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Gerda y André
Gerda y André

Gerda Taro fue Robert Capa

Un artículo de Laura Aranda

Su verdadero nombre era Gerta Pohorylle, nacida en Alemania y refugiada del fascismo.
Antes de que Hitler subiera al poder en 1933, Gerda ya colaboraba con comunistas y luchaba contra el nazismo. Llegaron a detenerla, acusada de conspiración bolchevique contra el nazismo, así que ese mismo agosto decidió marcharse a Paris, donde conoció a André Friedmann, más tarde conocido como Robert Capa. Y fue entonces cuando se hicieron inseparables. Él le enseñó a usar su cámara Leica y no tardaron en mudarse a un estudio al lado de la torre Eiffel.

Gerda fotografiando

Gerda fotografiando

Ahí se creó a Robert Capa.”André hacía las fotos, Gerda las vendía y el mérito se lo llevaba el tal Capa que no existía. Como se suponía que Capa era muy rico, Gerda se negaba a vender sus fotos a ningún periódico francés por menos de ciento cincuenta francos cada una, tres veces la tarifa vigente” explica Hersey (escritor y periodista de la época).
André era indisciplinado, bohemio y a veces arrogante e irresponsable. Cuando no llegaba a inmortalizar la última manifestación o huelga, Gerda lo encubría. Ella consiguió que fuera “el hombre que se inventó a si mismo”.

Robert Capa, por Gerda Taro

Robert Capa, por Gerda Taro

El 17 de julio de 1936 se desata la guerra civil española y la pareja no tardó en acudir para luchar con su arma: la Leica.

A finales de septiembre de ese mismo año, mientras Madrid era bombardeada, André y Gerda volvieron a Paris con una de las fotos más famosas de Robert Capa en España; Muerte de un miliciano. Una vida que les pareció insoportablemente aletargada comparada con la intensidad de España.
No sabían si podrían volver al frente republicano, cosa que ansiaban los dos con intensidad, aún no habían conseguido enseñarle al mundo que el pueblo español era capaz de acabar con el fascismo.

Pintadas republicanas, por Gerda Taro

Pintadas republicanas, por Gerda Taro

Las tropas franquistas empezaban a ganar terreno y la pareja iba y venía, siempre sacando fotos. André, consciente de la mortalidad de lo que suponía su trabajo, pidió a Gerda que se casara con él, y esta lo rehusó. Era una mujer de ideas polígamas y se había comprometido tanto con la República que casarse no entraba en sus planes. Aparte, rehusó su oferta porque estaba cansada de que su nombre (si llegaba a hacerlo) apareciera detrás de la firma de Capa en sus fotografías de España y aunque volvieron juntos a Madrid creía que debía de salir de la sombra de su maestro. Así que podemos encontrar muchas fotografías de “Robert Capa” que no son hechas por André, sino por Gerda.

Entrenamiento de una miliciana, por Gerda Taro

Entrenamiento de una miliciana, por Gerda Taro

Tras haber filmado con éxito varios ataques republicanos victoriosos en julio de 1937, Capa se volvió a París para entregar las secuencias y Gerda se quedó en Madrid. Por fin era periodista gráfica por derecho propio.
André pidió a Ted Allan -un joven voluntario canadiense- que cuidara bien de ella en su ausencia.
Durante la mayor parte del mes, Gerda y Allan estuvieron día y noche a la caza de noticias. Era emocionante pero agotador.
Gerda no perdía esperanza, mientras convivía día tras día con huérfanos, mujeres y niños hambrientos y calles con cadáveres. Le gustaba cantar marchas republicanas, su favorita era “Los Quatro Generales” que se burlaba de “cuatro generales insurgentes” y alababa la resistencia en Madrid. Iba al frente con medias y tacones, decía que levantaba la moral de los hombres.

Republicanos en Almería, por Gerda Taro

Republicanos en Almería, por Gerda Taro

Alfred Kantorowicz -intelectual alemán- escribía en su diario “Gerda era increíblemente atractiva y llevaba pantalones, una boina ladeada sobre su bonito pelo rubio rojizo y un elegante revólver en la cintura”. Llegó un momento en el que ya no hacia distinción entre ella y los que luchaban a favor de la república y llevaba siempre su revólver encima.

Gerda Taro al pie de cañón, por André

Gerda Taro al pie de cañón, por André

“Cuando piensas en todas las personas magníficas que los dos hemos conocido que han muerto […] tienes la absurda sensación de que de algún modo no es justo seguir vivo”. Justo 17 días antes de morir, Gerda, hablaba así de la guerra, y de las consecuencias de ser parte de ella.

Antes de marcharse a París, no con las manos vacías, pidió a Allan que la acompañara a Brunete. Al llegar, un general les pidió que se marcharan, pero ella no le hizo caso. Antes de un ataque, Allan y Gerda se cobijaron en un hoyo poco profundo, y se empezó a oír la aviación franquista. Gerda salió, entre estallidos y polvo, a fotografiar. Uno de los biplanos, al ver el destello de la cámara metálica de Gerda reflejando el sol, descendió directamente hacia ellos. Mientras otros aviones seguían al primero, Gerda se tumbó en el suelo para cambiar el carrete de su Leica. Después de que Allan le implorará que se marchasen, esta accedió. No quedó nada más que balas y devastación. Buscando como volver, un coche negro que llevaba heridos, se detuvo. Gerda se subió al estribo y le dijo a Allan “Esta noche celebraremos una fiesta de despedida en Madrid. He comprado champán.” De pronto un tanque republicano perdió el control, y choco con el lateral del coche aplastando a Gerda.

Ingresó en El Escorial. Aun estaba consciente cuando llegó, pidió mandar telegramas a su editor y a André. El tanque le había abierto el estomago y tenía heridas abdominales muy graves. Lo único que dijo fue “¿Están bien mis cámaras? Son nuevas. ¿están bien?”
En el hospital no tenían penicilina ni antibióticos, asique le dieron morfina y aquella noche no sufrió, solo cerró los ojos. Nunca tuvo miedo.

Toda la izquierda europea canonizó a Gerda, elevándola de reportera imprudente a santa antifascista. Life la describió como “probablemente la primera fotógrafa que ha muerto en acción”.
Para André, fue un golpe muy duro, pues, murió la mitad de Robert Capa.

Gerda y André

Gerda y André

Soldado herido, por Gerda Taro

Soldado herido, por Gerda Taro

Madre e hijo, por Gerda Taro

Madre e hijo, por Gerda Taro

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