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Fuente: asivaespaña.com
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Odio al cani: el clasismo de la izquierda

Un artículo de Cristina Barrial

Están por todas partes.

Pero no son como nosotros.

Les dedican programas televisivos completos, son el caldo de cultivo de reality shows, de programas de “investigación”, de series. Me gusta sentarme en el salón, encender el televisor, observarles, mirar cómo se comportan. Reafirmar lo que ya pensaba: que no, que no son como nosotros.  Y que si no lo son, es porque no han querido. Porque poder, podrían. Pero no.

Beben alcohol sin control, toman drogas sin medida. Les encanta el exceso. Nosotros también nos tomamos un vino de vez en cuando. Una raya de coca tras un estresante día de reuniones de empresa. Pero mi alcohol es distinto al suyo. Mi droga es distinta. Más cara. Otro estilo. No, no son como nosotros.

No lo he vivido en mis carnes, yo no me mezclo con esa gente. Pero lo sé, porque a todas horas lo veo en la televisión. Solo hacen falta diez minutos de Callejeros para darse cuenta. La fiesta en Zona Hermética, míralos, metidos hasta arriba. La periodista intenta hablar con ellos y ni siquiera pueden articular palabra. Solo gritan, se soban. Menuda forma de bailar. ¿Qué aporta esa escoria? No saben lo que vale un duro.

Princesas de barrio, más de lo mismo. Y Mujeres, hombres y viceversa. ¿De dónde han salido? Mira cómo visten. Y qué promiscuidad, todos con todos. Ese programa se resume en una falta de valores. Cuerpos sexualizados. Exceso de sexo. Porque yo follo, pero no así. No follan como nosotros. Ya te lo dije: no son como nosotros.

Pero es que esos ninis no se contentan sólo con beber y pasarse el día de fiesta. Además, son violentos. ¿O no has visto Hermano Mayor? Lo reconozco, en algún momento pasé miedo. Cuántos puñetazos, puertas rotas. Qué suerte no vivir en esa familia. No sé qué haría con un hijo que, además de vago, me levanta la mano. Eso sí, habría que haberle parado los pies hace tiempo. Encima ni trabaja, si robando ya tira. Es como toda esa gente. No quieren trabajar. Pero paren como conejos y después no pueden mantener a sus hijos. Y a cobrar del Estado, ale. Si total, nos sobra el dinero.

Cambio de canal porque no me aguanto la mala hostia.  Están dando Aída en la cinco. De ahí no se salva ni uno tampoco, pero al menos me río. El racista, el yonki, la puta, el homófobo. Tienes para elegir. La protagonista una chacha, cómo no, de léxico muy reducido. Su hija, una concursante de Gran Hermano, y el niño, un delincuente. El autocontrol brilla por su ausencia.  Pero me río, porque de eso se trata, entretenimiento. Entretenimiento y distancia, porque mi identidad la he construido mediante la frontera que separa el ellos y el nosotros. Y ellos, esos ninis, borrachos, sin modales, sin conciencia de clase, sin aspiraciones, no lo son. No. No son como nosotros.

Y yo soy de izquierdas eh. Pero… pero no.

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Se dice que el estigma era un signo corporal utilizado durante la Antigua Grecia para diferenciar a aquellos que poseían características personales no deseables que era mejor evitar en lugares públicos. Estas marcas solían ser cortes o quemaduras realizadas con hierro ardiendo. El término griego fue rescatado por el sociólogo Erving Goffman (1963)  siglos después para introducirlo en las ciencias sociales, dónde el estigma pasa a ser un atributo profundamente desacreditador que puede manifestarse en tres vertientes: deformaciones físicas, defectos del carácter o raciales y religiosos.

La estigmatización implica la existencia de un estigmatizador, que dicta el patrón de lo normal y, en consecuencia, legítimo, y de un estigmatizado, a partir de cuya diferencia se crea “una ideología para explicar su inferioridad y dar cuenta del peligro que representa esa persona” (Goffman, 1998). El individuo estigmatizado posee –o se cree que lo hace- cierto atributo que expresa una identidad social devaluada en un contexto social particular (Crocker y Cols, 1998). Este estigma social se vincula al estereotipo que encierra bajo una palabra múltiples atribuciones que reducen la heterogeneidad a un bloque monolítico, homogéneo, que permiten simplificar la realidad mediante la exageración y la inexactitud de los detalles.

De la misma manera en que en la infancia nuestros mayores nos reprendían por ir como gitanos –que además de a un comportamiento incívico, venía a referirse a aquella mancha del pantalón o ese pelo sin desenredar-, hoy sigue habiendo etiquetas (estigmas) con los que intentamos que no se nos relacione. En los últimos años la discriminación por raza, orientación sexual o género ha perdido legitimidad discursivamente, al menos desde la izquierda. Los chistes racistas ya no hacen gracia. Los comentarios sobre la sexualidad de la novia de tu amigo ya no son bien recibidos en una terraza de Sants. Sin embargo, nadie se escandalizará cuando cargues contra el cani que tiene el escape trucado y la cadena de oro. Ni contra la choni que, aunque no ha terminado la ESO, está embarazada por segunda vez.

