Inici / Política / Món / Hijos del olvido chileno
Santiago de Chile, font:http://static.diario.latercera.com/201103/1201575.jpg

Hijos del olvido chileno

Un artículo de David Castelló

11 de setiembre de 1973, fecha histórica. Quedan veintiocho años para que el derrumbe de Las Torres Gemelas conmocione el mundo occidental y se lo haga pagar al mundo oriental, demasiado acostumbrado ya a cargar a sus espaldas con las culpas. El discurso del miedo no ha llegado a su apogeo pero está vivo y Estados Unidos tiene unas narices suficientemente largas como para andar metiéndolas donde le plazca, especialmente en América Latina.

El presidente de la República de Chile, Salvador Allende Gossens, que ostenta dicho cargo desde 1970, cuando la coalición Unidad Popular obtiene la victoria, pronuncia su último discurso. “Quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia”. Sus últimas palabras, dedicadas al leal pueblo chileno y que no son poesía para los oídos pero si para el corazón, precederán diecisiete años de férrea dictadura encabezada por Augusto Pinochet. “Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.”

Silencio. Se baja el telón. Deja de sonar la guitarra de Víctor Jara acompañada de los versos de Pablo Neruda. El anhelo de justicia al que ser refería Allende volverá a las calles chilenas. Tras un verano convulso, donde la oposición se había hecho fuerte gracias, en gran parte, a la financiación y el apoyo del gobierno estadounidense liderado por Richard Nixon, el 11 de setiembre se culmina lo que se llevaba gestando desde hace tiempo: el Golpe de Estado. Grupos de la Armada de Chile y de los Carabineros, altos cargos de la Fuerza Aérea y la figura del comandante en jefe del Ejército, Augusto Pinochet, se sublevan contra el gobierno de Unidad Popular y su presidente socialista, Allende.

Los acontecimientos se sucedían rápidamente durante la mañana del 11 de setiembre. Gran parte del país había sido tomada y controlada por las fuerzas del orden que, sublevadas al poder de izquierdas y marcando el ritmo de una jornada triste e histórica a ritmo de fusil, exigían la renuncia inmediata del presidente, refugiado y atrincherado en el Palacio de La Moneda, sede del presidente de Chile.

Allende dirigió sus últimas palabras al país mediante una emisora de radio. Su mensaje era claro y noble: no abandonar la sede presidencial y seguir defendiendo Chile. Ya en el mediodía, los golpistas tenían un único objetivo: La Moneda. Así pues, bombardearon la sede durante quince minutos mediante aviones Hawker Hunter de la Fuerza Aérea de Chile y proyectiles rockets que provocaron la destrucción e incendio de varias dependencias del histórico edificio. Tras el bombardeo, que devastó un edificio con tres siglos de historia y que había albergado 23 presidentes chilenos, se encontró a Salvador Allende muerto en el salón principal de La Moneda junto a la supuesta arma con la que se suicidó.

Su muerte ha sido siempre objeto de dudas, ya que en sus últimas palabras el presidente socialista llamaba a la resistencia, a la defensa de su pueblo. Hipótesis, no descabelladas, apuntan que o bien el presidente se suicidó por miedo a la represión que recibiría por parte de los golpistas o que estos últimos lo mataron para acabar con la esperanza de un pueblo descorazonado. La figura del mártir ha sido, históricamente, motivo de revueltas y fuerza popular. Obviamente, que nadie lo dude –y que se haga notar mi tono irónico-, las fuerzas financiadas por el justiciero mundial por excelencia, Estados Unidos, iban a juzgar democrática y respetuosamente al presidente socialista. Tras la muerte de la figura principal de Unidad Popular, la resistencia fue neutralizada con relativa facilitad por las fuerzas del orden partidarias al golpe. En una entrevista de Javier Cercas al escritor chileno Roberto Bolaño, recogida en el libro Soldados de Salamina, este último reflexiona sobre la figura del presidente socialista, del que fue partidario: “Mira, te voy a decir la verdad. Durante años me cagué cada vez que pude en Allende, pensaba que la culpa de todo era suya, por no entregarnos las armas. Ahora me cago en mí por haber dicho eso de Allende. Joder, el cabrón pensaba en nosotros como si fuéramos sus hijos, ¿entiendes? No quería que nos mataran. Y si llega a entregarnos las armas hubiéramos muerto como chinches. En fin, (…) supongo que Allende fue un héroe”.

El éxito del golpe de Estado, gestado desde la oposición y apoyado por países imperialistas –saboteadores asiduos de intentos de gobierno socialista-, puso fin al mandato representado por Allende y estableció una junta militar liderada por el comandante Augusto Pinochet. De esta manera, el país latinoamericano se adentró en una dictadura militar extendida hasta 1990.

Como suele suceder con la dictaduras -la historia nos ha blindado y aleccionado numerosas veces– los derechos humanos fueron violentados sistemáticamente por un gobierno ilegítimo que irrumpió en el poder con un golpe de estado. El poder, prohibidos los partidos y disuelto el Congreso Nacional, se concentró en el órgano conocido como la Junta de Gobierno y especialmente en la figura dictatorial de Pinochet. La represión sobre la oposición, especialmente sobre los sectores izquierdistas partidarios del gobierno de Unidad Popular, fue dura y los organismos de “seguridad” creados para esta labor represiva camparon a sus anchas por las calles chilenas.

