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Cosas del karma

Relatos personales de mi experiencia por Europa

Un diario de viaje de Álvaro Imbert. Fotos de Miguel Socias y Álvaro Imbert.

En julio de 2011, Miguel y yo decidimos hacer nuesto primer viaje juntos fuera de España. Decidimos hacer un trip por Europa, sin planificar nada, yendo a la aventura que es mucho más divertido. Sólo sabíamos que íbamos a ir a Amsterdam, porque era nuestro primer destino y ya teníamos los billetes comprados. No teníamos nada planificado: ni albergues, ni contactos, ni ruta ni nada. A parte, yo sólo tenía 350€ para pasar el mes que íbamos a pasar viajando. Tampoco tenía tarjeta de crédito. Pero, la verdad, es que todo salío mejor de nuestras expectativas. Hay que destacar, también, que era el primer viaje de Miki fuera de España.
¡Y vaya primer viaje!
Como ya he dicho, nuestro primer destino fue Amsterdam. Recuerdo perfectamente la sensación de llegar: era una mezcla de euforia (por todo lo que nos quedaba por vivir) combinado con una sensación de agobio, ya que no sabíamos nada de lo que iba a pasar ni de cómo nos las apañaríamos. Una vez llegados a la ciudad, primero fuímos a recorrerla para situarnos y encontrar el mejor lugar donde pasar la noche. Obviamente, los hostales o albergues no estaban dentro ni de nuestro plan, ni sobre todo, de nuestro presupuesto. Así que, después de recorrer la ciudad, encontramos una caseta prefabricada en un parque frente a un río.  Nos decantamos por ese lugar y no otro porque debajo de la caseta había un espacio de unos 50cm , protegido con alambre de espino, donde podíamos cobijarnos sin ser vistos y con un “techo” que nos cubriera. Por lo tanto, uno levantaba el alambre mientras el otro se metía dentro con las mochilas, y luego el otro mantenía el alambre para que pasara. Al principio estabamos cagados porque no sabíamos qué iba a pasar. Pero al menos estabamos seguros de que nadie nos vería. Es gracioso pues, que al cabo de cinco minutos, nos quedamos dormidos profundamente. Pero ese sueño fue interrumpido a las 7 de la mañana cuando el encargado de la caseta (que en verdad era un puesto de comida) nos vino a echar de mala manera. Cosa que no estuvo mal porque de esta manera madrugamos y pudimos aprovechar bien el día.
Por la mañana recogiendo nuestras maletas después de ser descubiertos.

Por la mañana recogiendo nuestras maletas después de ser descubiertos.

En total, estuvimos durmiendo 5 noches en la calle, en diferentes parques y sobre todo, en la caseta, que pese a que el dueño nos advirtiera de que no volvieramos, pasamos tres noches en total porque nos parecía el sitio más “cómodo” y “seguro”. Cada día al levantarnos, hacíamos el mismo ritual: buscábamos una fuente donde cepillarnos los dientes. Después íbamos al Mcdonalds a usar el baño, para “ducharnos” (más que ducharnos aclararnos las partes más importantes) como podíamos, cargar el móvil y  utilizar el wi-fi.  Y todo esto por tan sólo 1€ que nos costaba el café. Después del café, planificábamos un poco la ruta del día, que al final siempre salía al revés, debido principalmente a la calidad del producto más típico de Amsterdam. Después, para no cargar con todo lo que llevábamos, dejábamos las maletas en la estación central donde por dos euros podíamos guardarlas 24h.  Los días fueron pasando y nuestra adaptación al entorno iba creciendo. Le fuímos cogiendo el gusto a esta manera alternativa de hacer turismo. Además, creo que Amsterdam era la ciudad ideal para iniciarse en esto. Pudimos disfrutar de todos los atractivos que ofrece la ciudad, de una manera diferente y conociendo el lugar desde dentro. Finalmente, después de cinco días levantándonos casí con hipotermia y a todo esto, sin sentir el agua caliente de una ducha, decidimos empezar la ruta de verdad.
Nuestra habitación durante la segunda noche.

