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Cuando Jean Genet leyó a Hegel

Unos viven del que tiembla, lo sé
Y otros temblando

José Larralde

 

Un ensayo de Cristina Barrial

Hace frio. Cayó la noche. El señor Lancelin llama insistentemente al teléfono de su casa, pero ni su mujer ni su hija le responden. Como un mal presagio, sin dar lugar a la incertidumbre: tal era la seguridad de que algo no andaba bien que el señor Lancelin se dirigió a prisa hacia su casa sin terminar lo que estaba haciendo.

La puerta cerrada.  La imposibilidad de abrirla. La llamada a la policía.

Francia, Le Mans. Año 1933. Una tenue luz viene del cuarto de las criadas. En el interior de la casa, la escena más sangrienta del crimen más famoso jamás perpetrado en el país galo. Lo que quedaba de su mujer y su hija, las señoras Lancelin, yacía en el suelo. Las faldas subidas, los cuerpos repletos de arañazos y cortes, las cuencas de los ojos vacías y dientes desperdigados por la habitación. Las hermanas Papin, sirvientas de las casa desde hacía seis años, descansaban abrazadas en la cama. Habían procurado asearse antes de la llegada del señor. No había ningún tipo de intención de ocultamiento, la confesión fue inmediata: ‘Hemos sido nosotras’. Y sin embargo, se habían molestado en limpiar las armas del crimen y colocarlas en sus respectivos lugares, como si la rutina siguiera teniendo sentido aun después de tal atrocidad. O, quién sabe, como si a partir de ese momento todo comenzara a cobrar sentido.

Christine y Lea Papin, las sirvientas de los señores Lancelin, se declararon culpables y no opusieron resistencia durante las 26 horas de juicio: “Cuando la señora entró le dije que no me había dado tiempo a repasar la plata. Entonces ella intentó atacarme y yo le arranqué los ojos con los dedos. No hemos premeditado nada. No odiaba a la señora, pero no toleré el gesto que tuvo conmigo”, declaró Christine, la hermana mayor. No había móvil para el crimen. Lo que podría explicarse como defensa propia pierde verosimilitud si se observa el ensañamiento en el asesinato.

Enterrado bajo la arena del pasado, el caso de las hermanas Papin fue sin embargo fuente de inspiración para dramaturgos, poetas, filósofos, psicoanalistas y amantes de lo mórbido. Fue quizá la peculiaridad del crimen resuelto pero el móvil misterioso, o el más que atribuible contenido de clase lo que distinguió el del 3 de febrero del resto de asesinatos perpetrados en Francia en la misma época.

 Las sirvientas, el crimen en escena

En el cine, las hermanas Papin han tenido su adaptación en El Sirviente (1963) de Joseph Losey. pero la obra que más se popularizó con respecto al trágico asesinato fue la escrita por el dramaturgo francés Jean Genet, ‘Les bonnes’, traducida al castellano como ‘Las sirvientas’ o ‘Las criadas’.

Jean Genet nació en París en 1910. De madre prostituta y padre desconocido, fue dado en orfandad con un año y adoptado a los ocho. El que tiempo después sería un poeta, novelista y dramaturgo reconocido mundialmente, pasó su juventud en cárceles adolescentes debido a robos y a ejercer la prostitución homosexual. Formó parte de la Legión Extranjera, de la que desertaría a los cinco años. Pudo evadir la cadena perpetua gracias a la petición personal de reconocidos intelectuales como Jean Paul Sarte frente al presidente de la república de Francia, y su cadena se revocó en 1948.

La primera de las muchas piezas teatrales que escribiría fue ‘Les bonnes’ (Las sirvientas), que marcaría el inicio del teatro del absurdo. Atribuido su argumento al asesinato cometido por las hermanas Papin, fue publicada en 1948. La obra, bien enmarcable en el esquema aristotélico de un tiempo, un lugar y una acción, narra la historia de las hermanas Clara y Solagne, criadas que juegan a hacerse pasar por la Señora y a disfrazarse de ella cuando esta no está en la casa. La relación con la Señora es tensa, y al interpretar su papel cada una maltrata a la que cumple el rol de la criada. Uno de esos días, mientras repiten la escena recurrente, ambas conversan sobre su plan truncado: han denunciado al esposo de la Señora mediante una carta y este está en prisión, pero ante la falta de pruebas van a excarcelarlo esa misma noche. Ambas temen ser descubiertas y cruelmente castigadas, y por ello planean el asesinato de la Señora. Cuando esta vuelve a la casa, intentan que tome un veneno, sin éxito. Finalmente Clara termina por suicidarse tomando la tila, viendo su muerte como la solución final.