Canis y chonis. Hablamos de estigmas, por su connotación negativa. Hablamos de estereotipación, por su reduccionismo. ¿Qué significa ser cani? Según la web Inciclopedia, un joven cani puede ser distinguido anatómicamente por llevar gorra, corte de pelo estilo cenicero, ropa deportiva de marca –normalmente de imitación-, oro, mucho oro, y zapatillas de muelle. Suelen pasearse con perros que gozan de la misma agresividad que sus dueños, abundan en las zonas periféricas de las ciudades y nunca van solos. Su sociedad tiene lenguaje propio, afirman en esta página web, y también conductas, como la hostilidad. Entre sus actividades favoritas, destacan sus diversiones: los porros, el alcohol, el MDA. Sus gustos musicales gozan del mismo poco estilo que su vestimenta: música electrónica, pero no de la buena, claro. Y reggaetón, pero con menos caché del que puede sonar en Sutton. Más sexual. Más primario. Sus empleos, si es que tienen, suelen ser precarios, reponedores y dependientas del DIA son los estrella, y suelen habitar viviendas de protección oficial.

Mediante la etiqueta cani o choni, se atribuyen características individuales completamente despolitizadas a un fenómeno que trasciende el simple mal gusto o la agresividad: la desigualdad social. Se pasa por alto que todos estos jóvenes son clase obrera, que el estereotipo, cargado de rabia, no es más que un odio de clase aceptable socialmente y que, como retrata Owen Jones en Chavs, “la demonización de la clase obrera”, la clase trabajadora parece el único grupo social del que puedes decir prácticamente cualquier cosa. Cuando creíamos ser todos clase media, resultó que no. Vivimos en una sociedad profundamente dividida en clases, y bajo la apariencia de la capacidad de configuración libre de la identidad y la trayectoria vital, las distinciones de clase siguen existiendo, ahora, disfrazadas de características individuales.

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Los medios de comunicación tradicionales son los encargados de  legitimar y retroalimentar el discurso. Para Link y Phelan (2001), hay una diferencia entre «poseer» un atributo y que éste sea «aplicado» por quien estigmatiza. Según ambos autores, «el estigma existe cuando los elementos de etiquetaje -asignación de categorías sociales a los individuos-, estereotipación -las diferentes etiquetas son relacionadas a estereotipos-, separación (ellos/nosotros), pérdida de status y discriminación, ocurren conjuntamente en una situación de poder que lo permite»

Esta relación de poder en la capacidad de estereotipar y crear un discurso es, intrínsecamente, asimétrica, dado que los poseedores de los recursos de producción de representaciones y estereotipos hacen circular imágenes de aquellos que no poseen estos recursos. Los mass media se sirven de las representaciones mediáticas, producciones que recortan la realidad y que organizan el orden simbólico de esta para legitimar, entre otras cosas, la desigualdad social mediante una doble violencia simbólica, en términos de De Certeau (1996).

Esta violencia es doble debido a que, en primer lugar, una representación es un recorte de la realidad, algo que está en el lugar de otra cosa que no es ella misma, para lo que opera necesariamente una síntesis. En segundo lugar, los sujetos representados –que en el caso que nos concierne son los jóvenes de clase trabajadora a los que se atribuye determinada estética y actitud-, los sectores subalternos o sin voz, como diría Jacques Rancière, no construyen sus propias representaciones, ya que no poseen los recursos. Si la representación per se es cuestionable por su legitimidad para hablar en el nombre del subalterno, nos encontramos con que a esta violencia simbólica se le suma la imposibilidad del subalterno de producir imágenes sobre sí mismo.

La legitimación del relato por parte de los medios de comunicación tradicionales no quiere decir que estos sean los creadores de una ficción que surge de la nada, sino que sus productos se insertan en unas estructuras de sentido ya existentes anteriormente, que portan una densidad histórica (Arancibia y Cebrelli, 2005). Son, sin embargo, propiciadores del sesgo de confirmación, la tendencia a favorecer una información que confirma una creencia o hipótesis propia. Es mucho más fácil creer que los barrios obreros están llenos de jóvenes “sin aspiraciones” y “violentos”, si, a mi reducida información de campo sobre ello, sumo los discursos mediáticos que tratan de hipervisibilizar –que no tiene implícita una democratización- a estas personas comportándose de esta manera, día tras día, en distintos formatos televisivos.