Nuestra habitación durante la segunda noche.

Como anécdota, en la foto superior aparece la única foto que tengo de la caseta donde pasamos la segunda noche. Era una caseta en lo alto de un árbol en un parque infantil. Fue nuestro lugar favorito para dormir y quisimos que se convirtiera en nuestro cuchitril durante el resto de la estancia en Amsterdam. Pero no fue así. Estábamos durmiendo muy plácidamente cuando de golpe noto, a eso de las 7 de la mañana, un brazo de color fosforito que se asoma por la caseta. No necesitamos despertador porque la policía holandesa nos vino a despertar con dulces gritos y a toda caña. Mira si fueron agradecidos que nos dieron una denuncia a cada uno de recuerdo. Al menos, ya teníamos una historia divertida que contar al llegar a nuestro próximo destino: Alemania.

La fuente donde solíamos cepillarnos los dientes cada mañana.

La fuente donde solíamos cepillarnos los dientes cada mañana.

Nuestra habitación durante la tercera noche.

Nuestra habitación durante la tercera noche.

Salimos de Amsterdam sabiendo sólo que íbamos a Berlín. Después de mucho caminar, colarnos en trenes y tranvías, conseguimos salir a las afueras de la ciudad. Previamente planificamos por encima qué autopista nos llevaba a Alemania y que ésta se encontraba en el norte de Amsterdam. Una vez en la periferia de la ciudad, buscamos la autopista A-1. Para ello, tuvimos que recorrer, sin exagerar, más de 15 km con las mochilas llenas, por el arcén de la autopista (en sentido contrario). Porque sabíamos que teníamos al fondo la A-1 pero no encontrábamos la entrada. El arcén además estaba lleno de malashierbas y plantas que dificultaban el paso. Habiendo ya casi llegado a nuestra autopista, nos cruza un coche de policía y dos segundos después, retroceden y nos hacne retroceder todo el camino hasta el inicio.  Cansados y angustiados de no saber cómo llegara la entrada de la jodida autopista decidimos ir más allá y empezamos a recorrer campos y bosques, cruzando cementerios, fincas y demás hasta finalmente llegar a la querida autopista dirección Berlín.

Miqui caminando por carreteras holandesas en busca de la autopista.

Miqui caminando por carreteras holandesas en busca de la autopista.

Estábamos nerviosos, principalmente porque nunca habíamos hecho autostop fuera de España. Una vez concienciados y dispuestos a todo, nos ponemos en una de las entradas de la autopista y esperamos y esperamos con un cartel bien alto donde ponía “DEUSTCHLAND” (no DEUTSCHLAND – efectos secundarios de la visita a Amsterdam). Pero bueno, bien o mal escrito, nos paró un chico de origen africano con un cochazo de la parra. Nos dijo que lo más cerca que nos podía dejar era en una estación de servicio perdida de la mano de Diós (pero al menos en la dirección correcta).  Nos bajamos, nos tomamos un café en la gasolinera, y nos pusimos de nuevo.
Miqui esperando en la estación de servicio.

Miqui esperando en la estación de servicio.

Al ir a levantar el cartel, dos parejas mayores, que estaban de excursión de domingo con sus Ford Mustangs -descapotables y originales-, nos ven y el marido de una de ellas se nos acerca diciendo que nos podía llevar. No nos lo podíamos creer… Era demasiada suerte. El hombre, al darnos el vistobueno, fue a preguntárselo a la mujer y vimos como ella no parecía tan dispuesta. Y el muy calzonazos la obedeció al pie de la letra y encendió de nuevo su V8 y lo único que nos dejó fue una nube de humo y con las ganas. Nunca mejor dicho. No obstante, Miki y yo no nos desmotivamos y pasados cinco minutos se detiene a nuestro lado una Volkswagen Transporter T3. Aún mejor. Sin dudarlo un segundo, nos subimos sin saber dónde acabaríamos. Lo bueno es que nos pudo llevar hasta la frontera con Alemania.
Recorriendo autopistas holandesas dentro del amplio espacio de la T3.

