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Fusilamiento. Font: opinióndeclase.wordpress.com // http://bit.ly/1HcprHA
Fusilamiento. Font: opinióndeclase.wordpress.com // http://bit.ly/1HcprHA

Cuarenta años de olvido de nuestra memoria

Un artículo de David Castelló

Hay territorios que no huelen. Supongo que deben ser pocos y, desde luego, no conozco ninguno. El Estado español, por ejemplo, huele. De sus tierras emana un hedor a cunetas repletas de ideales justos, heridas abiertas y sangre roja y negra. De hecho, aquí la niebla aún tiene un tinte gris. Dicen –me lo han llegado a jurar por el dios ateo- que América Latina es diferente. Allí huele a tierra mojada y arrugas, a historias perdidas y secretos que desearían ser escuchados por (casi) cualquier oído. Echando la vista atrás, tampoco demasiado, aquí también tenemos una interesante historia que contar. Pero aún sigue enterrada.

El 20 de noviembre se cumplirán 40 años del fallecimiento de Franco. La España gris no perdió nunca la guerra y el dictador acabó muriendo en la cama, no desahuciado del poder. Cómplices son Europa y especialmente los Estados Unidos, por permitirla e incluso apoyarla, atendiendo a la naturaleza anticomunista del franquismo. Esta razón de ser -fascista y antisocialista- del régimen convertía España, su España, en un enclave estratégico en el mar Mediterráneo contra la URSS, en el contexto de la polarización del mundo tras la Segunda Guerra Mundial. Lo que está claro es que el franquismo nunca perdió la guerra, y este factor ha condicionado al lápiz que escribió el cuento. Prueba de ello es que sus ideólogos, ejecutores y beneficiarios nunca pagaron por ello. Su victoria dinamitó nuestra historia.

El régimen franquista duró poco menos de cuarenta años gracias a su continua metamorfosis y a su carácter anticomunista, que le permitió pasar del aislamiento generalizado a una cierta legitimación a ojos de los actores internacionales. La Transición trajo consigo no sólo la amnistía, sino también la amnesia. Una receta al punto de sal para el antiguo y el nuevo poder. La muerte del dictador precedió la famosa Transición, donde el rey Juan Carlos I tuvo un papel fundamental como jefe de Estado. Esta época, de una relevancia histórica fundamental, gozó de una unanimidad bastante considerable. De hecho, como explica Isaac Rosa en el libro En transició, el relato se acostumbra a presentar como una narración cerrada, perfecta, impecable, emocionante, con protagonistas indudables, cronología definida, causas y consecuencias, momentos claves, y cumbres del proceso. Pero claro, esto implica claramente aceptar la versión oficial y resignarse a entender que la historia la escriben los vencedores.

El tiempo ha dado la razón a esos actores políticos y sociales disconformes con el proceso, que escondió muchas claves. No fueron pocas las voces que se alzaron y, por supuesto, no podía faltar la del pistolero de palabras Xavier Vinader. Una de las figuras imprescindibles del periodismo de investigación, el hombre que caminaba por la estrecha hoja de la peligrosa mentira del Estado, no dudó en declarar que “un país no pasa del fascismo a la democracia del día a la mañana”. Tampoco le titubeó la voz para, después de destapar las alcantarillas de un país que a día de hoy todavía huele a podrido, afirmar en una entrevista que “El Estado nunca ha visto la extrema derecha como un peligro, sino como una colaboradora”. Pero meter las narices en el oscuro nunca es gratuito. Destapar la guerra sucia que los cuerpos parapoliciales ejercían contra grupos armados como ETA le llevó a ser el primer profesional exiliado y encarcelado de la época que prosiguió al franquismo.

Tampoco podía faltar a la cita Gerardo Iglesias, que fue minero, sindicalista, Secretario General de CCOO y del PCE y Coordinador General de Izquierda Unida. En una entrevista concedida al diario.es, el histórico sindicalista declara que “La Transición se hizo bajo la amenaza y el chantaje permanente. Han permanecido todos los aparatos del Estado fascista y con ese apoyo, los franquistas negociaron con las fuerzas democráticas en posición ventajosa y han diseñado un sistema a su medida”. La Transición, al fin y al cabo, cimentó la impunidad. El cambio de cara de un régimen obsoleto y antidemocrático acabó por convertir la nuestra en una historia que se arrastra aún por el suelo, vencida. Debe ser por esa metamorfosis con genética franquista que la mayoría de ciudadanos españoles conocen mejor el cuento alemán que el de su propio pueblo.

La Ley de Amnistía de 1977 fue una de las claves de no reparación. Absolver a los asesinos, sin pasar cuentas, puso punto y final a cualquier intento de justicia. Y esta impunidad sigue aleteando en la actualidad. Endulzar la dictadura, relativizándola, nos ha llevado a convivir con la realidad de antaño. Siguen habiendo títulos honoríficos franquistas. Se suceden los homenajes a la División Azul, a la que incluso han acudido miembros del Gobierno. Algunas iglesias continúan mostrando símbolos franquistas en sus paredes. Miembros del Movimiento han formado parte de las instituciones democráticas españolas, paseándose a sus anchas por el Congreso de los Diputados. Seguramente Manuel Fraga, que ocupó altos cargos políticos durante el franquismo para después, durante la etapa democrática, dedicarse a presidir la Xunta y sentarse en la inservible silla del Senado, es el ejemplo más visible.