Uno puede quedarse en la superficie del caso aislado, de la inestabilidad emocional o la explotación a la que estaban sometidas las sirvientas que hizo que un día estallaran y planificaran su asesinato – que no llegaría a salir bien, pero eso es otro tema-. Sin embargo, si se lee la obra con detenimiento, se puede observar la contradicción principal que rige la relación de las sirvientas con la señora: aun amándola, y aun sintiéndose amadas por ella, desean matarla.

La dialéctica del amo y el esclavo

¿Cómo puede ser, entonces, que hayan tomado esa tajante decisión? Para comprenderlo basta con remontarse a la dialéctica del amo-esclavo elaborada por Hegel. Es en la ‘Fenomenología del espíritu’ (1807) donde desarrolla su teoría y trata de explicar el origen de la Historia, cómo comienzan las relaciones humanas. Este inicio se da, según el autor, con el enfrentamiento de dos deseos, dos conciencias deseadas. Es aquí donde distingue el deseo animal, que sólo desea cosas naturales, del deseo humano: el deseo del deseo del hombre, el deseo de que el otro lo reconozca, de que el otro se someta. La conciencia, por tanto, es deseo, por lo que Hegel saca aquí a la conciencia de la inmanencia a la que estaba reducida en la época, la conciencia como interioridad.

Se produce un enfrentamiento entre los dos deseos de ser reconocidos, cuya resolución es una lucha a muerte. Sin embargo, una de las dos conciencias tiene miedo a morir. El que tiene miedo a morir antepone, entonces, el temor a la muerte a su deseo. Es más fuerte su temor a morir que el deseo de que el otro se le someta. De ahí resulta una figura ganadora, el amo, y otra figura perdedora por su miedo a la muerte, el esclavo.

Sin embargo, el amo queda en total insatisfacción porque aquel que lo está reconociendo como superior no es un sujeto autónomo, sino un esclavo: el esclavo tiene que empezar a trabajar mientras el amo se vuelve un ser pasivo.

La forma en que se desarrolla la dialéctica histórica en el pensamiento de Hegel parte de un momento inicial, origen abstracto, en que aún no ocurrió nada. En segundo lugar se da la negación, por la que una de las conciencias se somete, y en tercer lugar, la negación de la negación o síntesis superadora, el esclavo niega al amo creando la cultura (mediante su trabajo). Hegel expresa de esta manera el triunfo de la burguesía, que trae consigo la creación de un nuevo sujeto, el proletariado. La burguesía capitalista, al triunfar, genera al proletariado. Al trabajar el proletariado con la materia, y al necesitar como sujeto histórico de un pensamiento que lo piense, se llega al materialismo histórico de Marx.

No debe interpretarse la pieza teatral de Jean Genet como un caso aislado de unas sirvientas convencidas de hacer desaparecer a su señora, o como una denuncia de las condiciones laborales de las sirvientas en general. Debe extrapolarse a su contexto, más aun teniendo en cuenta que fue escrito recién terminada la Segunda Guerra Mundial, momento del crecimiento de los grandes movimientos de masa y de opresores y oprimidos convencidos de la clase a la que pertenecen.

Sin embargo, las sirvientas no son proletariado. Son preproletariado, ya que su jornada de trabajo no se distingue de su vida privada. Por tener, puede decirse que tampoco tienen vida privada. Pero además, no son. Son esclavas e intercambiables, personas cosificadas. De ahí de durante la obra las dos jueguen ambos papeles, el de Clara y Solagne, indistintamente. Ellas existen porque su ama existe. Como explica Franz Fanon, (1961) en el panorama de la descolonización, “el colono y el colonizado se conocen desde hace tiempo. Y, en realidad, tiene razón el colono cuando dice conocerlos. Es el colono el que ha hecho y sigue haciendo al colonizado”.

CLARA. – Gracias a mi tan solo existe la criada. Gracias a mis gritos y a mis gestos […] Existes gracias a mi y me desafias. No puedes saber lo penoso que es ser la señora, Clara, ser el pretexto de tus melindres. Un poco mas y dejarías de existir. (Genet, 1949: 143)

Ellas no llegan a asumir su condición de completa dependencia a la existencia de la señora, y es por eso que no es necesario para explicar su crimen ningún detonante o agresión hacia ellas por parte de la misma, porque la misma relación amo-esclavo es la que la incita, es la agresión en sí, por más naturalizada e institucionalizada que esté.