Recorriendo autopistas holandesas dentro del amplio espacio de la T3.

El hombre se portó de puta madre. Nos explicó que era productor de televisión, que se iba hasta Noruega con la furgo y que allí tenía que grabar algo de un anuncio. Nos dejó hacer lo que queríamos dentro y encima nos dejo utilizar y curiosear con su equipo de cámaras y demás. Durante un rato nos replanteamos si acompañarle hasta el final de su travesía o no. Pero no queríamos perdernos por nada del mundo Berlín y esta no entraba en su plan. Así que nos bajamos de la T3 y nos sentamos en un banco de la estación de servicio, para fumarnos el último restojo que nos quedaba de nuestro “souvenir” de Amsterdam.
En la estación de servicio antes de meternos en el siguiente coche.

En la estación de servicio antes de meternos en el siguiente coche.

Nos lo acabamos y os juro que fue poner el cartel en alto y al minuto se paró un Opel familiar nuevo con matricula alemana. Se trataba de una pareja de unos veintitantos, muy muy particular. Él era el típico alemán grande, un poco regordete con rasgos rubios y de lo más normal del mundo. Sin embargo, su novia era otro mundo: gótica, delgada con rasgos como gitanos, vestida y maquillada de una manera muy rara. Más incómodo fue no poder hablar con ellos en todo el trayecto, porque no hablaban ni papa de inglés ni ningun idioma (por mínimo que fuese) con el que pudiéramos comunicarnos. Llegados hasta este punto todo parece correcto y normal. Yo, como de costumbre, desconecté de la situación y me puse a ver el paisaje holandés con todo el buen rollo de un tío colocado. Hasta el momento en que empiezo a ver a lo lejos la frontera alemana. Durante todo el trayecto, habíamos ido con música hardorde-gótica, que yo odiaba y por lo que me puse con mis auriculares. Pero antes de pasar la frontera, la chica cambia el pen drive de la música por otro y empieza a sonar la última canción que hubisese imaginado que podría sonar en este mundo: la de los Piratas del Caribe. Ante mi asombro, me quité los auriculares y le hice una broma a Miqui sobre la música. Los dos nos empezamos a jartar hasta el momento en que empezó realmente la aventura: la mujer (que no había dicho ni mú en todo el trayecto) suelta: This car is good. Is fast. ¡Fast good! (con toda la sensualidad del acento alemán) y de repente, a su chico se le cambia la cara y pasamos de ir a 120 a 220km en menos de 1 minuto. Fue cruzar la frontera, olvidarnos de los controles de velocidad y ponerse a mil por hora. Lo peor de todo no fue ir fumado, con los piratas del caribe sonando y a tanta velocidad. Lo peor era ver el estado de la autopista (que solo era de dos carriles, muy estrecha y en mal estado porque estaba en construcción) y ver como el conductor cada vez se volvía mas colérico y agresivo con los otros conductores, hasta el punto de ponerse rojo como un tomate, empezar a insultar a los otros coches y  picarse con ellos. A todo esto, súmale  que no había conversación, de que no nos entendían y de que no podíamos pedirles que disminuyeran la velocidad. Pero el destino no nos quiso ver muertos en ese momento y finalmente llegamos sanos y salvos a Düsseldorf. Pero eso sólo era el inicio de otra gran aventura: el camino de 800km hasta Berlín.
Pues eso, llegamos hacia las siete a Dusseldorf y buscamos la estación de bus. Al ser guiris, nos quivocamos y fuímos a la estación de buses locales y no nacionales. Al hablar con Miki para llegar a una solución, un hombre se nos acercó hablando español y nos ofreció ayuda. Nos había oído hablar de cómo llegar a Berlín y nos acompañó a los buses nacionales y trenes en busca de lo más barato. Todo se nos escapaba del presupuesto. Por lo que buscamos un bus porque no queríamos dormir otra vez en la calle, sobre todo por el frío que hacía en Alemania. Pero el bus a Berlín era demasiado caro. Por lo que el chico nos invitó a tomar un cafe, sacó su portatil y nos buscó transporte compartido (“mitfahrer”). No sólo eso, sino que nos encontró un coche que iba a Berlín esa noche a las 9 y nos lo reservó. Nos costó 20 euros por cabeza hacer más de 800km.
Nos despedimos del hombre muy agradecimos, fuimos a pasear y quedamos en el punto de encuentro. De pronto apareció lo que nosotros pensabamos que iba a ser un transporte compartido normal y corriente. Pero no se trataba de un coche: era una furgoneta del año de la pampa, con un conductor de unos 80 años africano con gafas de culo de botella de 5cm cada lente, que llevaba conduciendo del tirón desde París. No sólo eso, ya que iban como 10 personas en la furgoneta, cada una de una nacionalidad diferente. Y lo peor, es que nos tocó ir delante, junto al conductor. Yo iba en el lado de la ventana, Miqui en medio y el conductor a su bola. Todo bien.  Me puse a escribir y me dormí. Pero me levanté al cabo de un rato, cuando ya estábamos en autopistas alemanas, porque estaba cayendo una tormenta del copón. Hasta ahi todo bien, hasta que empezamos a rayarnos porque al conductor se le cerraban los ojos. Le despertamos varias veces. En una de esas, de repente vemos como se empieza a salir del arcén y como la gente empieza a gritar como loca. Todo esto sin haber dormido, sin haber parado y habiendo hecho cientos de km. Finalmente, a base de no dormir en toda la noche, y mantener despierto al conductor, llegamos a Berlín a las 7 de la mañana sin saber donde estabamos, sin conocer a nadie y sin saber qué hacer.
Comenzamos la nueva aventura: Berlín. Un frío que te cagas, niebla, y mucha angustia. Caminamos y caminamos, y de esa, que casualidades de la vida, nos enteramos de que la chica de Miki, que vive en Milán, estaba de visita en Berlín para ver a un amigo. Se iba al día siguiente, pero nos dio tiempo para quedar con ella e ir a que nos mostrara la ciudad. Al rato nos presentó al amigo que le estaba acogiendo en la ciudad. Estuvimos cinco minutos juntos, porque el chico, llamado Quito, se tenía que ir a trabajar. Pero fue tiempo suficiente para llevarnos bien con él. Quito, muy simpático, nos dijo que tenía bicis de sobra, y que podíamos ir a cogerlas con Vanessa (la chica de Miqui) para ir a pasear por la ciudad.
Recorriendo el muro de Berlín con nuestras nuevas bicicletas.

