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Can Vies, poder popular

Sobre la violencia: Tiempos sin poesía

Un ensayo de Javier Rubio, estudiante de Sociología

Violencia subjetiva: despierta la rosa de fuego

Can Vies es derrumbada por una decisión política. La rosa de fuego despierta. La ‘violencia’ se hace con las calles de Barcelona. Pero si algo nos enseñan las ciencias sociales es que no podemos observar los hechos e interpretarlos sin más, sino que éstos deben pasar el filtro de una metodología precisa y ser observados en su totalidad. Las parcelas de realidad no pueden analizarse por separado. La realidad es múltiple y debe de ser descifrada en su compleja amplitud.

Los hechos acaecidos durante las movilizaciones de los últimos años, así como la  actualidad marcada por los acontecimientos de Sants, han reabierto un debate imprescindible en las ciencias sociales – y, necesariamente, en la sociedad: ¿qué es y qué no es violencia? Para enfrentarnos al difícil reto de dar una respuesta clara, desarrollada y argumentada necesitaremos de un refuerzo teórico consistente.

El primero de los imprescindibles ingredientes es la aportación que hace Slavoj Zizek en su libro Sobre la violencia (2008). En éste, el esloveno nos explica que lo que normalmente el sentido común asocia con la violencia (los actos de insumisión o desobediencia de la gente, como en el caso del 15M, Gamonal o Sants estos días) es simplemente la parte más visible de un triunvirato que incluye también dos tipos objetivos de violencia[1]. Estas dos violencias objetivas son las que denominamos violencia simbólica y violencia sistémica.

Violencia objetiva: el Estado y el monopolio de la coacción

Hemos esclarecido aquello que asociamos al concepto violencia subjetiva. En el caso específico de los acontecimientos que hemos ido citando, podría tratarse de la desobediencia activa del 15M o la resistencia (quema de contenedores, barricadas) de las ciudades de Gamonal o Sants.

Pero, ¿qué es la violencia objetiva? Bertolt Brecht nos sitúa en escena cuando señala que hay muchas formas de matar. Se puede clavar al otro un cuchillo en el vientre, quitarle el pan, no curarlo de una enfermedad, confinarlo en una casa inhabitable, masacrarlo de trabajo, empujarlo al suicidio, obligarle a ir a la guerra, etc. Sólo pocas de estas formas de matar están prohibidas en nuestro Estado[2]. La violencia objetiva es aquella que hemos naturalizado. Aquella que se ha convertido en institución. Aquella violencia invisible pero material, viva pero aparentemente inexistente.

La palabra violencia es un claro ejemplo de la victoria en el campo de la hegemonía de las clases dominantes. Se ha extraído de su significado la forma más pura en que se manifiesta: la violencia inherente al sistema […] las más sútiles formas de coerción que imponen las relaciones de dominación y explotación, incluyendo la amenaza de la violencia”. No hay sino violencia en el despido improcedente de cientos de trabajadores de sus fábricas por la deslocalización.

No hay sino violencia en el desalojo de miles de familias de sus casas, subordinando el interés financiero al interés popular. Los mayores centros de organización de la violencia no son los puntos de reunión de los jóvenes que deciden hoy construir una alternativa a este sistema político y económico en caída libre, sino en los centros de negocio, en el Fondo Monetario Internacional o en el Banco Central Europeo.

Pero vemos por todas partes hombres que se nos ofrecen tan desfigurados como si hubiesen sido azotados por vergas de acero, hombres que a los treinta años parecen ya ancianos, y sin embargo ninguna violencia es visible. Hombres que habitan años y años en cuchitriles no más confortables que las prisiones, y de las que hay tantas posibilidades de salir como las hay de salir de una prisión. Cierto que delante de estas puertas no hay carceleros[3].

Quizá el carcelero no sea otro que el fetichismo que nos ciega, que nos impide ver que la liberación no tan solo es posible, sino que también segura y depende únicamente de nosotros mismos.

El poder financiero español, erigido en el Estado Central, así como sus oligarquías súbditas, manifiestas, por ejemplo, en la Generalitat de Catalunya o el Ayuntamiento de Barcelona son los principales orquestradores de la violencia contemporánea. La violencia subjetiva no es más que una respuesta frente a la violencia estructural que tiene siempre una dimensión individual, al contrario que la violencia estructural, que es su causa; hay que elegirla, y es probablemente la única verdadera elección que permite, en algunos casos, la violencia mayor capitalista[4].

 

Sobre Política

El ritmo acelerado del proceso histórico que vivimos nos hace sentir la necesidad de recuperar la política en términos reales y clásicos. En las facultades de Ciencias Políticas del mundo nos enseñan que la política es el arte de la decisión. Cuando los intereses de la sociedad entran en conflicto, la política interviene para dar una solución mediante instrumentos de consenso y diálogo. No obstante, tal y como nos enseñó el padre de la Ciencia Política, Nicolás Maquiavelo, la política es también el arte de conseguir y mantener el poder. Y estas dos “dimensiones” de tanto en tanto chocan y producen conflictos de gran embergadura.

