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La tierra que sangra

Un artículo de Daniel Morente

Cuando se habla del director Alejandro González Iñárritu, resulta necesario mencionar también a Guillermo Arriaga, guionista de sus tres primeras películas y parte importante del motor que llevaría al director mejicano al lugar privilegiado en el que se encuentra ahora mismo. Esta afirmación no pretende dar a entender, ni mucho menos, que Iñárritu no sería quien es sin Arriaga, pero el peso del segundo en la filmografía del primero es significativo. Tanto Amores Perros, como 21 Gramos y Babel son películas planteadas a través de historias cruzadas, aquellas en las que una serie de personajes, aparentemente no relacionados entre sí, empiezan a interactuar poco a poco sin darse cuenta, llegando, finalmente, a destinos compartidos cuando termina la narración. Amores Perros es la única de ellas que fue rodada íntegramente en México, pero comparte con las otras dos su crudeza y su tono duro, siempre violento y explícito. En las tres películas, Arriaga crea unos protagonistas tristes y desolados, que se encuentran en momentos complicados de sus vidas y que, en más de una ocasión, deben tomar decisiones moralmente complejas que pueden llevar al eterno arrepentimiento. Sin duda alguna, estamos ante un trío de grandes obras.

Poco después de estrenar Babel -que fue recibida en Cannes con algún que otro premio-, director y guionista discutieron. O no. La cuestión es que se separaron para no volver a trabajar juntos. Esto planteaba un importante interrogante alrededor de la nueva película de Iñárritu, Biutiful, rodada en Barcelona y con Javier Bardem como protagonista. Pese al monumental trabajo del actor, que se dejó la piel interpretando a Uxbal (un hombre que ve cómo, poco a poco, la muerte se le va acercando mientras tiene que lidiar con una situación familiar y económica complicada) la película no tiene la fuerza de sus anteriores. La historia pretende ser igual de dura y contundente, mostrando en todo momento, a veces de forma excesiva, la fealdad oculta en el mundo. Pero algo le falla. En este caso, era el propio director quien escribía el guion, juntamente con Armando Bo y Nicolás Giacobone, los mismos con los que, cuatro años después, crearía Birdman, que se llevó los máximos galardones por su texto.

Y es que Birdman merece un párrafo aparte. La última película de Iñárritu antes de realizar The Revenant fue, con el permiso de Boyhood, la mejor película estadounidense de 2014. En esta ocasión, el director mostró su talento de la forma más elocuente y sorprendente, con un trabajo y una planificación de cámara espectacular, funcionando plano secuencia tras plano secuencia -con algunos de hasta treinta minutos de duración- y con un ritmo y un dinamismo eléctrico que no deja respirar al espectador. Esta vez, eso sí, el guion resultaba tan brillante como antes. Habla de la tristeza que ennegrece a un otrora famoso actor de cine de acción, ahora buscando su espacio en el mundo del teatro de Broadway para poder reivindicarse e intentar pasar a tener una voz propia y respetada. Todo eso, así como sus relaciones familiares y de amistad, se explica con un tono sarcástico y cínico, siempre divertido, pero con un punzante aguijón al final de cada frase.

Solo un año después, es decir, hace algo más de un mes y medio, Iñárritu estrena su última película, The Revenant, cuyo guion también escribe, juntamente con Mark L. Smith. Es su primera adaptación de otro texto, ya que todas sus anteriores películas fueron guiones originales, y esta recoge la esencia de la novela de Michael Punke, que narra los eventos reales que rodearon a Hugh Glass durante una parte importante de su vida. En la película, Iñárritu adopta a los personajes y, partiendo de la misma premisa, le va dando poco a poco un rumbo propio a la historia. Los eventos se sitúan en la Louisiana de 1823, momento en que en los Estados Unidos ya se había iniciado la expansión hacia el Oeste. Fue también el año en que se enunció la Doctrina Monroe, que establecía que cualquier tipo de intervención europea en el continente americano sería considerado como un acto de agresión contra los Estados Unidos. Es lo que popularmente se conoce como “América para los americanos”.