Recorriendo el muro de Berlín con nuestras nuevas bicicletas.

Paseamos y paseamos y al final de la tarde fuimos al estudio Quito porque es artista y tiene un estudio a las afueras de Berlín. Al llegar al estudio, nos muestra sus obras y después bajamos al bar a tomarnos unas cervezas con él ( que buenas por cierto) y su compañera de estudio. Como tuvimos muy buen rollo todos, nos invitó a cenar y a beber en su casa por la noche. Lo dicho, fuimos a su casa a dejar las bicis y a comenzar el guateque. Tenía un piso en la parte comunista, muy chulo y bien localizado. Al llegar, había música, comida y alcohol… mucho alcohol. De esta aprendí que nunca debes picarte a beber con un alemán. Y menos si es alemán de origen chileno. La combinación es mortífera (hablando en términos alcohólicos).  Llevas todas las de perder. Y así fue, después de horas bailando, riendo y bebiendo, acabamos Miqui y yo desfallecidos en su casa ya que nos quedamos literalmente muertos, Miqui en el sofá con Vanessa y yo durmiendo en su cama. Una situación muy rara, (de la que agradecía tener lagunas mentales) porque no es muy común despertarse con un tío conocido/desconocido en la cama, sin saber donde estás, todavía borracho hasta el culo y con tu amigo literalmente muerto en frente tuya (Vanessa ya se había ido porque pillaba el vuelo a Milán por la mañana). Pues sí, fue una experiencia un tanto peculiar más si se le añade el resacón que tenía. Y lo peor, es que como dicen los alemanes, la resaca se pasa bebiendo. Así que Quito se fue un minuto y volvió con un litro de cerveza para cada uno. Por no ser desagradecidos, bebimos un sorvo para quedar bien. No había llegado ni al estómago y ya estábamos  peleándonos por quién llegaba antes al WC a vomitar.
El piso de Quito.

