ni los sentimientos, simplemente no se presentó a comer ayer, simplemente su mirada carismática  me hace pensar y dar vueltas y más vueltas a todo, por pequeño que sea, que ha pasado a mi alrededor.

Está nervioso, lo noto. Me besa y me dice algo que no oigo o que no escucho. Me coge de la mano y me guía como un perro por las calles del pueblo. Su mano tiembla levemente y la mía la aprieta, esperando un fluir de verdades.  Pero nos recorremos todas las calles y el parque, entramos en todas las tiendas y nada. La desesperación aumenta cuando me lleva a casa, todavía con la sonrisa  tapadera encima de la cara. Puede que mi mirada le inquiete, sabe que lo noto, sabe como soy, sabe que me está desestabilizando y aunque le guste también se compadece, y en un arrebato de fuerza de voluntad me las suelta. Tres palabras endulzadas por las películas y tan temidas para mí. Tres palabras que me hacen pensar mil cosas en un momento, y justo cuando la última de ellas es pronunciada por esa boca, que hace tanto tiempo que beso, mi cabeza mira al cielo. La primera gota de una tormenta inminente cae encima de mi frente y resbala por mi nariz, mis ojos la siguen, y creo poder percibir el recorrido de ésta hasta el suelo. Las imágenes son confusas y a la vez reveladoras.

Niña pequeña de blusa roja juega y sonríe mientras su cara se transforma rápidamente por la de una vieja, de rostro afable y ojos taciturnos. Pequeños granitos de arena caen a su endurecido rostro. El plano de la imagen se hace más grande y puedo ver que está metida en un gran reloj de arena, el reloj de su vida, imparable, constante, ahogante cuando llega a su fin. Siento el mundo girar, gira rápido, el viento del cambio me abofetea la cara, cada vez más fuerte. Y con cada bofetón me llega la imagen de mi vida soñada, de casas a la playa, de vida fuera de mi pueblo, de hombres enamorados de una mujer desconocida, de una amante espléndida… los pensamientos quedan interrumpidos por un suspiro de impaciencia y desilusión. Mis ojos se desempañan de sueños, ilusiones y previsiones, y sólo ven el presente, ojos marrones y pelo mojado, y en un arrebato de hipocresía auto refleja exclamo “sí quiero”.

 

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Redacció

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