El prisma desde el que se juzga la estética y comportamiento de estos jóvenes de clase trabajadora en reality shows como Hermano Mayor y Princesas de Barrio o series televisivas como Aída muestran que las clases sociales no se configuran solo en términos de un desigual capital económico, sino que también entra en juego el capital cultural, social y simbólico, en términos de Bourdieu. El gusto de la llamada clase media, hegemónico y normativo, que marca la distinción, es el impuesto como normal y juzga a la gente de clase trabajadora que peca de un consumismo vulgar (oro en exceso, ropa deportiva de marca de imitación, joyería) y de gastar su dinero en teoría basta en lugar de con la elegancia de la burguesía.

Los medios de comunicación tradicionales, mediante un framming o encuadre, criminalizan el habitus de la clase trabajadora (Bourdieu, 1998), dimensión fundamental de la clase social. El habitus son los esquemas de actuación, pensamiento y sentimiento que se asocian a una posición social y que hacen que personas de un entorno social homogéneo tiendan a compartir estilos de vida y expectativas, ya que estos se adquieren mediante experiencias de vida cotidianas. Juzgando desde el prisma del estilo de la clase media, se cae en la culturalización de la desigualdad social, olvidando el contenido de clase proyectando una supuesta movilidad social donde los márgenes, los indeseados, no son más que una subclase salvaje que ha decidido su lugar en la pirámide obviando las desigualdades condiciones de partida.

La desigualdad, por tanto, no se organiza solamente en torno a una base material, sino que se construye mediante el punto de encuentro de lo cotidiano y la producción cultural de, entre otros, los medios de comunicación. Cuando la desigualdad social es tan grande, es fácil hacerla desaparecer de los discursos, porque los sectores apenas se cruzan. La justificación de la criminalización del joven que etiquetamos como cani, o la joven choni, excusa bajo la identidad cultural y los defectos individuales un profundo odio de clase y culpabilización de la víctima. Porque la demonización de la clase obrera legitima la inacción gubernamental: primero, se magnifica el problema, después, se atribuye a características personales y estilos de vida y, finalmente, se retira la ayuda económica del Estado.

El discurso es sencillo: son ellos. No es un problema político, su comportamiento forma parte de la esfera privada, puesto que en esta sociedad sin clases, el talento y esfuerzo es la manera de ascender meritocráticamente. Es el discurso del odio, que viene a gritar: ¡Vuélvete clase media!, ¡Abraza nuestros valores y estilo y sal del barrio! Ellos, por un lado. Los subalternos residuales caricaturizados por el otro.

Vuelve a decirlo. No, no son como nosotros. ¿Seguro?

Cristina Barrial Berbén
Asturiana en Argentina. Entre disparar y escribir elegí lo segundo: no entiendo el periodismo si no es militante. Sur y Este como puntos cardinales.

12 comentaris

  1. Sra. Capuz, usted se toma una raya de coca tras un estresante día de reuniones de empresa? Quizás debería buscar ayuda.

    Trabajo constantemente con ciudadanos de familia y entorno pobre o humilde y no he visto ningún comportamiento marginal en ellos, la mala educación, malas costumbres y ser, en definitiva, mala hierba es un hecho transversal a todas las clases sociales, puede excusarlo con todas las gimnasias mentales posibles.

    Que los medios de comunicación son veneno concentrado se lo otorgaré.

    Y es “estereotipo”, no “esteriotipo” (en su sección de etiquetas, para asegurar la máxima difusión)

    Saludos.

  2. Alejandro Borreguero

    “La justificación de la criminalización del joven que etiquetamos como cani, o la joven choni, excusa bajo la identidad cultural y los defectos individuales un profundo odio de clase y culpabilización de la víctima.”

    Entonces usted me plantea que cuando un cani/choni no termina sus estudios obligatorios ni decide continuarlos para aspirar a un futuro “seguramente” mejor, la culpa no es de la educación otorgada por familiares ni de su entorno, posiblemente “conflictivo”, si no de los medios de comunicación y el odio de clase que transmiten, los cuales crearán en el cani/choni un sentimiento de víctima.

    Además, según usted, la clase media, principal utilizadora de los medios de comunicación, es la culpable de que un cani/choni sea víctima de una discriminación social, convirtiéndose este en víctima, eximiendo a este de su falta de culpa por no haber reconducido su educación.

  3. Éste artículo lo único que se merece es silencio y reflexión.

    Solo añadiré:
    De momento hay tres comentarios, todos negativos, lo cuál da más fuerza a la propia tesis del artículo. Demumetra que a la clase media nos han creado una laguna descomunal en la capacidad de síntesis, la falta de autocrítica, y todo ello ligado a un mal disimulado narcisismo.

    • Agree. Me podrías explicar lo del narcisismo disimulado? Creo entenderlo pero no sé si voy bien encaminade. Me gustaría escuchar tu visión.