El piso de Quito.

Después de reincorporarnos un poco, fuímos a pasear todo el día con Quito, que nos muestró los rincones más peculiares de la ciudad. Una paseo agridulce porque a cada paso que daba me venía el aroma de la cerveza de la noche anterior. Esa tarde nos explicó que la fiesta de la noche anterior la hizo para hacernos un examen de admisión en su casa, ya que no teníamos donde estar. El examen lo aprobamos con creces. Y además, nos explicó que el se iba al día siguiente a Suiza a ver a un familiar, por lo que nos dejaba la casa una semana para nosotros solos. Es decir, de 9 dias que estuvimos nos dejo la casa 7 días, con su portátil, las bicis y muchas cosas más. Nos dejó instrucciones de la casa y literalmente nos dijo que podiamos hacer lo que quisiéramos siempre y cuando no quemáramos la casa. Y así hicimos.
Con estas cosas uno aprende a ver que todavía quedan personas buenas y altruístas y que si actúas con buen karma este  te lo devuelve. Así que intentamos ser todo lo positivos del mundo y actuar de la mejor manera posible. Pasamos toda una semana de coger las bicis, pasear, visitar los lugares más remotos y salir de fiesta. Muchísimas historias que no caben aquí. No obstante, contaré el lugar que más me llamó la atención. Frente al estudio de Quito había un lago enorme y trás el lago una noria que parecía abandonada. Decidimos indagar en el tema y fuimos a buscar la manera de llegar a la noria. Después de unas horas recorriendo barrios y bosques, llegamos al lugar de la noria. Era un antiguo parque de atracciones abandonado. Buscamos la manera de entrar y después de saltar una valla entramos dentro. Era un sitio idílico que se mantenía en su estado original, sin que nadie haya hecho nada al respecto y sin que ninguna empresa haya metido la zarpa.

La noria del parque de atracciones abandonado.

La noria del parque de atracciones abandonado.

 Este aspecto fue lo que más me llamó la atención y por lo que recomiendo Berlín: es una ciudad en que todo se mantiene tal cual era. Y los antiguos restos comunistas, como edificios y demás, en vez de demolerlos y construír cualquier mierda, los aprovechan. Por ejemplo, el estudio de Quito estaba en un antiguo bloque de pisos comunistas que servían para telecomunicaciones. El gobierno de Berlín decidió darle una salida y alquila todas las habitaciones a precios que oscilan entre los 40 a 200€ máximo. Dentro puedes hacer lo que quieras siempre y cuando respetes los espacios comunes que se mantienen igual a la época comunista. Hay artistas, músicos, estudiantes que viven o trabajan ahí, como es el caso de Quito. 
 Otra cosa a destacar es que aprendimos a comer de lo más barato de Berlín y nos creamos un sistema de supervivencia basado en buscar botellas de cristal y plástico. Porque en Berlín, en los supermercados te dan dinero si reciclas las botellas. Dicho y hecho, nunca antes habíamos estado tan concienciados con el reciclaje: botella que veíamos, botella que canjeábamos para volver a comprar más cerveza. Conclusión: borrachera constante.
Volviendo a la historia, en uno de los paseos de siempre, estaba esperando a que Miqui saliera de una tienda, a la que veo a una rubia, muy muy rubia, de la cual me interesé al momento y que resulta que al pasar a mi lado la oí hablando español. Iba con dos chicos. Eran de Costa Rica y ella de Argentina. Esta chica me explicó que se fue de Argentina para probar suerte en Alemania, de donde venían sus antepasados y que lo más probable es que fuera a España si no le iba bien por Berlín. Muy cordialmente, le propuse que si llegaba a España y le interesaba visitar Mallorca, que tenía un contacto y lugar donde quedarse. Estuvimos toda la tarde hablando, bebiendo y nunca más les volví a ver en mi estancia a Berlín. Lo único que sabía de ellos, era su Facebook y a parte tenía el móvil de la chica.

