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Muro de Berlín. Fuente: BBC.co.uk

El fanático inocente que ensartó el Muro de Berlín

Un artículo de Jordi Carné

Alemania. Trece de agosto de 1961. La cimentación de un muro fractura la ciudad de Berlín en dos zonas; una bajo dominio de la República Federal de Alemania, la otra potestad de la República Democrática.  El levantamiento sorprende a un niño de 13 años que desde pequeño solía frecuentar el Estadio del Hertha Berlín, que permaneció en la región occidental tras la división nacional.

Esta es la historia que vivió Helmut Klopfleisch y que Simon Kuper se encargó de relatar en su intento de hacer patente el estrecho vínculo entre fútbol y política. Quedarse en la otra parte de la frontera alejó a Klopfleisch durante más de 28 años de su amado equipo; secundar a los colores equivocados lo expulsó del país.

Venerar a unos colores más allá de la lógica es una expresión que se queda corta para definir lo que sentía el pequeño Helmut. Los meses posteriores al levantamiento del muro, solía pasar las tardes de sábado pegado a él, pues la distancia que los separaba del campo del Hertha era de apenas unos metros. Desde ahí se podían oír los cánticos de la afición local, que eran repetida y potencialmente reproducidos por los que se encontraban al otro lado del Telón de Acero.

Aunque no podían ver los partidos, los hinchas y Helmut Klopfleisch lo vivían como si nada ni nadie los cegara. Frenesí. Locura. Éxtasis. Por si alguien no lo sabía, el fútbol puede horadar cualquier muro.

Los guardias fronterizos y la Stasi alemana se empeñaron en finiquitar esta situación y pidieron un cambio de estadio que no tardó en producirse: pocos meses después, el Hertha Berlín se trasladó al Estadio Olímpico, el coliseo donde todavía hoy el conjunto alemán disputa sus encuentros como local. Curiosamente (o no), el campo se hallaba a quilómetros. Duro golpe para Helmut y los suyos, que ya no solo no podían verlo, sino que tampoco podían escucharlo. No podían sentirlo. Y, lo peor, no podían vivirlo.

La solución pasó por la instauración de una evidentemente ilegal Sociedad Hertha en el Este de Berlín, que se aglutinaba una vez al mes, siempre en un lugar distinto para no levantar suspicacias. Lo más relevante de estos guateques era la asistencia de algún jugador, directivo o entrenador del Hertha, hecho que, como no podía ser de otra forma, despertó la curiosidad de la Stasi, que empezó a ver en Klopfleisch un gran enemigo. Y no iban a deparar en gastos, ni por asomo, a la hora de rastrearlo.

Los primeros enfrentamientos entre Helmut y la Stasi se produjeron entonces, cuando el hincha quería ir a ver cualquier equipo occidental que jugara en los países del bloque soviético. En palabras suyas, “yo era seguidor del Hertha, del Bayern de Múnich y de la selección de la República Federal de Alemania, pero lo cierto es que iba a favor de cualquier equipo occidental que jugase contra un equipo del Este”.

Solo en una ocasión pudo Klopfleisch desembarazarse de la Stasi y ver jugar a su equipo. Fue a finales de los 70, en Polonia. El Hertha jugaba contra el Lech Poznan. Aunque, una vez más, la Stasi reforzó la frontera entre la RDA y Polonia, el joven consiguió pasar el control alegando que acompañaba a su madre “para visitar a sus parientes polacos”. De esta forma consiguió disfrutar, por fin, del partido de fútbol, aunque no lo pudo hacer por mucho tiempo ya que los agentes que lo vigilaban se cercioraron y lo encerraron algunos días.

Los siguientes años estuvieron marcados por una cantidad innumerable de encuentros entre el seguidor del Hertha y la policía alemana. Interrogaciones, detenciones,  violencia, prisión, mermas de empleo, expulsiones de su país… Ni la lacerante muerte de su madre –la Stasi no le dejó acudir a su funeral– pudo con su anhelo de volver a hacer realidad su sueño.

Alemania. 9 de noviembre de 1989. Cae el Muro, y el Hertha Berlín recibe al Wattenscheid en su estadio. Aunque el conjunto berlinés milita en la Segunda División, el partido es recibido por casi 60.000 personas. Sí, una de ellas es Helmut Klopfleisch. El partido se zanjó con empate a uno, aunque el resultado era lo de menos; habían ganado mucho más que los tres puntos que estaban en juego.

Esta es la historia que vivió Helmut Klopfleisch y que Simon Kuper se encargó de relatar en su intento de hacer patente la estrecha relación entre fútbol y política. La aventura de, para muchos, el mejor hincha del mundo. Una historia de inocencia, fanatismo y compromiso. Y de locura, sobretodo de mucha locura. Un apego obturado a sus colores; una ostentación de que el fútbol es mucho más que un mero deporte.

Jordi Carné Sempere
Estudiant de periodisme a la UAB i àrbitre a la FCF. Flautista i amant de tot allò que es pot arribar a transmetre amb la música i la resta d’arts. Interessat en l'esport en general, però sobretot en el futbol, nacional i internacional.

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