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Fotograma de la película Ventos de agosto. Fuente: sansebastianfestival.com

Días de Vértigo, fútbol y naturaleza

Una crónica de Mireia Mullor y Paula Pérez

Ell no soc jo y la elocuencia del silencio

Ben O Değilim empieza a ritmo de clarinete melancólico, con un juego de palabras con su titulo – Yo (no) soy él – y un aura de existencialismo inminente. Ese ambiente de tensión injustificada, de escasez de diálogos y momentos largos y prolongados, dejando que sea el silencio el que comunique y guíe las escenas y permitiéndole ser la voz inocua de la razón, de la elocuencia de un relato sordomudo.

Con este film, l’Alternativa de Barcelona se gradúa en la temática existencialista, en los problemas de identidad de las personas contra el mundo. Así el protagonista de Ben O Degilim comienza una relación con una mujer cuyo marido está en la cárcel, un hombre físicamente semblante a él, y que acabará consumiendo su propia personalidad. Se fusionan, o más bien se comen, las personalidades de ambos hombres con la esperanza ciega de la mujer de recuperar una estabilidad doméstica ya perdida. Suplantación de identidad al más puro estilo Hitchcock en su Vertigo, un James Stewart que se deja consumir por la fuerza de su simpleza e infelicidad. Porque estar en cuerpo ajeno nos da alas para hacer aquello a lo que nunca nos habíamos atrevido, o que nunca habíamos sido capaces de conseguir. Un juego peligroso que terminará por difuminar las barreras de lo propio y crear situaciones de lo más surrealistas.

Nuestro James Stewart turco contempla la costa, aquella donde su Kim Novak sucumbió, donde residen sus recuerdos ahogados, la reminiscencia de una vida que no le pertenece. El director Tayfun Pirselimoğlu firma una película llena de sutil intensidad y debacles mentales, toda una declaración silenciosa de cómo perdemos nuestra esencia a favor de la imitación – y en este caso, suplantación – de la vida de los demás.

Fotograma de la película Yo (no) soy él. Fuente: alternativa.cccb.org

Fotograma de la película Yo (no) soy él. Fuente: alternativa.cccb.org

 Al doilea joc y los derbis rumanos

¿Se puede hacer una película solo con los 90 minutos de un partido de fútbol? El director rumano Corneliu Porumboiu así lo creyó, a pesar de las dudas que su padre planteaba durante la misma. “Nadie iría a ver una película así”, decía. Y se equivocaba. Al doilea joc parte de premisas nada atractivas para los ajenos al mundo del fútbol, pero acaba constituyendo un relato humano, político e histórico. Una historia que se sustenta sobre un partido entre el Dynamo y el Steaua, los clubs rumanos más potentes en 1988. Se profesaban tal rivalidad que sus enfrentamientos eran un auténtico espectáculo de masas. Dos enemigos con grandes poderes detrás, la policía secreta y el ejército respectivamente, que movían los hilos de las competiciones a su antojo. Y entre esos dos titanes estaba el padre de Porumboiu, árbitro del partido, bajo la nieve intensa que tintó de blanco el césped y los espectadores.

26 años después de aquel partido, padre e hijo se reencuentran para comentar cada jugada. Seguramente una de las pocas veces en la historia que un hijo silencia un partido para escuchar lo que tiene que decir su padre. También desvelan las luces y sombras de una Rumania soviética, de una época donde no podían mostrarse imágenes antideportivas. Al doilea joc es de todo menos eso, pues las imágenes del partido acompañadas con las voces en off de la dual conversación, son una constante oda al deporte. Cuando la cámara enfoca al público se ven paraguas para resguardarse un poco de la nieve. Y cuando enfoca a las personas en el campo, nunca se ve a nadie quieto. Pantalones cortos persiguiendo un balón mientras nieva tanto que una persona tiene que caminar para perfilar las líneas ahora tapadas, es una imagen digna de ver.