Finalmente, llegó Quito y nos pasamos los últimos momentos con él, agradeciéndole todo lo que había hecho por nosotros.  Decidimos irnos de Berlín y hacerle una sorpresa a Vanesa yendo a Milán a verla sin que supiera nada.
Para eso, decidimos que Munich sería la ciudad de nexo entre Berlín y Milán. Fuimos en autostop por lo que salimos a las afueras de Berlín y volvimos a hacer el mismo ritual de siempre. Finalmente, después de unas largas horas, llegamos la capital baviera. Una vez ahí, de nuevo, no sabíamos nada. Pero nada de nada. Paseamos, visitamos la ciudad y buscamos la ruta hacia Italia. Para ello, nos metíamos en la tienda Apple, como si estuvieramos interesados en algo, y utilizábamos el internet durante rato para decidir que ruta tomar. Una vez encontrada, nos fuímos a la autopista dirección Austria e Italia. Estuvimos esperando horas y horas a que alguien nos cogiera. Finalmente, una mujer con una furgoneta se paró a 300 mts de nosotros y fuímos corriendo como quien ve un oasis en medio del desierto. Al llegar la mujer nos pidió perdón, porque se había olvidado de que no llevaba los asientos traseros porque había transportado unos muebles rato antes. Nos tuvimos que joder. Y bien.
Como se fue la luz y se hizo de noche, buscamos un lugar para dormir. Ese lugar fue un andamio de una obra en el centro de Munich. Dormimos literlamente en el suelo (sin cartón ni nada), con un frio que te cagas. Fue una mierda, pero de todo se aprende.
Nuestra lujosa y segura habitación en Munich.

Miqui levantándose en nuestra lujosa y segura habitación en Munich.

Al día siguiente, cansados de esperar y esperar, decidimos volver a la tienda Apple, buscar un transporte compartido para llegar lo antes posible a Italia. Volvimos a coger un coche compartido, pensando que esta vez nos tocaría un coche con integrantes normales y corrientes. Pero no. Tres cuartos de hora más tarde de la hora pactada (algo no muy alemán) aparece (de nuevo una furgoneta) con un matrimonio con dos bebés. La furgoneta era un caos de mochilas, ropa, juguetes, etc. Era un ambiente raro, porque ibamos con un africano joven que no hablaba ni papa de inglés, ni francés, ni alemán y una chica muy peculiar a nuestro lado. Y para rematar, durante el trayecto la chica no paraba de hablarnos de cosas muy extrañas y triviales.  No le pareció suficiente por lo que en una de esas saca del bolsillo una bolsita con algo raro dentro: nos dijo que era morfina y que si queríamos un poco. Logicamente, le dijimos que no, pero ella tan pancha tomó un poco de lo que fuese eso  y se quedo a su bola durante el resto del trayecto (cosa que en parte agradezco mucho).
Dentro de la furgoneta de los horrores.

Dentro de la furgoneta de los horrores. A la izquierda, el padre, en medio la mujer y a la derecha, el joven africano.

Finalmente, después de recorrer Austria, llegamos a Veronna. No Ravenna, como me había confundido con la prisa. Porque claro, al ver Veronna, me confundí estupidamente con Ravenna (donde vive mi hermana mayor) y la avisé de que íbamos a ir y ellla super feliz y preparando todo, hasta que se enteró de que no fue así. Bueno, dejando esto de lado, al llegar a Veronna, nos hacemos amigos del negrito de la furgo, y con mucho esfuerzo, llegamos a la conclusión de que también quería ir a Milán. Llegamos a la estación de Veronna sobre las 21.00 y nos enteramos de que había huelga de trenes. Como no había otro remedio que esperar hasta el día siguiente, decidimos volver a domir en la calle. Le pedimos al negrito qué iba a hacer y le invitamos a venir con nosotros. Sin necesidad de hablar, él sobre entendió de que íbamos a pasar la noche ahí. Cogemos, salimos de la estación, buscamos unos cartones y nos ponemos la orilla del rio, los tres compartiendo los dos sacos de dormir que teníamos. Fue un momento formidable.

