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Juan Barberini y Pilar Gamboa en El incendio. Fuente: fred.fm
Juan Barberini y Pilar Gamboa en El incendio. Fuente: fred.fm

D’A | Día 4, una guerra de dos

El incendio, A misteriosa morte de Pérola y La sapienza son los films que nos deja este cuarto día del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona. En ellas, el amor – y la pérdida del mismo – es elemento de disputas y silencios, de la falta de comunicación y entendimiento, que culminarán de formas drásticas a través del conformismo, el perdón o de una terrorífica lucha a través de la vida y la muerte.

 

El incendio, el descenso a los infiernos

Veinticuatro horas son suficientes para que toda una vida se venga abajo. Es lo que ocurre en la película argentina El incendio, donde una pareja ve retrasado el pago de su nueva casa, hecho que hará salir a la luz los miedos, rencores y dudas de ambas partes. El director Juan Schnitman nos lleva a un punto de no retorno con Lucía y Marcelo, caricaturas extremas (aunque quizás no tan descabelladas) de lo que supone llegar al punto de inflexión en una relación de pareja que se mueve en esa edad de treintañero al que las decisiones se le antojan vitales. Schnitman construye una burbuja que se retroalimenta de sus personajes y cuyos niveles de tensión aumentan peligrosamente hasta explotar en episodios de violencia casi animal.

Pese a que su director rechaza la idea de que se entienda el título como una metáfora, es inevitable y casual que todos los problemas de la pareja protagonista se propaguen como las llamas de un incendio enorme imposible de parar. Los planos secuencia dominan la narrativa, con bruscos movimientos que persiguen las discusiones y acompañan, en un ambiente casi teatral y sin cortes, escenas de gran dificultad emocional para sus actores, Juan Barberini y Pilar Gamboa, que hacen un trabajo excepcional en este proceso destructivo y tóxico.

Escena de A misteriosa morte de Pérola. Fuente: alumbramento.com

Escena de A misteriosa morte de Pérola. Fuente: alumbramento.com

A misteriosa morte de Pérola, una lucha entre dimensiones

Lo que empieza como un juego de espejos y sombras en el que una chica ve su casa invadida por un ente que la aterroriza, acaba siendo una historia a caballo entre dos dimensiones paralelas que bien podrían conectarse con la barrera entre la vida y la muerte. A misteriosa morte de Pérola parece ser la historia de un asesinato, pero que el director brasileño Guto Parente convierte en una mezcla de terror psicológico, conexiones paranormales y revelaciones a través de la pantalla pixelada de una televisión.

Pérola espera en un viejo apartamento, lejos de su casa, la llegada de su novio. Los fantasmas de la soledad (que es el nombre del primero de los dos capítulos del film) la acechan, lo que se ve claramente en una de las escenas en la que se queda mirando con un deje de nostalgia en su mirada un cuadro que cuelga de la pared de la cocina en el que se puede ver un grupo de gente charlando y bebiendo. Los flashbacks con imagen de video casero de mala calidad nos transportan en un viaje entre pasado y presente para intentar entender qué es aquella figura con una máscara deformada que la persigue por los rincones de su casa. A pesar de que aparentemente es su propia paranoia la que ha creado la persecución y los acontecimientos posteriores, la historia que con pequeños golpes de imágenes se nos va descubriendo apuntan a una explicación más compleja y perturbadora. Los pliegues de la muerte (nombre del segundo de los capítulos) se separan a través de la filmación de una cámara para mostrarnos los niveles en los que se desintegra la propia realidad del presente, una idea que en otra dimensión utilizaba Amenábar en su film Los otros (2001).

Parente, miembro del colectivo artístico Alumbramento, da especial protagonismo a recalcar los sonidos (una puerta que rechina exageradamente, el péndulo del reloj que cuenta los segundos que pasan, los pasos que crujen sobre la madera) y hace un uso inquietante del fuera de campo, limitando nuestra visión y dejando así que el espectador llene las lagunas y las puertas abiertas que nunca revelará del todo.

 

Escena final de La sapienza. Fuente: vimeo

Escena final de La sapienza. Fuente: vimeo

La sapienza,  la arquitectura de la vida

En este envoltorio que Eugène Green construye con preciosismo y delicadeza en La sapienza, se esconde una crítica a los caminos que hoy en día se toman para llegar a la belleza y la sabiduría. El arquitecto francés Alexandre (Fabrizio Rongione) mira a las edificaciones antiguas en busca de una iluminación, sobre todo a través de la figura de Borromini. Por ello se va de viaje con su mujer Aliénor (Christelle Prot) a Italia, donde conocerán a dos jóvenes con los que crearán amistad y que les harán reflexionar y cambiar un estilo de vida que creían imperturbable. Pero aunque explicado de esta forma suene a emocionantes revelaciones por la pradera al estilo de Sonrisas y lágrimas, La sapienza es un retrato deshumanizado e intrigante de las relaciones entre este matrimonio que, desde el nacimiento y muerte de su hijo con Síndrome de Down, no han vuelto a levantar cabeza. Esta falta de emociones en los diálogos, completamente insensibilizados, es una brillante reflexión representada en el extremo teatral de cómo los traumas o rencores pasados se quedan pegados como una lapa si no se hace el esfuerzo de apartarlos. No obstante, La sapienza no presenta un escenario dramático, sino que tiene ese tipo de seriedad que de tan reservada esconde un humor sutil y divertido, que cuaja con la idea general del film de presentar la vida desprovista de toda emoción.

¿Cómo algo tan deshumanizado puede ser tan extraordinariamente bello? La sapienza, con su antinatural pero cautivadora puesta en escena en los diálogos, se construye a sí misma como uno de los edificios que Alexandre aspira a edificar. Hasta los planos de los personajes, grabados de forma totalmente frontal y aislados de todo a su alrededor, intentan poner a la persona como si fuese un monumento más. Con su belleza y su sabiduría.

Mireia Mullor

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