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Batman, Einstein y Reed

Una columna de Rosa P.Masdeu

Los domingos por la tarde se emite un excelente programa en el vestigio de televisión pública de calidad que es tve2. Viaje al interior de la cultura, en su séptima entrega, la de ayer, domingo 3 de noviembre, trataba la relación entre el súperheroe sin superpoderes, Batman y el ““““descubridor de América””””, Cristóbal Colón; déjenme que estas comillas sirvan para simbolizar toda la problemática inherente al personaje. Lógicamente, tal relación no se consigue así como así, sino que entre vínculo y vínculo, se pasaba, también, por la platónica admiración de Einstein hacia la música de Mozart.

Fue también un domingo, el 27 de octubre, sobre la misma hora en que se estaría emitiendo el capítulo 6 de Viaje al centro de la cultura, cuando empezó a circular por las redes sociales la noticia de la muerte de Lou Reed, una inspiradora, transgresora e influyente figura de la música rock y sus posteriores evoluciones.

Como suele pasar cuando muere un icono, sea del campo que sea, las rotativas se paran y escupen los contenidos que sean necesarios para poder dedicar, al menos, dos de sus disputadas páginas de la edición en papel a la estrella en cuestión. Se citan frases célebres referidas a la excéntrica figura y a su particularidad en algún aspecto x. La retórica de estos artículos suele acoger cierto acento melancólico hacia al arte pasado y, lógicamente, irrecuperable.

“Tenemos tantas ganas de encontrar artistas trascendentales que hasta nos tomamos en serio Arcade Fire” escribía Ramon De España, siguiendo las pautas de comportamiento antes descritas, en la edición de El Periódico del lunes 28.

Existe cierta tendencia a venerar una melancolía patológica y cierto enrocamiento en algunos sectores del mundo de las artes. También es cierto que tal actitud puede más o menos entenderse, que no justificarse, con el argumento de que vivimos en un momento histórico de divinización de la mierda y de banalización del arte, en lo que a campo musical se refiere, al menos. El peligro de tal endogamia reside en el daño colateral que se provoca en el verdadero arte. Porque lo hay. Porque afirmar que la calidad musical murió con el siglo pasado sería una demagogia equivalente a sentenciar que la pintura no remonta desde Monet, o que el dibujo se quedó en las naturalezas muertas.

Del nihilista y rompedor grupo de Lou Reed, The Velvet Underground, dijo el compositor Brian Eno que si el primer álbum de la banda, The Velvet Underground and Nico, vendió sólo 30.000 copias, los treinta mil compradores empezaron un grupo de música. Y no nos extrañe que alguno de estos compradores fueran Joy Division o algún progenitor de alguno de los miembros de The Strokes.

Nadie espera que los habitantes de New Orleans vuelvan a emprender una revolución armados con saxos y pianos. Porque espero que a estas alturas nadie tome en serio la teoría de la creación espontánea. La oposición a la industria discográfica que promociona la pornografía del espectáculo con excusa musical es el grito conjunto que despertó el Indie. Un movimiento demasiado nuevo y desconocido para ser escrutado, pero suficientemente trascendente como para ser tomado en serio. Si Innerspeaker despertó nuestra curiosidad, con Lonerism, Tame Impala consigue nuestra atención. Y sería bueno no caer en el mismo error de siempre y reconocer el arte anticipado a nuestro tiempo, a tiempo.

También en el capítulo 7 de Viaje a través de la cultura, se citaba una frase atribuida a Einstein alabando la música de Mozart. El físico, trascendental también, dijo que la música del compositor era tan pura que parecía que había estado toda la vida en el universo, esperando a ser descubierta por el autor. Cosas curiosas que se aprenden en la 2.

innerspeaker

Portada del disc Innerspeaker de Tame Impala

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