Tal fue el desastre y la magnitud del aparato represivo del estado que la BBC explicaba, en un artículo publicado en 2011, que “la cifra oficial de víctimas de crímenes de lesa humanidad por parte del Estado chileno” durante la dictadura presidida por Pinochet (1973-1990) ascendía a 38.000 personas. De éstas, aproximadamente 3.000 correspondían a fallecidos, asesinados durante el Régimen Militar, nombre con el que se conoce la etapa dictatorial. Que los olvidados salgan pronto del olvido, que los ausentes siempre estén presentes, que los asesinos no mueran nunca en paz.

La libertad de expresión fue coartada sin tapujos y en lo que cultura se refiere la represión también fue notoria. El poder siempre ha tenido claro que el arte es un arma sin gatillo pero que dispara. El arte incómodo, aquellas manifestaciones u obras culturales que se consideraban opuestas al régimen, era censurado y sus autores y consumidores reprimidos. El cantante Víctor Jara, que había manifestado abiertamente su ideología comunista –reflejada notoriamente en su obra artística- fue objeto de esta fuerte represión cultural. Después del golpe de estado fue detenido, torturado y finalmente asesinado en el antiguo Estadio de Chile, renombrado posteriormente como estadio Víctor Jara en recuerdo del artista. Como él, muchos otros sufrieron esta oscura realidad en forma de represión cultural y política, por lo que algunos –no pocos- decidieron que el exilio era la única manera de ser, o de seguir siendo.

La dictadura chilena cambió radicalmente sus políticas económicas, inspirándose en la doctrina neoliberalista, establecida en países como Inglaterra encabezado por la Dama de Hierro. La metamorfosis fue drástica: de unas políticas económicas que entendían el Estado como un elemento fundamental en la producción y estatización, a otras que daban la fuerza a las empresas privadas en detrimento del estado, al cual se le reservaba la tarea represiva y los poderes fácticos. Esta evolución llevó a privatizar gran parte de las empresas públicas que, juntamente con las demás políticas económicas conllevaron precariedad laboral e inestabilidad para la clase trabajadora.

Pinochet buscó adornar la dictadura mediante procesos de legitimación en forma de plebiscitos de dudosa (falsa) validez. Pero a un dictador algún día se le vuelve algo, o todo, en contra. Una gota se convierte en corriente y agita la mar entera. La Constitución de 1980, aprobada mediante uno de estos famosos plebiscitos –cuestionado, entre otras cosas, por algo tan estúpido como la falta de registros electorales- explicaba que el 1988 los comandantes en jefe de las fuerzas armadas y del orden debían elegir un candidato (Pinochet) para ser sometido a un plebiscito para seguir (o no) en el poder. En el caso de ser vencido, el 1989 se celebrarían unas elecciones presidenciales, conjuntamente con las parlamentarias.

Con este afán legitimador de su régimen frente a la mirada internacional, que lo sometía a presiones, y después de quince años de férrea dictadura, la gota se empezó a tornar corriente.   La película No, un film dirigido por el chileno Pablo Larraín y escrito por Pedro Peirano basado en la inédita obra de teatro de Antonio Skármeta El Plebiscito, muestra con detalle la realidad del país latinoamericano durante los tiempos cercanos al plebiscito. Como bien muestran sus mensajes iniciales, el 1988 el Gobierno dictatorial, precedido por Augusto Pinochet, llama a un plebiscito a la población chilena, que debe votar “sí” o “no” a su permanencia en el poder por ocho años más.

El thriller político -que cuenta con un reparto cautivador con profesionales como Gael García Bernal (interesante papel en También la lluvia), Alfredo Castro o Antonia Zegers- narra que la campaña durará un total de veintisiete días. En cada uno de ellos, tanto la opción que defiende el “sí” como la que defiende el “no” contara con 15 minutos en televisión.  Quince minutos de oro para convencer a un país prácticamente convencido, asediado por la violencia de la dictadura militar en sus múltiples expresiones y necesitado de unos derechos humanos demasiado ausentes durante el pinochetismo. El film, narrador de un capítulo decisivo de la historia de Chile y hábil combatiente del tormento que es el olvido, relata, sin necesidad de florituras ni excesos, cómo la población dictará sentencia a un gobierno ilegítimo que busca legitimarse. El lobo que quiere disfrazarse de oveja, aún queriendo seguir siendo feroz, para diluirse en el rebaño.

Y Pinochet perdió, jugando con una democracia que siempre despreció. La gota se tornó corriente para remover la mar entera, que por naturaleza es furiosa. Así pues, como mandaba su propia Constitución, el 1989 se celebraron unas elecciones presidenciales, conjuntamente con las parlamentarias, donde el democratacristiano Patricio Aylwin fue elegido, y asumió la presidencia el marzo de 1990. Y después la transición, ese farragoso camino que insistimos en idealizar pero donde los pasos no dejan huella, donde el sol no se encuentra al horizonte, donde ellos no somos nosotros. Nos quitaron la venda de los ojos pero nunca nos enseñaron a andar despiertos. Tampoco nos enseñaron a vencer al olvido. Amanece en Santiago, pero los ausentes siguen sin nombre y las calles teñidas de rojo.

David Castelló García
Estudiant de periodisme a la UAB. La utopia a l’horitzó i els versos al carrer. Fills de l’oblit, la paraula i les persones. Interessat en història contemporània, moviments socials i cultura.

Deixa un comentari

La teva adreça de correu electrònic no es publicarà. Els camps obligatoris estan marcats *

*