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De muertos de hambre y arte repudiado

Un artículo de Andrea Bescós

A veces uno no sabe de qué manera ha llegado a descubrir ciertas cosas que valen la pena. Ese fue mi caso en una de esas madrugadas de julio en las que te pasas minutos y minutos yendo de un vídeo de YouTube –ese contenedor de joyas y basura– a otro. Pero esa vez encontré algo muy lejos de ser la típica migaja de las que hay miles en la Red. En el vídeo rezaba el título de “Muertos de hambre” y en cuanto vi que el autor y realizador del cortometraje era Elio González, no dudé apenas unos instantes en saber que no sería algo cualquiera. Ese día vi el vídeo tres veces e incluso decidí guardarlo en Favoritos. Hoy me ha venido a la cabeza por su voz, por la escasez de colores, por la exquisita calidad de los planos y porque son ese tipo de vídeos en los que los detalles –o depende de para quién, las minucias– toman importancia. Y es que lo recuerdo porque sonaba Primavera de Ludovico Einaudi pero sobre todo porque el actor lanza una  misiva brillante mirando a los ojos a todo aquel que se atreva a ir más allá de lo que anuncian en cualquier cadena generalista de la caja tonta:

“(…) No parecen ser tan vitales los trompetistas, los ilustradores, las actrices, los poetas… Ya desde pequeños estas disciplinas ocupan las horas muertas en la falta de programación. O como actividades extraescolares. Son como una limosna para los niños más inquietos. Como prescindibles totalmente. ¿Por qué no poner el mismo empeño en la creatividad que en la alfabetización?”

Siempre aparece un valiente atreviéndose a decir que podría ser el mismo sin el arte. Como declaró Guillermo Solana en una entrevista, la infravaloración reside en que “para la cultura, la gran tragedia de esta crisis es la quiebra de las cajas de ahorros”. Sin embargo, ¿de verdad el menosprecio hacia el arte y la cultura se debe a la pésima gestión de entidades de crédito o al rescate de bancos? Para según qué personas, –borregas, por cierto, y perdonad mi osadía–, la cultura no actúa más que como un simple florero que carece de utilidad alguna para el desarrollo y crecimiento del Estado. O por el contrario, llega a sentenciarse el arte, privatizándolo y transformándolo en simple espectáculo, de lo que en realidad debería ser una muestra de una colección artística que por suerte sí tenemos, pero que el Gobierno Popular se está encargando de empañar mediante reducciones en la financiación de un 50% en los presupuestos en cultura desde que empezó la crisis.

John B. Thompson se encargó de definir la cultura como el “conjunto diverso de valores, creencias, costumbres, convenciones, hábitos y prácticas característicos de una sociedad particular o de un periodo histórico”. Haría falta preguntarnos qué política cultural estaría ejecutando el gobierno y qué valores, creencias y costumbres son las que está intentando impregnar en una sociedad que no pueda deslegitimar su base ideológica.

Porque después de todo, no es fácil ser artista sin que a uno le pregunten cuando escribe, baila, actúa, canta, pinta, esculpe: “¿Pero tú a que te dedicas, exactamente?” Ni se nos ocurra preguntar a qué se dedica a un colaborador de Sálvame que tendremos respuesta al inmediato. “La España de charanga y pandereta”, versó Antonio Machado en El Mañana efímero. Pero lo cierto es que de ese poema ya ha llovido más de un siglo. Y la charanga y la pandereta parece que han llegado para quedarse.

Convencida de que gracias a un pentagrama, a un cuadro, a los versos de cualquier poeta o a los fotogramas de una película, se puede salvar el mundo.

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