Ellas tienen un deseo, y ese deseo, presente en la dialéctica del amo-esclavo, es ocupar el lugar de su señora. Esto se ve reflejado sobre todo en la sirvienta Clara, que es la que asume el papel de la señora humillando a Solagne. Y la que, cuando nadie la mira, trata de imitarla:

SOLAGNE. -[…] Pero tranquilízate, en la cárcel podrás seguir haciéndote la señora, la Maria-Antonieta, pasearte de noche por la casa

CLARA. – Estás loca, si nunca me he paseado por la casa.

SOLAGNE (irónica) .- ¡Conque la señorita nunca se ha paseado! Envuelta en las cortinas, o en la colcha de encaje, no es eso? Contemplándose en los espejos, pavoneándose en el balcón. Y a las dos de la madrugada saludando al pueblo que acude para desfilar debajo de su ventana. Nunca, ¿verdad?, nunca. […] La noche es demasiado oscura para espiar a la señora. Sobre tu balcón, ¿te creías invisible? ¿Por quién me tomas? No intentes hacerme creer que eres sonámbula. En nuestra situación puedes confesarlo. (Genet, 1949: 147)

El deseo del esclavo de ser como el amo es algo que Jean Paul Sartre retrato a la perfección en la crítica a la obra de Jean Genet, ‘Jean Genet, actor y mártir’, donde afirma que, “en presencia de los amos, la verdad de un sirviente consiste en ser un falso sirviente y ocultar al hombre que es, bajo un disfraz de servilismo: pero en su ausencia el hombre no se pone más de manifiesto, pues la verdad del sirviente, en soledad, es representar el papel del amo. Y es cierto que los criados, cuando el amo está de viaje, fuman sus cigarros, se ponen sus ropas, imitan sus modales. Como podría ser de otro modo puesto que el amo convence al sirviente de que no hay otro modo de ser hombre que haciéndose patrón?”

Esclavos y colonizados

Siguiendo el paralelismo de colonizados y criados, Franz Fanon se sirve de la misma afirmación al decir que

El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: ‘Quieren ocupar nuestro lugar”. Es verdad, no hay colonizado que no suene cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono. (Fanon, 1961: 28)

Clara y Solagne habitan en cada mínima ocasión la habitación de la Señora, mientras que su buhardilla no sale en escena en toda la pieza teatral. Además, la alusión que hace Franz Fanon al conocimiento que tienen los colonizadores acerca del deseo del colonizado de ocupar su lugar también puede verse en la obra de Genet:

Clara. – He visto a la Señora, Solagne. La he visto cuando descubrió el despertador de la cocina que se nos olvidó poner en su sitio. Cuando descubrió los polvos en la coqueta. Cuando descubrió el colorete mal borrado de mis mejillas. Cuando descubrió que leíamos ‘Detective’. No cesaba de descubrirnos. Estaba sola para aguantar todos esos choques, para vernos caer. (Genet, 1949: 165, 166)

El final de la pieza teatral, sin embargo, no se ajusta a la verdadera forma en que se desencadenó el crimen de las hermanas Papin. Estas llevaron a cabo su cometido ensañándose con el cuerpo de sus víctimas. Clara y Solagne, por el contrario, no lograron envenenar a la señora. No sabemos, sin embargo, qué hubiera pasado si la señora hubiera agarrado con sus manos la taza de tila envenenada y se la hubiera arrimado a los labios. ¿Qué hubiera prevalecido, el odio y la mirada impasible o el amor y, tal vez, un ‘espere, creo que no está lo suficientemente caliente, ahora le traigo una nueva taza”?

¿Puede hacerse acaso en la obra de Genet una lectura y crítica marxista? ¿Es la enajenación la que no permite al esclavo deshacerse del amo? ¿El amor por el amo es, en el contexto actual, amor por el patrón? Quizá el dramaturgo francés venía a decir eso, que hay una dicotomía por la que solo uno puede existir, solo uno puede prevalecer. En la oposición de pares colonizador-colonizado, la violencia, como partera de la historia, tuvo su papel. La historia en la reproducción de las relaciones de las clases sociales está aún por escribir.

 

Cristina Barrial Berbén
Asturiana en Argentina. Entre disparar y escribir elegí lo segundo: no entiendo el periodismo si no es militante. Sur y Este como puntos cardinales.

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