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Ryan Reynolds en su papel de Deadpool. Fuente: Sensacine
Ryan Reynolds en su papel de Deadpool. Fuente: Sensacine

Deadpool: entre caprichos millonarios, chantajes y fieles adaptaciones

Un artículo de Marc Álvarez

Aunque las barreras sean cada vez más difusas –sobre todo en el cine moderno- todavía podemos diferenciar, por suerte, la realidad de la ficción. Sin embargo, siempre han existido esos disidentes casos que nos incitan a pensar que lo que está sucediendo en el plano tangible es digno, por el ‘increíble’ (o llamativo, recuerdo aquí lo impresionables que somos los humanos) motivo que sea, de valorarse como una historia con la capacidad necesaria para construirse como un elemento cultural ficcional. Y esta pequeña chapita transformada en introducción se debe, principalmente, a mi rotunda negativa en utilizar la expresión típica a rabiar en la que, espero, todos estéis pensando: “la realidad supera a la ficción”, o una de sus variantes. Es exactamente esto lo que le ha pasado a Ryan Reynolds y a su particular odisea hollywoodiense para llevar a la gran pantalla a uno de los antihéroes de culto más controvertidos de Marvel: Deadpool.

Sí, toda buena historia tiene un principio. Infestados de tipicidad por segunda vez, voy a intentar acercaros a éste. Y como los años no corren, diremos que fue en 1991 cuando el también conocido como Mercenario Bocazas hizo su primera aparición, aunque sin ser la estrella principal. Esto se debe a que el también polémico artista Rob Liefeld y el escritor Fabian Nicieza incluyeron a su creación en el universo X-Men, concretamente en el primer volumen de New Mutants. Un tiempo después (no exento de altibajos para el personaje vestido de rojo, pero habiendo protagonizado más de una serie de cómics), ya en este milenio, comenzó el cuerpo principal y desarrollo de este relato.

Alguien, probablemente una de esas mariposas con efecto de las que se dice que su aleteo puede provocar tornados –y de las que también se comenta que son una falacia o un extendido mal ejemplo- le recomendó a cierto actor canadiense cierto individuo de ficción. Otro tópico, pero comprensible –y algo más justificado que los anteriores-: amor a primera vista/lectura. Aunque fue la parte empresarial del cerebro de Reynolds la que vislumbró el inmenso potencial cinematográfico que guardaba Deadpool en sus entrañas.

Y así, el capricho de un hombre que desde la traicionera perspectiva occidental lo tiene ‘todo’, se convirtió en una de sus prioridades, y eso creó su primer gran enemigo. En la primera adaptación de las desventuras en solitario de Lobezno, X-Men Origins: Wolverine (2009), Ryan participó interpretando su ansiado papel, pero no como él (ni nadie) esperaba. Un malogrado espécimen con la boca cosida y con poderes nunca vistos en el original causó sarpullidos, cegueras y enfados tanto a los fans como al propio actor; aunque fue una vez dentro del proyecto cuando le mostraron cómo sería tal aberración. Siendo consciente del error que estaban a punto de cometer, el mandado y los que mandan se enzarzaron en una discusión que finalizó, como lo hacen tantas otras en el mundillo, con un sutil chantaje: “o lo haces como te decimos o cogemos a otro que lo haga”, o algo similar. Habiéndole prometido de antemano a Reynolds que Deadpool tendría película propia si él realizaba ese papel, continuó con lo empezado.

Dos años y mucha insistencia después, parecía que nadie quería acercarse al proyecto maldito. Así que el canadiense se decantó por otro blockbuster de superhéroes, esta vez en el bando DC: Green Lantern. Y, cómo no, la jugada se torció. Las nefastas críticas que recibió el film le restaron credibilidad al actor como posible intérprete de Masacre (conocido así en algunas traducciones españolas), y alejaron aún más la posibilidad de una adaptación. Sin embargo, ya ha quedado claro qué tipo de historia es esta. Si los tópicos sirven para ganar, que así sea. Ryan no se rindió –o lo que es lo mismo, se puso pesado hasta la saciedad-, y consiguió avivar alguna pequeña lucecita verde que le iluminó el camino. Lo que sucedió a continuación fue una serie de planificadas casualidades que tiraron por si solas del proyecto. Una ‘inocente’ filtración de una espectacular escena hecha con CGI y de detalles del guión les hizo crecer los dientes y babear no sólo a los fanáticos, sino a medio internet. Eso encendió la gran luz verde definitiva y puso unos cuantos nombres sobre la mesa, hecho que elevó la velocidad a la que crecía el hype de forma vertiginosa. El resto ya lo conocéis.

La pregunta que deberíamos hacernos ahora es la siguiente: ¿Cómo ha triunfado de manera tan aplastante una película con tantas expectativas montadas en su lomo y con un presupuesto claramente inferior a la de sus competidoras? No importa que fuese el debut de su director, Tim Miller, ni que sus dos guionistas Rhett Reese y Paul Wernick sólo hubiesen triunfado una vez (con Zombieland) y se viesen en decadencia. Y, aunque sí es verdad que Reynolds -productor del film, de ahí su notoria influencia- no se equivocaba al augurarle un prometedor potencial cinematográfico (personaje atípico alejado totalmente de los cánones definitorios de los héroes clásicos, humor negro, referencias a la cultura pop, interacción con el lector-espectador al hacer añicos la cuarta pared, y, además, la cansina repetición de la misma fórmula en las películas de superhéroes durante años), lo que de verdad la ha hecho triunfar es algo tan lógico pero tan poco practicado actualmente que da hasta miedo: la fidelidad. Al original, me refiero. Esto es, algo tan sencillo como llevar a cabo una buena adaptación, fiel a sus orígenes y sabiendo ajustarse a la actualidad.

Con esta premisa, la campaña de marketing y toda la publicidad que ha tenido Deadpool han funcionado solas, aprovechando lo característico del personaje en las plataformas actuales: redes sociales en particular e internet en general. Clasificarla para adultos (R) y que sea tan parecida a los cómics han hecho el resto. Estamos hablando de más de quinientos millones de dólares –taquilla mundial- en el tiempo que lleva estrenada y la confirmación de una –ya esperadísima- secuela. También hablamos de un actor que cobró 2 millones por adelantado y que, posiblemente, gane 10 más en el probable caso que la cinta llegue a los 800 millones, según The Hollywood Reporter. Eso, sin contar que sus agentes ya están negociando un “mejor” (nótese la ironía en esas comillas) sueldo para la segunda parte.

Pero, por encima de todo, hablamos de la perfección de la sencillez. De cómo cumple una obra con la serie de pretensiones prometidas por sus creadores. Sin egocentrismos estilísticos y sin mentiras que hacen pensar al público que aspirará a más, o a otra cosa. De cómo la cabezonería de un millonario puede enseñarnos una lección, por triste que suene: es indiferente el género en el que se enmarque una adaptación. Provenga del formato que provenga, si es fiel, tiene muchas más posibilidades de llegar lejos. Quizá el problema reside en que, durante mucho tiempo, nos han acribillado con adaptaciones fatídicas no solo por las modificaciones radicales –en muchos casos eliminando la premisa, el objetivo o la gracia de la obra- sino por considerarlas como tal.

Marc Álvarez Ramilo
Estudiant de periodisme a la UAB. Quasi melòman, inestable lector, amant del setè art i ferm creient en el gran i desaprofitat poder de la cultura. Escriptor amateur amb massa coses per aprendre.

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