En el caso de Can Vies, como en el del Gamonal, es una decisión política la que desemboca en el conflicto. ¿Quiere decir esto que la población representada por el Ayuntamiento de Barcelona esté de acuerdo con ejecutar el desalojo del centro social? No. Es una muestra de que la política muere con el capitalismo en su fase actual. El poder imperativo de las instituciones económicas, ajenas a la sociedad civil y al supuesto mercado donde todos tienen cabida, superordinan la política en las decisiones. Es decir, pese a existir conflictos en la distribución de los recursos, del poder y su gestión (cuestiones esencialmente políticas) sigue siendo el “mandato” económico el que toma las decisiones.

Slavoj Zizek define este escenario – con ciertos matizes que no comparto, pero con exactitud a nivel explicativo – como la época pospolítica, que afirma dejar atrás las viejas luchas ideológicas y se centra en la administración y gestión de expertos[5]. La pospolítica, o lo que en Europa catalogamos como Tecnocracia, representa la muerte de la política.

Pero Xavier Trias y el Ayuntamiento de Barcelona no son simples títeres de este poder financiero. Son actores protagonistas. El por qué lo encontramos en la segunda definición que hemos dado de política acompañados de Maquiavelo. Las decisiones del Alcalde y sus camaradas son decisiones de clase. El mismo interés económico que les superordina es su interés principal. Y por ello deben tomar decisiones para que ellos – y el modelo económico-social que representan – sigan en el poder. Y si eso implica acabar con el tejido asociativo de Sants y convertir la ciudad en un campo de batalla con tal de no ceder ni un paso frente a quienes dicen representar lo harán, y lo han demostrado. Las clases altas son clases inútiles y en la mayoría de los casos torpes, pero inteligentes y muy valientes.

No obstante, parece que la genial lectura de Maquiavelo que profesan en sus acciones de gobierno no ha sido del todo efectiva. Digamos que han olvidado algunos capítulos, y eso les puede pasar factura. Tal y como Maquiavelo señala la primera causa de que el príncipe pierda su autoridad está en el abandono de su profesión. Las gentes comienzan a ver que todo es cuestión de decisiones y que en este caso el poder ha cometido un grave error.

Asimismo, Maquiavelo profesa que nunca debe permitirse un desorden para evitar una guerra, porque en realidad no se la evita, sino que se aplaza el conflicto con desventaja propia[6]. Porque sí: esto es una guerra. Una guerra de gente cansada contra un poder desgastado. Porque la situación es extrema y necesita de una respuesta que se concorde con la gravedad del momento. Necesitamos más que nunca a la política. Necesitamos DECISIÓN frente a los conflictos y no IMPOSICIÓN. Porque la población empieza a sentir en sus carnes la violencia. Empiezan a entender que violencia es que lo beneficios del IBEX35 desde el inicio de la crisis hayan sido de más de 239.399 millones de €, mientras la gente normal no tiene ni para pagar la luz de un piso que, seguramente, de aquí a unos días ni tenga posibilidad habitar.

Theodor Adorno, señaló que la inmunda violencia que se vivió durante el genocidio Nazi durante la Segunda Guerra Mundial impactó tanto en las mentes coetáneas que era inconcebible que se pudiese entonces escribir poesía. La coyuntura que vivimos actualmente nos asegura que la poesía estará en decadencia durante unas cuantas décadas. Tanta violencia no cabe en ninguna estructura métrica. Expresarlo está fuera de lo humano.

Aún así, quizá este sea el momento de escribir la historia. De combatir su violencia objetiva. De recuperar la política. De volver a demostrarnos que somos irreductibles, y que ni la represión política ni su coacción económica podrán parar la fuerza de un cambio que ya vive en nuestros corazones y espera impaciente a que el flujo sanguíneo lo lleve a todos nuestros cuerpos para transformar este mundo.

Concluimos, como no podía ser de otra manera, con Maquiavelo:

La conclusión es que el príncipe debe temer poco las conspiraciones si cuenta con la afición del pueblo; pero si el pueblo está descontento y lo aborrece, debe temerlo todo.

Teme, señor Trias. Que tiemble el poder financiero. La gente está en las calles, las calles arden y el poder popular irrumpe. Hemos venido a recuperar lo que siempre hubo de ser nuestro.

 

Can Vies, poder popular

Can Vies, poder popular


[1]Slavoj Zizek: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Editorial Austral (2008) Trad. Antonio José Antón Fernández. El subrayado es nuestro.

[2], [3] y [4] Bertolt Brecht: Libro de los cambios. (Acceso virtual a algunos fragmentos

[5]Slavoj Zizek: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Editorial Austral (2008) Trad. Antonio José Antón Fernández.

[6]Nicolás Maquiavelo: El príncipe. Editorial Planeta (1983) Trad. Javier Alcántara.

Redacció

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