El Valle de los Caídos, además, sigue siendo lugar de peregrinaje del fascismo y la ultraderecha española. Algunas plazas y calles continúan teniendo sus nombres. Los crímenes siguen impunes y los asesinos franquistas libres. Billy el Niño, torturador al servicio del régimen de Franco, nunca ha pagado, como tantos otros, por sus crímenes. La realidad no esconde que tipejos como éste nunca han sido juzgados, sino que, además, han disfrutado de una vida plácida, beneficiados por la amnistía. Aquí los asesinos han recibido favores de Estado; no sólo han seguido en sus puestos, sino que también han sido condecorados y ascendidos. La democracia ha pagado los atrasos del franquismo.

Aquí los fascistas han muerto –y lo seguirán haciendo– en paz. Prueba de ello es que los cuerpos de seguridad del Estado, y otras esferas públicas, siguen estando infestados con las viejas glorias del régimen. Aquí los crímenes contra la humanidad han existido; lo que no ha existido es la justicia. Como bien explica Isaac Rosa “la democracia española no tiene un problema de crímenes contra la humanidad, sino de impunidad de los criminales, un problema de víctimas sin reparar y delincuentes sueltos. Y bien pagados.” Los responsables deben ser juzgados por sus actos, como ha sucedido en otros países con historia traumática como Alemania. Los tiempos de amnesia obligatoria de los que hablaba Eduardo Galeano han intentado hacer de España un país sin historia. Aquí el pasado nunca pasó. La lengua de las mariposas algún día hablará y, entonces, no valdrán los silencios.

Imagen de las "13 rosas", jóvenes republicanas fusiladas en 1940. Font: http://bit.ly/1l98406

Imagen de las “13 rosas”, jóvenes republicanas fusiladas en 1940. Font: http://bit.ly/1l98406

Aquí las heridas nunca se cerraron, sino que se taparon con tierra. Prueba de ello son las más de 2.000 fosas comunes que se encuentran en territorio español. La mayoría de ellas se hallan en Aragón, Andalucía y Asturias, aunque están repartidas por todo el suelo peninsular. Y claro, en las fosas se esconden cuerpos con historias, dignidad y un hambre desbocada de justicia. Las cifras de desaparecidos también son realmente escalofriantes. La realidad golpea el presente: España es el segundo país del mundo con más desapariciones forzosas sin aclarar, únicamente por detrás de Camboya. Aunque las cifras que se barajan son inexactas – porque se hace difícil el proceso de investigación cuando se ha destruido documentación esencial, la administración pública ha puesto trabas en vez de facilidades y aún hay personas que no han sido reclamadas por los familiares–, se calcula que hay más de 114.000 desaparecidos. Las víctimas del franquismo nunca han conocido la justicia y esto sigue siendo un drama nacional, social e histórico.

Y el Estado español no ha hecho nada más que el modesto intento que supuso la Ley de la Memoria Histórica, aprobada el 2007. Y digo supuso porque, para colmo, el presupuesto que destina el actual gobierno de Mariano Rajoy a esta partida asciende a la desorbitada cifra de 0 euros. La voluntad política de reparación histórica del poder es nula. En el gobierno, la vieja guardia, impera un negacionismo puro –visible, también, en las oposiciones a que se retiren símbolos fascistas, a depurar las calles de nombres franquistas o en votaciones que pretendían condenar la dictadura– que niega ningún reconocimiento a las víctimas del régimen. C’s –Crudemos– opta, en condición de hijo, por el supuesto revisionismo selectivo; la opción destilada del negacionismo puro. Seguir con la excusa de no despertar los fantasmas del pasado ni abrir las heridas, que nunca se cerraron. Un discurso parecido al del PP pero con esos tintes de nueva política que enmascaran al partido de Albert Rivera. Y, de lejos, la memoria. Y, bajo el suelo, los desaparecidos, los nadies.

Ese famoso eslogan de Spain is different con el que Franco y sus allegados vendían España a los turistas, se confirma cuando hablamos de memoria histórica. Aquí, las víctimas no cuentan con un estatuto jurídico, a diferencia de lo que sucede en otros países como Francia, Italia o Alemania. Aquí se ha dado la espalda a la justicia y a la memoria, se ha negado a las víctimas el acceso a los tribunales y ha reinado un oscurantismo en lo que a documentos oficiales se refiere. Aquí el Estado no se ha depurado y las instituciones públicas no han hecho nada por sacar de las cunetas a los desaparecidos, por devolver la dignidad a quien le pertenece y por juzgar a los responsables. De hecho, es una magistrada argentina, María Servini, la que está juzgando los crímenes cometidos durante el franquismo. Pero hasta para la extradición se ponen palos en las ruedas, recurriendo a la prescripción de los delitos o a la famosa ley de Amnistía de 1977. España sigue siendo la excepción. Mientras otros países han pedido responsabilidades y han sentado en el banco de los acusados a los culpables, aquí seguimos avanzando a ciegas, sin mirar atrás. Nadie nos explicó eso de que sin memoria no hay democracia posible que construir.