Ventos de agosto y la naturaleza perdida de Brasil

“La roca está respirando. Tiene pulmones, como las personas.” Esa frase escucha el investigador de vientos, rocas, aguas y otros sonidos de la naturaleza en una pequeña población tropical de Brasil. Es  una afirmación que difícilmente puede comprenderse en su totalidad sin ver las imágenes de la película de Gabriel Mascaro. Ventos de agosto no cuenta una gran historia, sino que se compone de sensaciones. Sentir la naturaleza y la conexión con el entorno. De eso se trata. Pues estamos sujetos a fuerzas que se escapan de nuestro alcance: la naturaleza, el espacio, el tiempo. Todo empieza por conseguir estar en sintonía con esas fuerzas, cuando solamente se convive sin que un bando domine al otro.

La relación que tiene la pareja protagonista es así, no se dominan, solo se comparten el uno con el otro. Ella vive desde hace poco cuidando a su abuela, que le dice con un cigarro en la boca “la vida cuando eres joven es bonita, pero cruel cuando te haces mayor”. A él le gusta pescar. A ella le gusta echarse a la bartola en una pequeña barca mientras escucha punk y se echa Coca Cola a modo de protector solar. Ambos se ganan la vida en una plantación de cocos y no saben cuál es su lugar en el mundo. Y menos aún después de ver al mar arrastrando huesos humanos. De este film, que tuvo la Mención Oficial en el Festival de Locarno, cabe destacar el papel que juega el silencio.

Pues no hablamos constantemente desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Es algo que trata muy bien el film y por lo general bastante mal la mayoría de películas occidentales: a veces, de hecho muchas veces, estamos callados. Estemos solos o en compañía, muchos momentos de nuestra vida están teñidos del silencio de nuestras voces. Y no es nada malo. Todo lo contrario. Un buen silencio dice más que horas de palabras vacías.

Hubo un momento de la película en que falló el sonido. Por un momento pensamos que no era un error, pues el film tenía cambios de ritmos muy rápidos, la mayoría del tiempo impredecible. Silencios en hogares que de repente se transformaban en músicas en océanos. Luego aparecieron los subtítulos desvelando la realidad y todos los espectadores nos dimos cuenta al unísono de lo equivocados que habíamos estado. Pero comprensible, porque obviando la actuación de los actores o por los toques de humor y solo fijándose en la belleza visual, cualquiera podría pensar que se trata de un documental con alguna que otra reflexión vital.

Porque la vida es un camino que, sin evitarlo, pasa de largo. Ventos de agosto representa aquello que se nos escapa de las manos, la naturaleza que nos acecha, el viento que nos rodea con su manto de cambio. Y siempre seremos los listos, los modernos, que vuelven al origen para grabar el sonido del viento, y convencernos de que captaremos aquello que nadie puede capturar: lo intangible. Este largometraje es, además, esa pasividad de la rutina del trabajo en el campo, donde los últimos reductos de una generación campesina espera pacientemente la muerte con la ayuda de aquellos jóvenes enamorados, llamados a liderar el futuro o a heredar sin lugar a modificación lo que queda de él. El ambiente y clima que crea el director casa muy bien con sus cuerpos perfectos, que se enmarcan en una fotografía preciosa, enseñándonos el color de lo inane, de lo realmente humano. Sin pudor, sin costuras mal hiladas, sin prejuicios de ninguna clase. Todo eso se lo lleva el viento.

Y es curioso como uno de esos jóvenes encuentra entre las hojas del suelo un cráneo, y con él un cuerpo sin vida, que no es más que los recuerdos que el bosque guarda con esmero para que no olvidemos que existe un pasado de todos los lugares. Dicen los lugareños que es de alguien conocido, alguien que se perdió sin más. Alguien que perteneció a la tierra, pero se consumió. Como algún día haremos todos.

Fotograma de la película Ventos de agosto. Fuente: alternatica.cccb.org

Fotograma de la película Ventos de agosto. Fuente: alternatica.cccb.org

Redacció

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