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Humphrey Bogart encendiendo un cigarro a Lauren Bacall en una escena de la película Have and Have Not (1944). Fuente: huffingtonpost.es
Humphrey Bogart encendiendo un cigarro a Lauren Bacall en una escena de la película Have and Have Not (1944). Fuente: huffingtonpost.es

Lo que Hollywood y la televisión han hecho por el tabaquismo femenino

Un artículo de Andrea Bescós

En una sala de cine se proyecta una película. En pantalla aparece en escena una mujer rubia y de cejas finas que se pasea ante una audiencia, vestida con smoking, chaqué y sombrero de copa. Jolly Ann, la llaman. Se prepara para salir al escenario. Antes, se enciende un pitillo. Hombres y mujeres la miran atentamente ante una cortina de humo, mientras empieza a cantar y a fumar sensualmente. Un hombre se queda soslayado al verla. En un momento, la rubia Jolly toma la flor de una joven y le da un beso en la boca.

Así se produce el que, tal vez, fue el primer beso lésbico en el cine, ya que la cinta proyectada se trata de Marruecos (1930), la primera película en Hollywood a las órdenes de Sternberg de Marlene Dietrich, nacida en Berlín y quizá la reina de las actrices fumadoras. La iconografía cinematográfica ha consagrado, desde siempre, el cigarrillo y el ritual de fumar como eje de la seducción sexual, como una metáfora del contacto físico y sexual. Y si no veamos a Gary Cooper prendado de Marlene Dietrich en toda escena que, curiosamente, aparece la actriz con un cigarrillo entre los dedos.

Dietrich era todo lo que no eran las mujeres de a pie. Fue rompedora en clichés por vestir con trajes, mostrarse liberal ante la sexualidad y, sobre todo, por fumar públicamente. De hecho, la presencia de hombres que se dedicaban a apagar los cigarrillos de sus esposas en público era cada vez más frecuente. Aquellas mujeres que se atrevían a vulnerar dichas normas sociales solían ir acompañadas del escándalo, ya que el consumo de cigarrillos estaba continuamente asociado con la promiscuidad.

George Washington Hill, presidente de American Tobacco Company, se percató que aunque había conseguido que su marca de cigarrillos, Lucky Strike, fuese la de mayor consumo en Estados Unidos, el consumo de su marca entre el público femenino era escaso. El presidente de la compañía tabaquera era cada vez más consciente de que las mujeres se habían incorporado al mercado laboral durante la Primera Guerra Mundial y que algunas de ellas eran consumidoras de cigarrillos, aunque en un porcentaje muy bajo. Por ello, el comerciante americano buscó, por todos los medios, aumentar su cuota de mercado.

Corría el año 1928 cuando Hill contrató a Edward Louis Bernays, sobrino de Sigmund Freud, padre de la propaganda moderna y uno de los grandes maestros de la comunicación corporativa. Debía conseguir que las mujeres, totalmente supeditadas por el género masculino, fumaran a la vez que desanclaban unas creencias vigentes desde mucho tiempo atrás. Gracias a su famoso tío psicoanalista, Bernays descubrió que detrás del tabaco había algo más: el cigarrillo, inconscientemente, era un símbolo fálico del poder masculino de dominación y, con él, las mujeres tendrían su propio miembro viril y, por ende, su libertad más preciada. De esta manera, a la vez que se vendía el cigarro entre el público femenino, se debía mostrar que era con el único objetivo de dejar de lado toda desigualdad cosechada por los valores y pensamientos de la época, mediante instrumentos como la publicidad, los medios de comunicación y el cine.

Durante el período 1930-1950, a menudo referida como la Edad de Oro del Cine, las empresas tabacaleras pagaron grandes sumas de dinero para obtener los cigarrillos que aparecen en las películas. Se cree que casi todos los actores y actrices más populares de Hollywood durante ésa época recibieron la protección de empresas tabaqueras en algún momento. Lucky Strike pagó 10.000 dólares (unos 7.278 euros de hoy) a Carole Lombard, Barbara Stanwyck, Myrna Loy, por nombrar algunas de las actrices con más renombre de esos tiempos, según indicó en un estudio de Jonathan B. Wade. Alice Brady, actriz estadounidense, ya dijo en su momento: “Fumo Lucky Strike no sólo porque protege mi voz, sino porque me proporciona el más genuino placer”.

La medida en la que Hollywood ayudó a establecer el cigarrillo como dispositivo artístico y cultural del momento y de independencia femenina se ha ido relevando hasta el siglo XXI. Las industrias tabaqueras han sabido explotar la potencialidad sexual del cigarrillo y su relevancia simbólica en la construcción de la imagen sexual femenina. Así, la mujer queda representada como una persona activa, decidida, segura y, sobre todo, libre.

En la televisión se emite una serie. En pantalla aparece en escena una joven morena con el pelo recogido y de mirada penetrante. Sira Quiroga, la llaman. Está sentada frente a un empresario portugués del que tiene que conseguir su confianza mediante la provocación y la seducción. Ella domina la situación. Antes de empezar a hablar, se enciende un pitillo. Sólo una cortina de humo los separa.

La escena forma parte de la serie El tiempo entre costuras (ATRESMEDIA), emitida en 2013, la adaptación de la novela de María Dueñas antes de producirse la Guerra Civil española. A pesar de que aún hoy, las películas clásicas de los años 1930 a 1950 como Casablanca (1942), según Tobacco Control, ayudan a promover fumar, producciones audiovisuales claramente actuales continúan haciéndolo, a pesar de la prohibición de la publicidad del tabaco ahora con la Ley Antitabaco 42/2010, tal vez debido al patrocinio de las industrias tabacaleras y a la pasividad del gobierno.

Probablemente, sin la magnitud de la propaganda, y en especial a la transmitida por el cine y la televisión, el consumo de cigarrillos por parte de las mujeres hubiera sucedido de otras maneras, e incluso las repercusiones habrían sido distintas, ya que las mujeres por si solas no hubieran dado la misma significación social al fumar cigarrillos que le dieron las empresas tabaqueras en su tiempo. Por lo tanto, se genera una cultura del consumo: la cultura feminista se legitimaba y potenciaba por el consumo de determinados bienes y servicios que adquirían un valor simbólico en especial (y coherente con la situación feminista de principios de siglo XX), gracias a las visiones emotivas e interesadas que han difundido los medios de comunicación como el cine o la televisión hasta hoy, a causa de las relaciones tan estrechas que ha tenido desde siempre con la cúpula del poder.

Andrea Bescós
Convencida de que gracias a un pentagrama, a un cuadro, a los versos de cualquier poeta o a los fotogramas de una película, se puede salvar el mundo.

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