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Zinedine Zidane lleva 3 meses y medio entrenando sin la titulación requerida. Foto: Marca.com

Sin licencia

Un artículo de opinión de Jordi Carné

La vida del futbolista. Esa profesión que recibe excesiva retribución económica por cuestiones publicitarias; esa profesión que todo joven codicia ejercer, sea por el dinero, por su notoriedad pública o simplemente por realizar una actividad que aprecian; esa profesión en qué la máxima preocupación reside en el partido del fin de semana. Esa profesión que permite gozar de grandes privilegios durante toda una vida trabajando unos 20 años escasos.

Dejemos a un lado las barbaridades que se pagan para que una persona juegue en un equipo determinado. Al fin y al cabo, este es un problema bien conocido y que guarece muchos aspectos de la sociedad y política actuales. Los privilegios que pretendo desembrollar son los de la vida de un futbolista una vez finalizada su carrera –que acostumbra a ser entre los 30 y 40 años, salvo menguadas ocasiones–. Pasados los años de gloria, cuando se extenúan las condiciones físicas que les llevaron a participar en las grandes competiciones, se ven obligados a abandonar la primera línea profesional (o incluso la práctica futbolística). Esto les lleva, normalmente, a la petición de una pensión por incapacidad permanente (por la cual pueden llegar a recibir más de 1.000 euros mensuales). Es evidente que los tribunales dicen ser restrictivos a la hora de aceptar estas demandas, pero una gran cantidad de futbolistas inactivos los convencen achacando a alguna lesión de su retirada. Hecha la ley, hecha la trampa.

Al no estar sometidos a los continuos viajes y a diarios entrenamientos, los ex futbolistas gozan, como cualquier jubilado, de mucho tiempo libre que lo tienen que ocupar con alguna actividad. Esta, relacionada siempre con el eje alrededor del cual gira su vida, el fútbol, acostumbra a ser la de entrenador o la de comentarista de partidos (labor por la cual un periodista lleva años inserto en facultades de comunicación). El problema acaece cuando se profesan estas tareas sin licencia acreditadora.

En el primer caso, el de futbolistas que se convierten en entrenadores sin el aprendizaje previo necesario, encontramos el conocido y conflictivo ejemplo de Zidane; es entrenador del filial del Real Madrid sin haber finalizado el curso que le va a otorgar el beneplácito para poder ser considerado realmente como tal. Los de Johan Cruyff, Fran Yeste, Oriol Alsina y  Dmitry Piterman son otros casos parecidos al del entrenador francés que se han vivido en el fútbol español. Esto se produce porque el reglamento de la competición permite que cualquier ocurrencia (ficha de utilero, de fotógrafo…) sirva para que una persona se pueda sentar en el banquillo.

Es injustificable que personas que aún no hayan finalizado los estudios requeridos trabajen a nivel profesional de ello. Por mucho que una persona lleve muchos años en contacto con el fútbol como jugador, para ejercer correctamente de entrenador se requieren de otros conocimientos, habilidades y técnicas que nadie posee sin estudio previo. Este fenómeno tiene, pues, un efecto claro de degradación en el nivel táctico y técnico de los equipos entrenados por personas sin capacitación.

En segundo lugar –y más influyente para un estudiante de periodismo como un servidor– nos encontramos ante el mismo fenómeno en los medios de comunicación. Gerard López en TV3, o el recién retirado Thierry Henry (quién ha anunciado que se incorporará a las retransmisiones deportivas) ejemplifican el hecho en cuestión. La mayoría de retransmisiones deportivas radiofónicas y televisivas incluyen a algún ex jugador que, además de no aportar nada que un periodista deportivo con amplio conocimiento de este deporte no pueda hacer, tiene dificultades a la hora de expresarse y transmitir su mensaje valorativo. Asimismo, sujetos al equipo del cual formaron parte, no aportan el grado de objetividad y neutralidad necesaria para un profesional de la comunicación. Y es que, aunque se afirme lo contrario, no se puede hacer periodismo sin saber cómo hacerlo; sin tener unas bases y unas directrices; sin contar con unos conocimientos y ciertas competencias expresivas y narrativas.

A nadie se le priva de poder ejercer alguna tarea o algún trabajo; en ningún momento digo que estas personas puedan ejercer de periodistas o entrenadores. Pero es lógico que, como a todo el mundo, se les pida contar con un título que refleje sus aptitudes para la correcta práctica de la profesión, sea de periodista o de entrenador. Porque, aunque que Zidane nos caiga “cojonudamente bien” como expresó el entrenador del Rayo Paco Jémez, si alguien no está formado ni preparado para realizar un trabajo no debería quitárselo a aquellas personas que llevan varios años peleando por ello.

Jordi Carné Sempere
Estudiant de periodisme a la UAB i àrbitre a la FCF. Flautista i amant de tot allò que es pot arribar a transmetre amb la música i la resta d’arts. Interessat en l'esport en general, però sobretot en el futbol, nacional i internacional.

2 comentaris

  1. Mucha razón en todo lo que comentas. Y en cuanto a lo de comentaristas, sí que es verdad que ex-fubolistas le están quitando puestos a periodistas que han estado años dentro de facultades para obtener su título, pero muchas veces ponen a periodistas que carecen mucho de la objetividad y neutralidad que un profesional debería tener…

    Aún así, estoy muy de acuerdo con tu artículo. Chapó.

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