Del mismo modo, a nivel interno también se desencadenó una voluntad de depuración, con un toque de genocidio, pero esta vez dirigida hacía los propios nativos americanos, errónea y despectivamente catalogados como “indios” o “salvajes”. De hecho, así es como empieza la historia, con un enfrentamiento entre DiCaprio y sus compañeros tramperos y los Arikara, una tribu de nativos de Dakota del Norte. La escena hace que el espectador se acuerde, al momento, de Birdman, básicamente por el espectacular plano secuencia en el que se desarrolla. La película está rodada íntegramente con una lente gran angular, que permite tener una visión mucho más panorámica del escenario y que, en este caso, resulta un acierto absoluto, ya que las escenas de acción abarcan varios personajes en una misma imagen y, a la vez, los paisajes pueden apreciarse con todo su esplendor.

Precisamente, de lo que más se ha hablado ha sido de los parajes donde se rodó la película, todos nevados y fríos, perfectamente seleccionados y fotografiados por Emmanuel Lubezki, uno de los mejores directores de fotografía del momento. El fotógrafo de The Tree of Life, Gravity y Birdman –las dos últimas ganadoras del Oscar a Mejor Fotografía-, juntamente con Iñárritu, decidió que no podían usar luz artificial, que era estrictamente necesario trabajar con la que el Sol les ofrecía, otorgando así una sensación de realismo y claridad a sus imágenes, dignas de verse en la mayor pantalla posible. El perfeccionismo del director es, como resulta evidente, tremendo, siempre exigiéndose a sí mismo lo mejor, y nunca contentándose con una escena que no haya salido exactamente como él había planeado. Con todo eso, el resultado es brillante en cuanto a nivel formal, regalando al espectador unas imágenes tan bellas como majestuosas que, en ocasiones, recuerdan el misticismo del mejor cine de Terrence Malick.

Contrariamente, detrás de tanta espectacularidad visual, la historia no tiene nada de bonita. Habla de avaricia, cobardía, traición, crueldad, violencia y, sobretodo, venganza. En su odisea interminable, el protagonista se verá rodeado de todas estas facetas del alma humana. E Iñárritu no se corta ni un pelo, ya que todo es mostrado de la forma más implacable y visceral, siendo extremadamente realista, y mediante una fuerza que arrasa con todo. Y esa fuerza tiene un nombre, y es Leonardo DiCaprio. El actor realiza un verdadero tour de force, dándolo todo en todo momento, de la forma más física y dolorosa. Este es el compromiso de un actor con su personaje, con el proyecto, dejándose la piel para que cada segundo parezca más real que el anterior. Probablemente, esta no sea su mejor interpretación, ya que también son extraordinarias sus actuaciones en The Wolf of Wall Streeet, Django Unchained, The Departed y en muchas otras películas, pero no hay duda de que sí ha sido la que más esfuerzo le ha exigido. Y eso es decir mucho. Resulta apropiado mencionar también el trabajo de Tom Hardy, maravilloso actor británico en auge desde hace unos años, a quien vale la pena seguir en Peaky Blinders, interesante serie inglesa de época con una factura técnica apabullante.

Finalmente, se hace necesario hacer una lectura en profundidad de lo que la historia muestra al espectador detrás de toda la épica del viaje de DiCaprio y de sus ansias de venganza. Lo que pretende transmitir es un mensaje crítico, relacionado con la opresión extremadamente violenta que sufrieron los nativos americanos a manos de colonos y estadounidenses, mucho más salvajes que aquellos a los que apodaban con ese nombre. La quema de aldeas con su posterior exterminio de tribus, la violación de mujeres y el asesinato de hombres y niños fue algo habitual en la brutal conquista del Oeste. Una atrocidad paralela a la ejercida sobre los esclavos negros en las plantaciones del Sur y que se prolongaría hasta la guerra civil. La del siglo XIX fue una época muy violenta en ese país. La reciente independencia de las antiguas colonias británicas llevó a los nuevos estadounidenses a querer forjar una nación propia de forma inmediata y definitiva, llevándose por delante hasta a aquellos que se encontraban allí desde muchísimo antes que ellos. Lo ha explicado magistralmente Cormac McCarthy en Meridiano de sangre, y también lo ha hecho Eduardo Galeano en más de una ocasión: fueron tiempos crueles, tiempos manchados de sangre inocente de la que nadie resultó responsable.

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