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Laila (Sameena Jabeen), en Catch me daddy. Fuente: thefilmstage.com
Laila (Sameena Jabeen), en Catch me daddy. Fuente: thefilmstage.com

D’A | Día 3, mariposas disecadas

El tercer día del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona nos deja dos películas de temática y estilo muy diferentes, pero que comparten un elemento: las mariposas. The duke of Burgundy, cuyo título ya es en sí una mariposa, se conecta con Catch me daddy, donde estas parpadean con colores llamativos colgadas de las paredes de la caravana de la pareja protagonista. Admiradas por su belleza, que es su don y su maldición, permanecen escondidas para no ser expuestas con alfileres en la vidriera de un estudio. El erotismo de sus bellas formas y colores y el carácter posesivo que suscitan se desprenden, respectivamente, de estas dos nuevas críticas desde esta quinta edición del D’A.

Catch me daddy, mi chum chum

En una de las primeras escenas de Catch me daddy, un halcón mira amenazante el animal muerto que su cuidador sostiene en la mano derecha. En un momento, alza las alas, se coloca sobre su brazo y devora al pequeño animal ensangrentado haciendo estallar las pequeñas extremidades de su cuerpo. La agresividad, el poder y el dominio de ese halcón se trasladan a un personaje etéreo, aparente jefe de una mafia paquistaní en la zona oeste de Yorkshire, cuyo nombre siempre está presente pero cuyo rostro se oculta en las sombras desde las que maneja los hilos de los acontecimientos. Él y sus mercenarios buscan a Laila, su hija, que escapó de un hogar desestructurado, con una madre a la fuga y un padre despótico. Laila y su novio, Aaron, viven ahora en una caravana, resistiendo con lo que pueden y con el único placer de bailar descontroladamente con la música de Patti Smith.

Todo empieza a desmoronarse cuando su escondite es descubierto y la persecución comienza. Catch me daddy se desarrolla con una puesta en escena que tiende a los planos amplios en los momentos de calma, y a primeros planos asfixiantes en las situaciones de mayor tensión. La sensación de Laila de estar en una prisión constante, ya sea por el dinero, su familia o la imposibilidad de marcharse, se traslada a través de las imágenes, y sobre todo a través de los grandes ojos verdes de Sameena Jabeen Ahmed. Daniel Wolfe, director del film, construye un relato de montaje ágil y alma de thriller, que introduce con sutileza rasgos de la trama de los que nunca sabremos con seguridad su resolución. En este sentido, la forma en que Wolfe selecciona la información a lo largo del film, sobre la historia y las conexiones que unen a todos sus personajes, se basa en el descubrimiento de los detalles que acaban siendo determinantes en el desenlace. Una narrativa a cuenta gotas que atrapa con ese ambiente de misterio que propone desde el principio, incluso cuando la pareja protagonista no es aún el objetivo de los mercenarios paquistaníes e ingleses, en escenas como la que nos muestra a los amantes zambulléndose en una opaca niebla en una ladera cercana a su casa.

En sintonía con la voluntad de su director de dejar espacios abiertos a la especulación, Catch me daddy culmina en una dramática escena que deja correr libremente la imaginación de los espectadores y cierra un círculo perfecto con el concepto del chum chum. Un chum chum es un pastelito proveniente de Pakistán, en ocasiones de color rosa y recubierto con nueces picadas. Es, además, el apodo que Laila recibió por parte de su padre desde que era una niña, un nombre que la convierte en ese pequeño ente rosado que él podía manejar a su antojo.

Escena de The Duke of Burgundy. Fuente: slantmagazine.com

Escena de The Duke of Burgundy. Fuente: slantmagazine.com

The Duke of Burgundy, la entomología erótica

Con una escenografía que recuerda a los cuentos de hadas de los hermanos Grimm, The Duke of Burgundy es, desde su comienzo, un juego de equívocos. Ya en los créditos iniciales se presenta un aviso indescifrable de todo lo que veremos a continuación – como la llave de un baúl – con un filtro rojo muy sugerente y la creación de un ambiente tenso que parece vaticinar un misterio por resolver. Pero las cosas no son lo que parecen, y este film de Peter Strickland menos aún. El relato va evolucionando con delicadeza hacia la historia de una pareja lésbica que tiene los problemas de cualquier otra relación convencional, solo que con un añadido: la obsesión sadomasoquista de Evelyn, un modus vivendi que está desgastando poco a poco la paciencia e ilusión de su compañera, Cynthia. Los roles de ama y sumisa se difuminan totalmente en un teatro sexual que no se sostiene entre ellas, pero que hace de esta película un espectáculo visual con guiños cómicos delirantes que consiguen desmitificar en cierta forma el BDSM.

El mundo creado por Strickland, que se nutre de escenas de cuento como las burbujas de jabón de la Cenicienta o la capucha de Caperucita Roja, se desenvuelve con elegancia con la mariposa como bandera. Cynthia, científica especializada en el estudio de los insectos, acaba siendo una de esas mariposas que cuelgan insertadas con agujas en la pared del salón de su casa. La complacencia con la que mantiene su relación con la caprichosa Evelyn la arrastra a la monótona vida de quien existe como un sirviente. The Duke of Burgundy – que ya es en sí una mariposa –  es un relato atemporal, de paradero desconocido, en el que la balanza descompensada de una relación agrietada pondrá en cuestión el mismo sentido de las prácticas sadomasoquistas de sus miembros y conformará una línea de altibajos en un film que alimenta la vista con la belleza y gran realización de sus imágenes.

Mireia Mullor

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