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Fuente: marearock.com
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Contraste caóticamente organizado: Retrato de Rubén Sierra “Pegatina”

Un retrato de Marc Álvarez

Montcada i Reixac es un municipio bastante normal, común. Cuenta con unos 35.000 habitantes y desprende esa tranquilidad tan característica de las cercanías de Barcelona. Sin embargo, hace doce años se cocía en una mente privilegiada una revolución. Un gran contraste con la realidad vivida hasta entonces en la zona. Una reyerta musical contra la monotonía que acabaría extendiéndose por todo el mundo. Se la bautizó como La Pegatina y, a día de hoy, es el grupo catalán más internacional y uno de los más reputados a nivel nacional. El padre fundador, voz y guitarra de esta locura se aparece ante mí en una de las cinco estaciones de Renfe de la población con un Alfa Romeo Spark negro algo gastado. Me indica gesticulando que suba y le hago caso.

Extiende la mano a modo de saludo y con una expresión entre curiosa y cómica me pregunta  “¿Qué tal, tío?”. Cuando las informales formalidades terminan arranca el coche y se dirige con la seguridad de quien ha vivido casi 30 años en un único lugar hacia nuestro destino. Rubén Sierra, también conocido como “Pegatina” parece, a priori, una persona bastante normal. Su vestimenta la conforman camiseta y pantalón de chándal. Sus facciones, alargadas. Ayuda a esta sensación que lleve su pelirrojo pelo bastante corto por toda la cabeza menos en la zona más cercana al cogote, algo más largo. La barba, de un color más claro, sorprende por su escasa longitud, teniendo en cuenta que en sus apariciones públicas más recientes la había mostrado tupida.

La primera evidencia de que no es una persona común me la muestran sus claros ojos azules, pues veo brillo en su mirada. Es de esas que pueden apreciar más allá de lo que se observa a simple vista. De esas que denotan la curiosidad inherente de su portador, que inconscientemente la transmite con una increíble naturalidad. En el segundo signo me fijo cuando, ya aparcados, empezamos a andar. Son sus reconocibles bambas de un color cada una, símbolo de identidad que nació con La Pegatina y tal y como me cuenta, morirá con ella si ese día llega. Es, sin lugar a dudas, el curtido en experiencia pero vivo retrato de aquel ilusionado chaval que aparece tocando en uno de sus primeros conciertos en el documental que conmemoró los diez años de trayectoria de la banda.

Llegamos al Bar Petit Marc, a escasos metros de su piso, y nos acomodamos en la terraza mientras el sol se hace notar. Nos encontramos en el típico paseo gris con árboles brotando de cuadrados habitáculos rodeados por cemento y con carretera a ambos lados, no excesivamente transitada. Cada pocos pasos una terraza diferente te ofrece la posibilidad de refrescarte, y las tiendas situadas cruzando la carretera son de comercio local. Rubén reafirma mi creencia inicial sobre la zona cuando me describe Montcada como un sitio totalmente normal, sin mucho movimiento y con el que no comparte un fuerte vínculo emocional más allá de haber nacido. Además, el Ayuntamiento no le ha sido de gran ayuda, puesto que a la entidad nunca le ha interesado implicarse mucho ni con el grupo ni con varios proyectos culturales propuestos, tales como locales de ensayo.

El camarero nos trae el pedido, y mi mediana contrasta con su agua fría. A diferencia de lo que muchos piensan, su vida se rige por una disciplina bastante alejada del mito de sexo, drogas y rock n’ roll, que a su parecer es cosa de otros tiempos. Comer sano, dormir bien y entrenar cada día es totalmente necesario para aguantar dos horas encima del escenario al frenético ritmo de La Pegatina. Su delgado pero estilizado físico así lo demuestra. Un grupo con el emblema “fiesta” para englobar todo su mestizaje y fusión de estilos con un único objetivo, disfrutar haciendo disfrutar: “si una canción me da energía yo la transmito y acaba siendo recíproco, se va haciendo una bola y al final es orgásmico”. Sus palabras destilan la envidiable sinceridad de aquellos que han encontrado su pasión y la han sabido explotar.

Inquieto, se pasa la botella de una mano a otra y la aprieta mientras hablamos. Es el nerviosismo sano de alguien, como afirmaba Uri de Bongo Botrako en el documental, adicto al trabajo. Y es que después de nuestro encuentro tiene ensayo y a la tarde debe desplazarse hasta Girona para impartir una de sus conferencias sobre cómo manejar las redes sociales en el mundo de la música. Todo esto mientras promociona su nuevo disco “Revulsiu”, mantiene su programa musical Mestizoo en Montcada Radio y se escapa para pinchar como Ninhodelosrecaos DJ. Y aún así se disculpa porque yo me he tenido que adaptar a sus horarios. No tiene ni idea de cómo se organiza, pero sabe que trabaja mejor bajo presión. Lo que tiene claro es que no escaparía de este caos: “para hacer eso tendría que acabarse la banda y todas mis actividades relacionadas con la música, y a día de hoy es lo que me da la vida. Necesito levantarme y pensar en todas estas cosas, necesito ese estrés”.