El africano, yo y Miqui.

El africano, yo y Miqui.

Nuestra cama en Veronna con unas vistas privilegiadas.

Nuestra cama en Veronna con unas vistas privilegiadas.

A la mañana siguiente, nos levantamos muertos de frío y pìllamos los billetes del primer tren que fuera a Milán. Decidimos portarnos como ciudadanos normales y pagarlos. Nos despedimos del negrito, porque nos dijo que no podía pagar el billete y que se iba a colar. Una vez dentro, nos sentamos y al rato aparece el negrito. Nos alegramos profundamente de volver a verle y de poder pasar el rato con él. Pero a medio trayecto, apareció el controlador del tren y pilló de primeras al negrito. Era el tipico italiano borde, gordo, con cara de pocos amigos y que no paraba de gritar como un napolitano. Le dijo a nuestro nuevo amigo que tenía que bajarse en la siguiente parada. Intentamos convencer al controlador diciéndole que le pagábamos el billete. Pero para el colmo de los colmos, no sólo él estaba en un marrón, sino que nosotros también. Todo porque no habíamos validado los billetes. Cuestión: todos nos teníamos que bajar del tren. El negrito, mientras nos metía la bulla el revisor, se dirigió a la puerta y no volvimos a saber de él. Nosotros intentamos hacer entrar en razón al controlador, que nos decía que o pagábamos una multa de 180€ o nos bajábamos del tren. Al final, después de gritos y gritos, nos dejó quedarnos. No podíamos haber empezado peor en Italia. Pero la cuestión es que habíamos llegado a Milán.
Nos bajamos del tren, pisamos el andén y veo dos polis a los lejos. No sé por qué, pero desde el primer momento sentí algo raro. Sabía que algo iba a pasar. En una de esas, los rodeamos y de repente, noto como algo se me avalanza encima y casi me tira al suelo. Era un perro, por no decir perraco, policia que no paraba de olerme la mochila. Tierra trágame. Ya nos véis a Miqui y a mi recorriendo la estación central de Milán, con toda la peña mirándonos y con muchos policías acompañándonos. No les pareció lo suficientemente humillante eso, que cada poli que nos veía se mofaba de nosotros haciéndole un gesto a los policias que nos llevaban de: ¡los váis a joder bien! (ponían las manos en forma de arresto). Llegamos a una sala sin ventanas, súper pequeña con una mesa en medio. Habría, sin exagerar, 8 o 9 policias. Nos empezaron a preguntar, luego a interrogar y posteriormente a registrar. Todo esto con la arrogancia y humor de un poli italiano. Nos registraron de arriba a abajo. Hasta cada una de las pastillas contra el catarro. Todo. Durante todo ese rato lo único que pensaba era en: ¿tendré algo que no me acuerde por lo que me puedan joder bien jodido?
Pero estaba seguro de que no. Y estaba en lo cierto: resultó que tenía en el bolsillo de la mochila restos del viaje del “souvenir de Amsterdam”  y el perro fue lo que olió. Que sensación tan maravillosa la de joder a la policía con el buen ejemplo. ¡Los matamos!. No les quedó otra que dejarnos ir, con una denuncia a cada uno (ya la segunda) y salimos cagando leches de la estación. Para sorpresa de todos, nos encontramos al negrito del tren, que había llegado a Milán escondiéndose en el baño del tren. Fue toda una alegría para nosotros.
Y ahí no acaba la historia, porque es el inicio de otra aventura: MILÁN. No me gusta nada esta ciudad, pero si la gente con la que pudimos tratar. La chica de Miqui (que es de Milán)  nos dio contactos en caso de que fuéramos durante nuestro viaje. Cosa que ella no sabía. Por lo que llegamos a su edificio y tocamos a sus vecinos. Resulto ser, que nos conocían a los dos de sobra. Nos vieron, nos abrazaron, nos llamaron por nuestro nombre sin haberselo dicho y nos abrieron su casa. Pude ducharme en una ducha de nuevo (no sabéis lo gratificante que es sentir el agua caliente cayendo después de días sin ducharnos), ir al baño como Diós manda y esas cosas. Y no sólo eso, al salir de la ducha, nos esperaban con un buen desayuno. Mientras saciábamos nuestro apetito, nos explicaron que ellos tienen una grupo de pop rock italiano y brasileño: Selton. Son muy buenos, y también muy conocidos en Italia y Brasil.No nos lo podíamos creer. A Miqui y a mi nos chifla la música. Pero así era: entramos por la puerta grande.

