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Doc Sportello es el primo yonki de “Yo soy Sam”. Fuente: theguardian.com

Inherent vice: oda al hippie atrapado

Una crítica de Roger Obiols

Ya hace un par de semanas que se estrenó Inherent Vice, la nueva obra de Paul Thomas Anderson. Y desde entonces, ya he ido a verla dos veces al cine. El día del estreno decidí probar la sesión golfa, pero por el sueño y unas falsas expectativas sobre la peli me vi forzado por mis acompañantes a abandonar la sala poco antes de llegar a la hora.

Caí en el error de guiarme por el tráiler. Inherent Vice es una buena peli, entretenida, curiosa, incluso podríamos decir que es una pieza única. Pero si algo no es, es la locura y el cúmulo de momentos graciosos que te pintan en el tráiler. Me reí a carcajadas, lo admito, pero menos de lo que me esperaba y con un ritmo más cojo que ágil (en la tónica del protagonista).

Supongo que mis amigos se sintieron engañados, al igual que las personas que se marcharon antes de terminar la película la segunda vez que la fui a ver. Y les entiendo, seguramente iban a por un “Gran Lebowsky”,  y se encontraron con una versión Hippie delirante de “A propósito de Llewyn Davis”. De rara avis iba la cosa, en eso acertaron.

Inherent Vice nos traslada a un Los Angeles que pocos conocemos, antes de convertirse en la metrópolis hollywoodiense de hormigón que es hoy en día. Años 70 y en pleno proceso de masificación, el investigador privado Doc Sportelo (un demacradamente brillante Joaquim Phoenix) es representante de los últimos reductos hippies que le quedan a la ciudad. Con más pena que gloria, Doc va resolviendo algunos casos que le encomiendan personajes variopintos, y que poco a poco van aportando nitidez a un relato repleto de humo.

El protagonista, siempre bajo el efecto de las drogas, va preguntándose a sí mismo si lo que ve, oye y dice es real. Y de hecho, en algunos momentos creo que esa sensación de amnesia porrera se transmite al espectador, que duda sobre qué partes del argumento son reales y qué otras son fruto del jodido cerebro de Doc. De hecho, no sé ni si la misma narradora del relato (interpretada por la artista folk Joanna Newsom), es un personaje real o imaginario.

Si a esta melancólica voz le sumamos una banda sonora más que decente, el resultado es un lujo que pocos se pueden permitir. Desde canciones de Johnny Greenwood (miembro de Radiohead), hasta el clásico “Wonderful world” de Sam Cooke (que todos hemos cantado en la ducha); todas aportan un plus de diversión que acompaña a la perfección las escenas más desatadas y cómicas.

Puede que entre tanta escena random y otros episodios turbios presentados con la mayor naturalidad del mundo, se nos pasen por alto algunas piezas del puzzle que Thomas Anderson nos tiene preparado. Es por eso que entiendo a la gente que decide levantarse en medio de la película ante una carencia de acción que el tráiler les prometía. Aun así, estoy seguro que disfrutaste si aguantaste hasta el final. Y si aún no la has visto, prepárate para una radiografía de un universo poco conocido, sobre un hombre que no quiere ser contemporáneo por nostalgia del movimiento hippie. Una época que hace diez años algunos la calificaban como una mierda, pero que hoy en día se ha convertido en un nicho en el que a más de uno le gustaría vivir.

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