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Imagen de El Club, la nueva película de Pablo Larraín.
Imagen de El Club, la nueva película de Pablo Larraín.

La caída de la casa amarilla

Una crítica de Dani Morente

En 2012, el director chileno Pablo Larraín estrenó No, película en la que narra la historia de un hombre de su mismo país que, después de haber vivido exiliado en México, decide regresar a Chile para defender el voto negativo en el plebiscito de 1988, que sirvió para terminar con el mandato del dictador Augusto Pinochet. La dictadura pinochetista se alargó durante 17 años, desde el golpe militar contra Allende hasta 1990 y, tal y como se puede apreciar en la maravillosa película Missing, de Costa-Gavras, se caracterizó por el asesinato y las desapariciones indiscriminadas de opositores políticos.

Tres años despúes, Larraín regresa a la gran pantalla con El Club, también realizada en su tierra natal, tratando esta vez asuntos relacionados con la Iglesia católica. Antes de ser revelada la primera imagen, aparece la cita “Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas” (Génesis 1:4). Y es que, durante la hora y media que dura la película, el espectador se siente abrumado por las tinieblas en cuestión, escondidas detrás de la piel de un grupo de individuos –cuatro curas y una siniestra cuidadora que ejerce de carcelaria– que residen en una misteriosa casa amarilla de un pequeño pueblo costero.

La placidez de sus vidas empieza a derrumbarse en el momento en que aparece un sexto personaje, enviado para quedarse y pasar a formar parte de esta comunidad tan misteriosa y hermética. Cada uno de estos seres ha sido apartado de su tierra y encerrado en la casa por diferentes crímenes, que se van explicando sin prisa pero sin pausa, a través de una serie de entrevistas realizadas por otro hombre, el padre García, recién llegado a la casa con la misión de evaluar y decidir si realmente el destierro está cumpliendo su función, la penitencia. El padre García no tarda en darse cuenta de la realidad escondida: arrepentimiento hay poco, nada huele a expiación y, más que un sitio de meditación y redención, ese lugar se asemeja a una casa de retiro. Unas paredes amarillas entre las cuales los habitantes parecen haber olvidado las razones por las que están allí, reinando, paradójicamente, la avaricia, la autojustificación, las carreras de galgos, la ambigüedad moral y el buen beber y comer.

Todo este entramado lleno de secretismo es obra de la Iglesia, que pretende mantener al margen de la sociedad y ocultar al mundo a aquellos miembros de su organización que han cometido algún tipo de crimen. De esta manera, evitan y huyen del sonrojo y los problemas que acarrearía que esos casos se dieran a conocer cuando la justicia interviniese. Consecuentemente, la idea que se adquiere tras el visionado de la película es que aquellos crímenes que llegan a los periódicos y a los televisores de los ciudadanos son una minúscula parte del total de atrocidades cometidas por los miembros de tan bendita institución, que se protege internamente cuando las cosas van mal, ya sea mediante el secretismo, como en El Club o, directamente, haciendo la vista gorda y permitiendo que la moral siga obedeciendo a los deseos de aquellos que se sitúan en la parte superior de la cadena de poder.

La atmósfera conseguida por Larraín es oscura y opresiva, potenciada por un acertado uso de la luz, escasa y tenue, lo que sirve para trasladar al espectador dentro de la mente y el estado de ánimo de estos personajes aberrantes, siempre serios o enfadados, portadores de tristeza y repulsión. Otro aspecto fundamental es el de la banda sonora, muy bien seleccionada, en la que participa el reconocido músico chileno Carlos Cabezas, y que potencia esa sensación de oscuridad y opresión ya mencionada. El trabajo de cámara es especialmente hábil, ya que no teme mostrar de cerca los rostros demacrados de estos individuos mientras narran e intentan justificar lo que hicieron, trasladando así la sensación de que le están hablando a uno directamente, como si de una confesión al espectador se tratara. Debido a eso, a medida que las pisadas del pasado son cada vez más sonoras dentro de las cabezas de estos personajes, perfectamente interpretados por un elenco estupendo, es inevitable no sentirse involucrado en los acontecimientos de la narración. Eso sí, siempre mirando con disgusto a estos curas sin alma y de mirada fría, pero experimentando una sensación de tristeza y desolación causada por los destrozos que han provocado en infinidad de vidas inocentes, pretendiendo ser portadores de bondad, pero, finalmente, resultando ser aquellos demonios con los que tanto intentaban asustar.

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