No me gusta pecar de típico ni caer en tópicos, pero no hay otra manera de decirlo: es un hombre que vive por y para la música. En sus mil formas y expresiones. Y sin contar nunca con una referencia directa o inspiración cercana, puesto que es el primero de su familia en dedicarse a tales menesteres. Dota de total autenticidad a su discurso cuando me cuenta que fue por un grupo que quiso aprender a tocar, los mexicanos Molotov. Una admiración que le lleva en unos meses a realizar, más de una década después, conciertos en el país centroamericano. “Cualquier sitio es bueno para tocar si a la gente le gusta lo que haces”.

Y como buen amante de este arte, también lo defiende con uñas y dientes. El 20 de mayo se llevó a cabo el día sin música, una protesta por la subida del IVA cultural. Orgulloso de participar por aquello en lo que cree, afirma que “no hay mejor manera de demostrar a la gente la importancia de la música que con un día sin ella”. Indignado me cuenta que la medida les afecta, pero que sangra sin piedad a las nuevas formaciones, ya que supone una traba inmensa en su crecimiento. Hay coherencia en sus palabras por la firmeza y seguridad con las que las transmite, y es que en definitiva “el músico tiene que ser altavoz de las cosas con las que esté de acuerdo”. Convicción que se aplica a él mismo y lo demuestra con creces a lo largo de la conversación.

Como anunciando el punto de inflexión en la charla, pasa un helicóptero sobre nuestras cabezas y, acto seguido, dos peatones se ponen a hablar a gritos. Cuando regresa la calma, sucede. Me cuenta algo que nunca antes había dicho en ninguna entrevista: colecciona sellos. “Hace que me evada, me paso horas y horas y horas mirándolos y clasificándolos. Parece mentira”, suelta riéndose. Es un momento realmente importante porque reafirma la sentencia que se ha ido germinando en mi cerebro. Rubén Sierra “Pegatina” es el contraste personificado. Es el ying y es el yang.

Cómo no, me explico. Su tranquila y pausada afición choca con su ajetreada vida, pero es sólo uno de muchos ejemplos. Como la aparente normalidad que desprende en contraposición a la autenticidad de su carácter. Le siguen el haber nacido en una ciudad tan calmada y haber creado tantas cosas extremadamente dinámicas, así como transmitir esa ingente cantidad de “fiesta” con La Pegatina y llevar un estilo de vida necesariamente sano para hacerlo sin morir en el intento. Choca la cantidad de tareas que debe planificar con la espontaneidad con la que se tira sobre el público, otro de sus rasgos característicos: “nunca lo preparo, es el éxtasis del momento. Una vez en el Apolo salté junto con el “petardazo” de confeti final y me caí al suelo, pero ni el público ni la banda se enteró gracias al caos. Y aunque siempre exista ese miedo de hacerse daño, es más fuerte la confianza en la gente que está allí por algo que tú has creado. Es indescriptible, un tipo de adrenalina natural que no te va a dar nada más en el mundo”.

Me cuenta que después de escuchar durante un rato un estilo concreto lo que mejor le sienta es cambiarlo radicalmente, como pasar de reggae a punk. Contrastan también los dos míticos personajes con los que le hubiera gustado tener una distendida conversación: “Bob Marley, por la tranquilidad que desprende. El otro sería Camarón, el quejido flamenco, por su puro nervio”. Pero el más identificativo y visible de todos es su calzado, y con esto completo mi teoría. Su principal signo de identidad, explica convencido, tiene una razón de ser: filosofía vital. “Es el love and hate, todas las cosas buenas tienen su parte mala. Me puse una zapatilla de cada color en el primer concierto para recordarme eso mismo, que todos los momentos tienen su blanco y su negro, pero al final siempre se acaban equilibrando”.

Es, en definitiva, un hombre de contrastes pero con un fin, un objetivo implícito: encontrar el punto medio, el ansiado y escurridizo equilibrio. Le pregunto sobre el potencial oculto de la cultura. Decidido pero siempre risueño responde: “no sólo es ocio, educa a la gente. Hace que veamos la vida de otras maneras, y por eso creo que aún no han bajado el IVA cultural, ya que mientras más cultura tenga la gente más difícil es controlarlos. Eso y viajar son dos cosas indispensables para tener ideas propias”. Ensimismado, pienso en su respuesta. Quizá no lo sabe, pero juraría que ya ha hallado esa armonía. Y es que el equilibrio se encuentra cuando, pensando por ti mismo, decides convertir tu pasión en tu vida hasta el día de tu muerte.

La charla acaba y su mirada, siempre expresiva, me lo confirma. Tiene intención de hacerlo. Aguantará hasta el final, pues es alguien casado con la música con la oportunidad de demostrarlo. Y para quitarle ese anillo tendrán que cortarle el dedo.

Marc Álvarez Ramilo
Estudiant de periodisme a la UAB. Quasi melòman, inestable lector, amant del setè art i ferm creient en el gran i desaprofitat poder de la cultura. Escriptor amateur amb massa coses per aprendre.

2 comentaris

  1. Brillante crónica de una curiksa entrevista, ¡felicitaciones!

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