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El fandom de los escritores

Un artículo de Marta Mearin

Leer siempre ha estado de moda, o al menos lo ha estado el hecho de fingir que se lee. Pocas son las personas que reconocen no haber tenido un libro entre las manos en los últimos meses, así que, quienes no lo han hecho, o bien aluden a los Best Sellers citados por la mitad de la ciudadanía o se hacen los interesantes paseando libros de Franz Kafka o de David Foster Wallace bajo el brazo.

Lean o no, la mayoría de las personas a las que vemos con un clásico entre las manos dicen estar releyéndolo. Por supuesto, ¡podría ser bochornoso que los demás se enterasen de que no han leído La Regenta o Don Quijote de la Mancha! Pero es cierto que hay obras que, como dice muy acertadamente Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos, no deberíamos tener prisa por leer. Afirma que “las lecturas de juventud pueden ser poco provechosas por impaciencia, distracción, inexperiencia en cuanto a las instrucciones de uso, inexperiencia de la vida”. Por tanto, el hecho de reservar la lectura de un clásico para un momento en el que se ha alcanzado una madurez supuestamente suficiente es una muy buena práctica: la obra puede mostrarnos mucho más de lo que hubiera hecho en nuestra juventud.

Aún así, el fenómeno cultureta, extendidísimo hoy en día entre tribus urbanas como los llamados hiptsers, es incapaz de tomar esto en consideración, así que sus seguidores se limitan a fingir que releen obras de las que conocen poco o nada. No sólo ellos, sino mucha más gente se siente obligada a haber leído las obras que se han establecido dentro del canon. No basta con conocer su título o su autor ni con decir que se han estado leyendo otras cosas durante la vida: si en una conversación sale una obra del canon que no has consumido te dirán que cómo es posible que no hayas leído esa obra. Y, ¡ni se te ocurra contestar que no has leído La Celestina porque te has pasado años enganchado a Harry Potter! Te dirán que viajar a Hogwarts a través de J.K. Rowling no te hará más inteligente, no te aportará cultura. Y la gran pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué los récords de ventas no pueden ser grandes obras? ¿Por qué no se valora lo fantástico? ¿Por qué las obras contemporáneas no tienen tanto peso en el canon como las clásicas? ¿Un clásico tiene que ser necesariamente antiguo?

Es cierto que hay que leer Hamlet para entender la traición y la venganza, pero muchas obras contemporáneas que se han convertido en fenómenos de masas también deberían ser tomadas en cuenta. Está claro que por el hecho de vender muchos ejemplares una obra no se convierte en “buena” (recordemos que 50 sombras de Grey ha vendido más de cien millones de ejemplares y no es ninguna maravilla), pero tampoco debemos hacernos la idea de que si un libro vende mucho y no explota un género ni un público culto se tratará de una obra que hay que dejar fuera de aquellas que se deberían consumir antes de morir. Matrix es otro gran ejemplo de este caso: está inspirada en diversos textos clásicos y lleva a la reflexión de temas de gran trascendencia para el ser humano y, aún así, ha sido un éxito mundial y se ha llevado a cabo en forma de película. El hecho de que sea un film de ciencia ficción y que haya llegado a millones de personas no significa que deba ser dejado fuera de la “alta cultura”. Puede ser considerado cultura popular por su alcance, pero ni mucho menos “baja cultura”.

Cabe destacar que tanto los clásicos como este tipo de literatura venden una cantidad desorbitada de ejemplares. Hace ya muchos años que se estudia a los grandes literatos en colegios y universidades, y que esto lleva a los lectores e investigadores a querer conocer todos los detalles de la vida de los creadores de las obras que consumen. Hoy no son tan solo los autores clásicos quienes ven sometidas sus vidas personales a escrutinio público, sino que los autores a los que hemos llamado de “cultura popular” se encuentran en la misma situación.

Uno de los rasgos que define esta adoración de los clásicos es la casi obligatoriedad de haber leído a determinados autores. Tras el inmenso reconocimiento de su obra se han convertido en figuras de culto, en una especie de dioses a los que — según se dice — es imposible comprender debido a su excepcional genio, pero a los que se debe intentar entender lo máximo posible. Estamos hablando, por supuesto, del fandom de los escritores – sean clásicos o modernos–. Parece que el afán por conocer detalles de la vida personal de escritores de renombre es equiparable a la locura de los fanáticos de grupos de rock que llenan estadios. Los escritores de hoy tienen que enfrentarse con una sonrisa a las avalanchas de fans en Sant Jordi, deben mantener al día sus redes sociales, aparecer en revistas exagerando la pose de autor en fotografías — la mejilla apoyada sobre el puño a medio cerrar y la mirada en el horizonte — y actuar como se supone que actúan los escritores. Los autores — no sólo de literatura, sino de cualquier tipo de obra artística — son más interesantes para la gente cuando han tenido un pasado triste y duro o cuando se han visto envueltos en situaciones turbias a lo largo de su vida. Se nos sigue presentando la imagen del escritor atormentando por el pasado, de aquel que escribe para desahogarse, para alejar de su vida aquello que tanto dolor le ha causado. Bebe whisky frente a su máquina de escribir de la marca Olivetti y fuma sin parar. Cuando no lo hace las musas no visitan su pequeña habitación del centro de Manhattan, el barrio de Gracia de Barcelona o una callejuela de París. Y el tormento es tan terrible que rompe todo lo que ha escrito hasta el momento para servirse una otra copa y probar suerte: “las musas deben estar al caer”, piensa.

