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Jeremy Corbyn, líder del Partido Laborista. Fuente: Getty

Jeremy Corbyn: de vuelta al laborismo

Hace unos días, el Partido Laborista británico anunció su voto negativo a la nueva propuesta de ajuste presupuestario del gobierno conservador. El flamante líder del partido de la rosa, Jeremy Corbyn, colgó un mensaje con dicho anuncio en su Facebook oficial, y entre apoyos y vítores por la iniciativa anti-austeridad, un votante laborista hizo un comentario que difícilmente puede describir mejor el panorama político en el Reino Unido en el último mes: About bloody time labour voted against the tories –  Algo así como ya era puta hora de que los laboristas votaran contra los tories –. Así de directo, así de sencillo, es el secreto que ha llevado a Corbyn a liderar el Labour. Así de simple es el flujo político que ha conseguido que 160.000 británicos se hayan afiliado al laborismo en algo más de un mes, desde la elección del nuevo líder del partido en las primarias de septiembre.

De esa la misma forma se ha metido en el bolsillo Corbyn a todo el sindicalismo británico, e incluso a viejos y Nuevos partidos comunistas que hace cuatro meses hubieran bombardeado al laborismo si hubieran podido. En un artículo de WorkersPower.uk, el digital de la sección británica del Movimiento Socialista por la Quinta Internacional, aparece un análisis sobre el tema que comparten muchos otros movimientos a la izquierda del Labour Party. Corbyn no es óptimo, no va a emancipar a la clase trabajadora, ha configurado un programa esencialmente neo-keynesiano, sí. Pero Corbyn y su equipo pueden levantar las calles. La gran esperanza de la extrema izquierda británica es que los lazos clásicos entre laborismo y sindicalismo vuelvan a conformarse tras las derrotas sindicales contra el gobierno thatcherista de los 80 y el posterior giro neoliberal que dio el partido con la Tercera Vía y los postulados del Blairismo. Que los mineros vuelvan a parar ciudades y 3000 manifestantes vuelvan a echar de la calle a la policía, como antes.

Y este camino es, como suele serlo con la izquierda mainstream, más dialéctico que práctico. Hay voces en la izquierda británica (muchas de ellas en las columnas del Morning Star, el diario del Partido Comunista) que demandan más radicalidad. Que piden, por ejemplo, la nacionalización de la banca – entienden que su propuesta de crear una banca de inversión pública se queda corta, porque sigue dejando el capital en las manos de la misma clase dirigente –. Exigen redistribuir la riqueza no mediante reformas fiscales sino quitándola directamente de las manos del famoso 1% y poniéndola en las de un casi defenestrado proletariado británico. Pero a ninguno de ellos les molesta el discurso que sale de los mítines laboristas. No faltan ejemplos. John McDonnell, el hombre fuerte en economía de la ejecutiva corbynista, ha anunciado una huida del neoliberalismo, además de paquetes de medidas para generar iniciativas de propiedad colectiva de empresas y medios de producción por todo el país. Incluso todo un segundo al mando del partido, el Deputy Leader Tom Watson, ha saltado en defensa de los altamente presionados proletarios de la economía (británica), y considera la sindicación de los trabajadores, la construcción de una voz común de clase, básica para la política laborista . Con razón Martin Kettle, columnista de The Guardian, lo llama representante del viejo laborismo en un interesante artículo con las conclusiones de varios opinadores sobre el congreso laborista de otoño. Corbyn habla a la izquierda urbana, guardianesca, intelectual. Pero hay indudablemente miembros de su partido que se dirigen a la clase trabajadora británica. Pretenden devolver la razón de ser de clase a ese proletariado. Y eso encanta a la izquierda radical.

Por los mismos exactos motivos que la izquierda británica está exaltada, la derecha, por su parte, muestra signos de rabia y miedo. El propio Corbyn abrió su intervención en la conferencia del partido recordando que un diario de derechas tituló que el nuevo líder laborista votó a favor de una propuesta que no cierra la puerta a que un meteorito destruya a toda la raza humana. Cabe decir, en favor de  este diario, que sí, lo hizo, pero como se recoge en la propuesta parlamentaria oficial, era una broma al final de una moción real sobre las palomas mensajeras, que el MI5 pretendió usar como bombas volantes durante la Segunda Guerra Mundial. Anécdotas a parte, diarios cercanos al Partido Conservador, sobre todo el Telegraph y el Times, cargan con todo contra la nueva dirección laborista. Corbyn y su equipo ensalzan al IRA, son amigos de Hezbollah, llaman a la revuelta, defienden a huelguistas encausados por violencia callejera y todo un abanico de descalificaciones como respuesta al alza del laborismo.

Desde el propio partido conservador, estos comentarios se repiten conferencia tras conferencia. El canciller de Hacienda, George Osborne – impulsor, por cierto, del proyecto de ajustes presupuestarios mencionado al principio del artículo – ha llamado al voto moderado del Partido Laborista a que huyan de la radicalidad de la nueva dirección y voten Tory, por el bien de un Reino Unido que Corbyn pone en peligro. A este discurso apocalíptico se le une el mismísimo primer ministro y líder conservador, David Cameron, que en un discurso acusó a Corbyn de odiar a Gran Bretaña”.

Y el análisis de estos ataques tan directos puede quedarse en la superficie y llegar hasta los obvios fines electoralistas del Partido Conservador, que utiliza este discurso del miedo para apuntalarse como primera fuerza también en las próximas elecciones municipales del Reino Unido. Pero la respuesta puede estar más cerca de una afirmación que hace no mucho hizo en una entrevista para Channel 4 el exministro griego de finanzas Yanis Varoufakis: El partido laborista se convirtió, tras las derrotas de los 80, en la única organización política británica que negaba la lucha de clases. Por ahí pueden ir los tiros.

Es bastante posible que el miedo de unos y el ansia de otros no venga dado por la victoria de una izquierda anti-austeridad, por las medidas en favor de los trabajadores, por devolver poder a los sindicatos o por perder uno o dos asientos de altos cargos. Puede que lo que asusta a los tories y anima a la izquierda es que Corbyn haya reavivado la vieja chispa laborista del contrapoder, del sindicalismo. Que una clase obrera viendo a los primeros espadas del Partido Laborista sacándole explícitamente las contradicciones al capitalismo se plantee las cosas. Estar ante el principio de un cambio en el sistema de valores, un giro en la hegemonía política y cultural del Reino Unido. Y que, con todo, el Partido Conservador se encuentre librando una vez más una batalla que hace décadas que creía  ganada. Y el thatcherismo está demasiado usado para volver.

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