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Impactantes momentos en Oranienburg

Un diari de Viatge de Bea del Corte

 

‘Arbeit Mach Frei’, ‘el trabajo os hace libre’, es como el campo de concentración de Sachsenhausen, ubicado en la población de Oranienburg, Alemania, daba la ‘bienvenida’ a sus reclusos sobre unos oscuros barrotes en una puerta de hierro negro macizo. Una frase forjada asociada al horror, que creaba falsas esperanzas en los prisioneros. El campo de Sachsenhausen, a pocos kilómetros de Berlín, fue construido por los nazis en 1936 para liquidar masivamente a todo tipo de opositores políticos, judíos, gitanos, homosexuales y prisioneros de guerra, que allí fueron torturados, maltratados y asesinados.

Funte: Propia - Bea del Corte

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Nuestra visita comenzó por los barracones judíos 38 y 39, donde llegaron a convivir más de 400 personas. En estos barracones la convivencia era muy dura, tan sólo disponían de un comedor, un baño, dos pilas donde lavarse y las celdas con pequeñas camas, donde los prisioneros a penas podían dormir entre 3 y 4 horas diarias. A las 5 a.m. tenían que estar en pie, listos en la plaza de recuento, donde se contaba diariamente a los presos por si faltaba alguno. Muchas veces, los oficiales de las SS podían tardar horas en encontrar a algún preso que posteriormente hallaban muerto en algún rincón del campo de concentración. Cansados de esto, cuando alguno moría, los propios prisioneros tenían que llevar el cadáver al centro de la plaza del recuento. Por estos barracones, aún podíamos oler la humedad que inundaba todo el edificio; las paredes estaban pintadas con un blanco amarillento muy desgastado y las esquinas llenas de moho verde. Aún se notaba el olor a quemado por el incendio provocado por algunos neonazis en el año 1992. Aún sentíamos el frío que se quedaba guardado en aquel lugar, a pesar de estar en pleno verano. También era aquí donde tenían la sala de ‘‘consulta de enfermería’’, donde les realizaban crímenes médicos, esterilizándoles de forma forzosa para experimentar todo tipo de atrocidades con el fin de conseguir avances genéticos para la ‘raza aria’. Cabello rubio, ojos azules y superhombres de una única raza en todo el mundo se convirtió en la gran obsesión.

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Aproximadamente unas 200.000 personas estuvieron recluidas en el campo de Sachsenhausen y al rededor de 30.000 prisioneros de todo tipo murieron a causa de enfermedades, trabajos forzados, malos tratos y hambre, o fueron víctimas de los operativos de exterminio sistemático de las SS. El motivo por el cual se podía ingresar en una celda era tan dispar e inútil como el que más, se podía torturar a un hombre en este campo por dormir más de la cuenta, no acatar los antojos de los soldados o robar comida (los prisioneros únicamente recibían raciones minúsculas que consistían en la mayoría de los casos, en un mendrugo de pan y una pequeñísima ración de sopa en la que los fideos se podían contar con los dedos, cosa que podía decidir la vida o muerte del preso a la mañana siguiente).

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A medida que caminábamos por el campo, el silencio habló entre nosotros por sí solo; a penas oíamos nuestros pasos al caminar y nuestra saliva bajando por la garganta al entrar en las cámaras de gas. Era imposible sacar una sonrisa en las pocas fotos que sacamos y es que la tristeza se apoderó de nosotros mientras nuestras mentes reconstruían aquella cruda realidad. Hubo un tiempo en el que miles de hombres entraban en baños con la idea de ducharse y nunca más salieron con vida. Hubo un tiempo en el que cabía en la cabeza de un hombre quemar vivas a miles de personas y después enjabonarse con los restos de sus cuerpos. Hubo un tiempo en el que el hombre perdió toda su dignidad… Sin duda, el momento más impactante fue aquí, en los hornos crematorios y cámaras de gas, donde nada más pisarlos una energía negativa nos invadió por completo. Pudimos incluso ver con total claridad los conductos por los cuales pasaba la sangre de los prisioneros, las fosas en donde arrojaban sus cuerpos y las zonas de fusilamiento, conocida como Zona Z, en alusión a la última letra del abecedario, como marca final de la vida.

Funte: Propia - Bea del Corte

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Los castigos que les realizaban eran realmente duros. Esta pista de piedras afiladas que recorre todo el perímetro del patio, servía para que los prisioneros asignados al Comando de Castigo probaran el calzado militar, andando entre 25 y 40 kilómetros diarios por persona, con el objetivo de probar las suelas de las botas fabricadas para la Wehrmacht. Realmente eran marchas que seguían el proceso de deshumanización en los hombres y buscaban aniquilarlos físicamente. Si el castigo debía ser más estricto, harían este recorrido descalzos y con varios kilos de peso sobre la espalda. Nosotras no aguantamos ni 3 pasos seguidos.

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La pesadilla acabó en 1945, cuando los soldados liberaron a aquellos que aún se encontraban en el campo y durante los siguientes 5 años, hasta el 1950, se usó este lugar para detener a nazis, soldados alemanes y opositores del comunismo. Hoy, se levantan estatuas en memoria de los fallecidos. Un gran obelisco se erige desde 1961 en memoria de la liberación del campo.

Visitar un campo de concentración como el de Sachsenhausen es una experiencia que nos hizo entender mejor las calamidades que se vivieron en la época nazi y que no te podrás perder si visitas a la antigua Alemania. Triste, emocionante o impactante es como describiría esta visita que no te dejará quitar de la cabeza la destrucción de la dignidad humana. Goza de toda veracidad el sufrimiento que puedes sentir en películas, fotografías o libros y es que realmente se te queda la mente en blanco por el intento de reconstruir la triste imagen de cientos de personas sufriendo unas condiciones y un frío inhumano. Así abandonamos Oranienburg, con la sensación de que todo lo que Victor Frankl nos contaba en ‘‘El hombre en busca de sentido’’ y Anna Frank nos relataba en su diario, no tienen ni pizca de ficción.

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Fuente: Turismo Google

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Funte: Mundo de Viaje

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Funte: Propia - Bea del Corte

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Redacció

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