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Foto: Álvaro Imbert
Foto: Álvaro Imbert

LIVE IN DREAMS: BANGKOK

Un fotoreportaje de Álvaro Imbert

La primera sensación que uno tiene al llegar a Bangkok es que no sabe bien donde se acaba de meter. Desde el primer momento que pisas el suelo de la capital tailandesa ya sientes esa mezcla explosiva de olores, contaminación, personas, tuk-tuks y, sobre todo, humedad, mucha humedad.  Y es que es normal sentir esa mezcla si piensas que la mayoría de los que visitan este país vienen de lugares y culturas totalmente opuestas. Y, obviamente, el choque es grande y radical. Piensas que no vas a ser capaz de acostumbrarte a ese maremágnum de personas,  de calor, de sabores, de turistas, de negocios y de intentos (muchas veces conseguidos) de ser timado. Quizás sea ese el motivo por el que la mayoría de los visitantes sólo toman Bangkok como una ciudad de paso, entre el caos y el paraíso, que tan bien saben vender fuera de Tailandia. Porque es así. La imagen paradisíaca e idílica que se vende al exterior no está lejos de la realidad: salir de Bangkok supone el paso a selvas o playas de ensueño,  tranquilidad y parajes con los que uno siempre ha soñado con ir. Y me atrevería a decir que casi el 100% de los turistas es lo que buscan. No obstante, siempre hay excepciones. Y entre esas excepciones, estoy yo.

Que esté entre esas excepciones no significa que no haya visitado y disfrutado de muchos de los lugares y actividades que ofrece Tailandia, como Kanchanaburi (del que me enamoré) o las islas del sur del país. Pero no sabría explicaros el por qué, pero Bangkok me llamó la atención. Y mucho.  Creo que el principal motivo es que no busco tranquilidad en un viaje. Busco acción, imágenes que no pueda quitar nunca de mi mente y gente, en especial, los que pasan desapercibidos para los demás.

Desde el primer momento que llegué, y después de acostumbrarme al choque cultural, decidí ponerme a la búsqueda de la imagen que quería transmitir a los demás de Bangkok. No quería inmortalizar la Tailandia típica. No quería fotografiar playas. Ni tampoco paisajes. Eso no quiere decir que no lo hiciera. Es comprensivo que quisiera llevarme un recuerdo de los lugares visitados, y de los compañeros que hice durante el trayecto. Pero es curioso que, en los lugares donde la gente fotografía hasta la saciedad, yo apenas sacaba mi cámara. No sé exactamente el por qué. Quizás sea porque no vine a Tailandia a ofrecer la imagen que cualquier otro puede ofrecer. Esas imágenes tan bellas de playas, selvas y demás ya están inmortalizadas en mi cerebro de por mi vida, por el mero hecho de su belleza. Precisamente, no necesito una foto para acordarme. ¿Pero de las personas? Una playa es una playa, y es igual para todos. Sin embargo, las personas no. Yo precisamente quise transmitir eso. Mi manera de ver la inquieta, llamativa y caótica sociedad de Bangkok. 

Me costó mucho encontrar el enfoque y el motivo principal de mi serie fotográfica. Más que nada porque estaba inmerso en un mar de ideas que me aparecían con cada paso que daba por la ciudad. Necesité unos días para acostumbrarme y enfocar mi idea. Además, era difícil porque no quería caer en algo típico, que provoque compasión y lágrima fácil. Buscaba desatar la curiosidad a través de algo muy concreto. Y, pasados los días, lo encontré: el sueño. Algo tan natural, sencillo y común en todos los humanos fue lo que más me llamó la atención de Bangkok. Desde un primer momento me sorprendí por el ritmo tan desenfrenado que tiene dicha ciudad, sobre todo, en el trabajo. Cualquier momento es óptimo para trabajar. Parece que no existen horarios, restricciones laborales o maneras de trabajar. No existen condiciones en el trabajo (estamos hablando de la clase media-baja): cualquiera que quiera puede currar y no va a encontrar ningún obstáculo en ello.  Por ejemplo, si encuentras un hueco en la calle (un poco complicado) puedes montarte un chiringuito, con materiales reciclados. O si tienes un producto que vender, puedes hacerlo sin necesidad de lentos y costosos trámites burocráticos, permisos y multas por no tener lo anteriormente expuesto.  Desde niños y niñas de 5 años hasta ancianos de más de 70 hacen lo posible para ganarse la vida. Sé que es duro, pero al menos tienen la posibilidad de hacerlo. Me reía al pensar que en España, un país inmerso en la crisis, uno difícilmente puede salir de ella, porque cuando lo va a intentar, lo único que encuentra son trabas y problemas. Me imagino que ese es el motivo por el que en Bangkok a nadie le falta algo que llevarse a la boca o un lugar donde dormir. No digo que no haya pobreza, que lamentablemente abunda por lo general, pero es una pobreza diferente. Es una pobreza de no tener lujos innecesarios; porque las cosas más básicas, si no las consiguen por la misma caridad del pueblo tailandés, las consiguen buscándose la vida. Porque pueden hacerlo.
Y lo más curioso es que, pese a este ritmo de vida callejero y desenfrenado, no vas a ver a ningún tailandés sin una sonrisa en la boca. Saben combinar de una manera excelente el trabajo con el descanso y el ocio. Trabajan, pero mientras trabajan, ríen, comen y duermen. Y con esto no estoy menospreciando su trabajo. Al revés. Lo exalto por saber combinar dos cosas que en nuestra cultura parecen incompatibles. Ellos ni viven para trabajar ni trabajan para vivir. Ellos viven y trabajan, de una manera constante pero saludable, y sabiendo combinar muy bien las dos cosas. Y lo que mejor saben combinar con el trabajo es el descanso. Es muy común y fácil llegar a un pequeño negocio y encontrarte al dueño echándose una siesta. Sin ninguna preocupación de ser robado y sin ninguna preocupación de tener que cerrar el negocio durante unas horas para descansar, en las que perfectamente podría vender alguna cosa. El resultado de esto son personas trabajadoras con jornadas muy largas, pero en las que también aprovechan para descansar. Y esas siestecitas, cabezaditas o llámalo como quieras fueron lo que más me sorprendió. Y esa capacidad para combinar el sueño con el día a día no sólo lo encontré en el trabajo sino a pie de calle. Muchísimas personas que aprovechan para descansar en cualquier lugar y de cualquier manera, sin que nadie les juzgue por ello. No obstante, algunos a consecuencia del alcohol u otros factores.

No sé que os transmitirán estas fotografías, pero espero que os ayuden a entender que es posible, y más fácil de los que nos creemos, aprovechar y combinar las posibilidades que nos ofrece la vida misma, sin acabar en la espiral destructiva a la que nos ha conducido nuestro modelo actual de vida y trabajo.

 

Foto: Álvaro Imbert

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Álvaro Imbert Paradinas
Periodista a veces, fotoreportero siempre. Amante del mundo. La curiosidad y la observación me empujan a seguir fotografiando.

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