40 años de conmemoraciones y exaltación

Y mientras tanto, homenajes al dictador por el 40 aniversario de su muerte. La fundación que lleva su nombre, por ejemplo, organiza una cena en conmemoración del que sería su 123 cumpleaños. ¿A quién se la había podido pasar que, como explica la Fundación Francisco Franco en su página web, el caudillo no deja de ser un mártir que “liberó a España del comunismo, que la salvó de entrar en la Segunda Guerra Mundial, que realizó la reconstrucción después de haber quedado asolada; que la impulsó económicamente a partir de los años 60”? Además de rojos, comunistas y radicales, somos incrédulos.

Quítense la venda de los ojos y empiecen a adorar un poco a Franco, que estuvo legitimado por el mismísimo. Déjense de reparaciones, de abrir heridas con bisturí y de intentar juzgar los falsos crímenes. No se inventen cárceles, ni torturas, ni torturados, ni fusilados, ni desaparecidos, ni represiones, ni exilios obligatorios. Dejen de inventar, de confabular. Resumiendo, dejen de hurgar en la historia. Ah, y no se olviden de acudir a las misas en recuerdo del salvador. Pueden ustedes sentir el calor de antaño en Zaragoza, Figueras, Alicante, Granada –ay si Lorca levantara la cabeza–, Almería, Córdoba o Madrid. Si les place, levanten el brazo, que aquí uno se va de rositas. Las exaltaciones al fascismo no son penadas. Pero no se les ocurra intentar parar un desahucio, se marchitarán ustedes en prisión si no pagan la desorbitada fianza.

Azote de la ONU

Hasta ha llegado Naciones Unidas para suspender a España en materia de Memoria Histórica. Veinte páginas bastaron en su momento, el 2014, para que el relator especial de la ONU Pablo de Greigg concluyera que la voluntad política de reparación de los crímenes y violaciones de los derechos humanos llevados a cabo durante la Guerra Civil y la posterior dictadura es prácticamente nula y que la justicia nunca ha sido una prioridad para el Gobierno español. En su informe, Greigg revisa varios motivos de incumplimiento en materia de memoria histórica. Son, claro, los más visibles, pero no dejan de poner la realidad sobre la mesa.

El análisis concluye que existe una falta de información oficial y de transparencia, que la Ley de Amnistía niega el acceso a la justicia e impide la investigación de los crímenes, que hay lugares icónicos de exaltación al franquismo –el más concurrido es el Valle de los Caídos, donde descansa Franco junto con víctimas de su dictadura– y que los símbolos franquistas siguen presentes en algunas calles. Pone especial hincapié en el hecho de que las exhumaciones estén privatizadas y que el Estado no se encargue de esta tarea. El informe critica otras realidades, como que el Gobierno debería juzgar o extraditar a los torturadores a la justicia argentina o que las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura son de segunda respecto a la consideración que tienen otras como las del nazismo. El documento desenmascara con facilidad los crímenes contra la humanidad producidos durante el régimen franquista y el muro que pone el Estado delante de la reparación y la justicia. Al tratarse de un informe de análisis, de naturaleza no vinculante y sin capacidad sancionadora, la denuncia ha seguido flotando en el aire y no ha conllevado respuestas por parte de las instituciones públicas.

Seguramente también influya que en el ámbito educativo andemos sobre puntillas, no vaya a ser que se hunda el pie en el barro y la historia salga a flote. No vaya a ser que alguien escuche unos versos de Machado, camine al frente con Durruti o pinte palabras con Francisco Ayala. No vaya a ser que nos vuelva la memoria y los cadáveres de las fosas pidan justicia, que los desaparecidos aparezcan o que las rosas vuelvan a enrojecerse. No vaya a ser que hurguemos en la historia y el silencio empiece a gritar. No vaya a ser que los hijos del olvido echen la vista hacia atrás.

David Castelló García
Estudiant de periodisme a la UAB. La utopia a l’horitzó i els versos al carrer. Fills de l’oblit, la paraula i les persones. Interessat en història contemporània, moviments socials i cultura.

Un comentari

  1. Este David Castelló, que debió de nacer ayer mismo, no tiene en la cabeza más que la basura del odio. Para que los suyos consiguieran la mayor persecución religiosa de la Historia, las chekas legalizadas, la destrucción gigantesca del Patrimonio nacional y privado y el robo y saqueo a manos llenas tuvieron que actuar miles, cientos de miles de delincuentes y criminales. Un vez juzgados por los vencedores (los aliados lo hicieron de forma mucho más dura), muchos fueron ejecutados previo juicio, España cambió, salió del subdesarrollo y hasta este recién nacido disfruta hoy de los beneficios de la victoria Nacional, que de haber ganado los suyos, los del Frente Popular, España habría dejado de existir hace muchos años.
    “von Thies”

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