De camino al concierto de los Selton.

De camino al concierto de los Selton.

Los Selton

Los Selton.

Estuvimos toda la tarde con ellos, hasta que Vanessa volvió a casa y al entrar, le hicimos la sorpresa. ¡Fue genial! A partir de ahi, todo fueron buenas cosas: gracias a los chicos de la banda (que me acogieron en su casa todo el tiempo, mientras Miqui dormía con Vanessa) conocimos a un montón de gente; fuímos a un concierto de Selton como invitados, y muchas cosas más. Además, Vanessa trabaja en una compañia de moda, por lo que nos metió en todo el mundillo fashión de Milán. Mira que detesto este rollito “fashion” (motivo principal por el que no me gusta Milán) pero conocimos a gente de todo tipo y muy agradable: diseñadores, artistas, fotógrafos, modelos, de los que nos hicimos muy amigos. Fuímos a fiestas, casas, cenas… ¡Todo redondo! Por una vez, y de verdad, la gente nos estaba esperando con los brazos abiertos.

Mi habitación en casa de los Selton.

Mi habitación en casa de los Selton.

Pasó la semana en Milán, en la que también teníamos bicis y todo a nuestra disposición y ya era la hora de volver a casa. Gasté mis últimos 5 euros (no exagero) en el bus de ida al aeropuerto. Llevé 350€ y los pude administrar durante casi un mes. Miqui y yo volvimos a Mallorca tristes de dejar todo eso. Pero aprendimos que esta es la mejor manera de integrarse en un lugar, de pasarselo bien, de conocer a gente y de realmente conocer lo que es el espiritu viajero. Que si quieres viajar puedes montártelo de muchas maneras y sin necesidad de mucho dinero. Y, sobre todo, que todavía se puede confiar en la bondad de la gente y que si actúas bien, llámalo Karma, Buddha o como quieras, te lo devolverá.

Porque así es la vida, ayudarnos unos a los otros. Y sinó, acordaros de la chica rubia de Berlin que os he dicho: Lea Luttmann. Resulta que llegué a Alcúdia (Mallorca) y os juro, que al cabo de máximo dos semanas, recibí una llamada de ella diciéndome que estaba en Palma de camino a Alcúdia. Resulta que se había venido ella sola (una chica de 18 años en ese momento) en autostop hasta Mallorca, porque no le fue bien en Berlín y porque se acordó de mi proposición. Y sí, así fue: la acogí en mi casa las dos semanas que me quedaban por estar en Mallorca ya que me iba a vivir a Barcelona para estudiar una carrera. Y no sólo eso, ya que mi madre la acogió durante un mes más.

COSAS DEL KARMA

 

En el famoso "Bulldog" de Amsterdam.

En el famoso “Bulldog” de Amsterdam.

Pasando un domingo  en un parque de Berlín.

Pasando un domingo en un parque de Berlín.

Recorriendo campos holandeses en búsqueda de la autopista.

Recorriendo campos holandeses en búsqueda de la autopista.

Miqui haciendo de turista.

Miqui haciendo de turista.

Dormido cruzando Austria.

Dormido cruzando Austria.

En el parque de atracciones abandonado de Berlín.

En el parque de atracciones abandonado de Berlín.

Amsterdam

Amsterdam

Amsterdam

Amsterdam

Álvaro Imbert Paradinas
Periodista a veces, fotoreportero siempre. Amante del mundo. La curiosidad y la observación me empujan a seguir fotografiando.

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