Muchos artistas se suben al carro de la imagen del escritor frustrado para que sus obras se vendan más, pero otros critican esta visión que tienen los consumidores. Maria Lassnig, por ejemplo, se burla de los estereotipos atribuidos a los creadores en una video autobiográfico – en el que deja muy claro que cuenta lo que quieren que cuente, no lo que realmente le ha pasado – que es, a su vez, una obra de arte. Otro ejemplo de un creador que critica los clichés de la vida de un artista es Mario Bellatín, que propone la biografía de un escritor (fruto de su imaginación) llamado Shiki Nagaoka, el ídolo perfecto de aquellos que creen que un buen artista debe arrastrar taras, ser incomprensible y actuar de manera extraña.

Aún así, en estos tiempos es normal que los escritores actúen como se espera que lo hagan, ya que para muchos lectores no es tan importante la obra como el autor. A veces elegimos las obras que leemos porque las ha escrito tal o cual persona, no por los temas que tratan. Aunque esta acción puede parecer debida a lo que hoy se conoce como postureo (una especie de ostentación cultureta) podemos llegar a hacerlo por otras razones, de manera inconsciente: nos han hablado tan bien de una serie de autores que corremos a comprar sus libros sin saber “de qué van”. Cuando se nos nombra a un escritor lo primero que hacemos es buscarlo en Wikipedia, donde se nos cuentan sus peripecias vitales tormentosas. Y tras leer sus libros buscamos referencias de esos tormentos entre las palabras de ficción que se nos han brindado. A veces no se nos pasa por la cabeza que pueden no estar ahí. Teorizamos tanto las obras literarias teniendo en cuenta la vida del autor que a veces podemos llegar a olvidar que era otra cosa la que quería contarnos con su libro. Quería narrarnos una historia y ésta, seguramente, tenía un trasfondo relacionado con la realidad.

Es en este punto cuando empezamos a mezclar los conceptos de realidad y ficción. La obra de arte – ya sea una novela, un cuadro, una canción, etc. – es ficción. El autor ha construido un mundo, unos personajes y unos acontecimientos con tal de mandarle un mensaje al lector, entretenerle o alumbrarle. Es natural que, aunque lo haga sin darse cuenta, vuelque sus experiencias personales – que no tienen que haber sido tristes – en la construcción de ese microuniverso, pero eso no quiere decir que su obra sea un mensaje encriptado que, en realidad, quiere dejar constancia de sus vivencias y sentimientos. Por ejemplo, el hecho de que un autor escriba narraciones del género gore no debería llevarnos a pensar que es un enfermo al que le gusta la sangre y el sufrimiento físico de la gente o que ha presenciado asesinatos y necesita reproducirlos en forma de relatos. Se suelen buscar interpretaciones psicológicas de los autores a través de sus historias olvidando que son eso: historias, ficciones.

El escritor de un “clásico”, pues, no es ese borrachuzo raro al que nadie entiende, ese que se pasa días encerrado solo frente a sus papeles y sus historias, recordando lo malos que fueron sus padres con él y cómo le pegaron en el colegio. No necesitamos que un escritor se suicide y tenga una vida plagada de adicciones y vicios para que sea un David Foster Wallace o un Charles Bukowsky. Tampoco es necesario que haya vivido doscientos años antes que nosotros, ni que escriba sólo para una pequeña parte de la población, para aquellos cultivados que puedan entender lo que muchos otros no pueden. Lo que necesita un autor para escribir un “clásico” es tener una visión distinta e interesante de la realidad, es saber mirar el mundo con otros ojos y transmitirlo de manera genuina. Cuando alguien es capaz de hacer eso, ya sea a través de una ficción capaz de dar cuenta de la realidad sin nombrarla, o a través de la “realidad” misma (entrecomilladísima realidad) , ése será el escritor de un clásico.

Marta Mearin
Estudiante de periodismo y escritora. Creo en el periodismo narrativo como vehículo para la comprensión del ser humano y el mundo que le rodea. Estoy convencida de que la cultura puede cambiar el mundo.

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