  4. Por un lado estaría la o el choni que trabaja, eso sí, en trabajos muy precarios, cajera, limpiadora, dependienta, etc, que sería clase obrera, pero desclasada,no sindicada, poco formada, muy consumista, y con ínfulas de ascender socialmente y por otro los que no trabajan y parasitan a la familia, conocidos,o se dedican al trapicheo y al robo, también desclasadas y analfabetos políticamente, esta sería el lumpen del que habla Marx, y que en un conflicto, por sus aspiraciones de medrar, se unirían sin duda a la clase dominante. Con los primeros aún se podría hacer un trabajo de divulgación y captación, con los otros lo veo más complicado.

  5. Yo creo que en esta sociedad de internet, sí que tienen medios para crear sus propios mensajes, y sin embargo en ellos no difieren demasiado de la imagen de los mass media.
    Yo considero que los canis vienen de un entorno económico similar al mío, pero sin embargoel entorno cultural sí que es diferente. Ahí radica para mi la verdadera diferencia. Son chavales que podrían haber estudiado y haberse formado, pero no lo han hecho. Y existe la discriminación a la contra. Mi ex era soldador y gran lector con un vocabulario muy rico y a veces en el taller le afeaban según qué expresiones por “el pisto que se daba”.

  6. Pues a mi me ha gustado, me has dado en la cabeza bien (tengo puntos discordantes pero estoy deacuerdo con el artículo en conjunto). Enhorabuena. En lo que si coincido con Christian es que si usted consume cocaina al final de las reuniones prefiero recomendarle el running (o correr que también se lleva).

  7. Los comentarios son un poema…

    El error es pensar que pueden seguir estudiando, que es su decisión el no estudiar y seguir en la clase obrera. El entorno te condiciona en todas tus decisiones, incluidas las que parecen más personales como estudiar o no estudiar.

    Los “canis” están en un círculo social que les lleva a no estudiar, a vestirse así y a ser “así”. Yo provengo de un barrio obrero, con gran mayoría de “canis” (yo mismo de chaval tengo fotos que tela). Lo más normal era que a los 16 años (o antes) dejasen el instituto y se fueran a trabajar. Los institutos de estos barrios no son precisamente el ambiente de estudio ideal, las familias necesitan dinero y la mayoría no se pueden permitir a un hijo estudiando.

    Cuando tienes 16 años y ves que tus amigos trabajan (antes de la crisis, ahora la cosa es distinta), tienen autonomía, tienen “libertad” para hacer lo que quieran pues quieres dejar de estudiar también, a no ser que tengas una familia que te obligue a seguir estudiando.

    Normalmente una familia en la que entra un sólo sueldo va a preferir que entren dos sueldos. Si no tienes colchón económico vives en lo inmediato, es muy difícil pensar en el futuro cuando no puedes pagar la luz de ese mes. Hay que estar en esa situación para entenderlo. No es simplemente decidir estudiar. Si te han mandado un aviso diciendo que te van a cortar el agua el futuro es absolutamente secundario.

    El cuento de que todos tenemos las mismas oportunidades es radicalmente falso. Sobre el papel (que tampoco) puede ser, pero la realidad es muy diferente.

  8. Falla en la exageración, sobre todo al principio, del supuesto punto de vista de la clase media, sobre todo si se pretende hacer un reflejo, aunque fuera exagerado, de aquella clase media que se dice de izquierdas. Casi nadie perteneciente a ese grupo se sentirá aludido cuando se habla de la coca tras las reuniones de empresa o de un reggaetón con más caché que otro.
    Esto provoca el negacionismo cuando se le ha de enfrentar a su propia actitud ante sus compañeros de clase estigmatizados como canis: “No, yo no soy el que dices que hace eso”.
    Por lo demás, otro producto a rebufo de “Chavs”. La autora suena demasiado satisfecha con sus propias conclusiones, pero realmente no veo nada nuevo bajo el sol, ni nada más hondo.
    Eso sí, que no sea nuevo no quiere decir que no siga siendo válido o necesario. Me gusta ver este periodismo en mi país.

  9. Cuando ves que no tienes los mismos regalos, que nunca sales de vaciones, que no puedes permitirte las mismas cosas… Se te quitan las ganas de estudiar, ahora muchos de esos obreros que estudiaron, siguen con el mismo poder adquisitivo. Siguen obreros.
    Por qué se dice canis de barrio, no lo hay de urbanización? Que es muy cani la foto en el baño, pero en la piscina es lo más.

  10. Pues aunque leo comentarios en contra de este post yo la verdad que lo veo como un articulo que hace reflexionar es decir, que me suena a ironia lo de la coca etc. simplemente para que nos demos cuenta como sociedad como categorizamos y creamos estereotipos y prejuicios..

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