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Grupo de algunas de las “putas” que forman el Prostíbulo Poético. Foto: Prostíbulo Poético.
Grupo de algunas de las “putas” que forman el Prostíbulo Poético. Foto: Prostíbulo Poético.

Lugares desde donde se huele la poesía de verdad

Un artículo de Lledó Alfageme y Andrea Bescós 

Sin pretenderlo ni darse cuenta, el príncipe de los poetas catalanes volvía a su ciudad natal para descubrirla por primera vez. Era 1970 y Josep Carner (Barcelona, 1884-Bruselas, 1970) bajaba por la Rambla de Barcelona despistado y desorientado, víctima ya de la enfermedad de la no-memoria cuando se detuvo absorto ante la suntuosidad de un gran edificio. El Liceu se le presentaba como por vez primera y ante su grandilocuencia Carner dictaminó: “Esta debe de ser una gran ciudad”. Barcelona, la que fue considerada patria de poetas, sigue a día de hoy como el mismo núcleo urbano donde, de sus calles empedradas rezumaban los versos de un Jaime Gil de Biedma que esperaba en el London Bar con un vaso de whisky delante, aguardando leer las vísceras de un cuaderno de notas de estudiantes de Letras. O de aquel grupo de jóvenes escritores, como Josep Pla, Francesc Pujols y Josep Maria de Sagarra que, entre una simbiosis de críticas y ambición literaria formaban la mítica tertulia de Borralleras en el Ateneu Barcelonès por allá los años veinte, que pocas generaciones anteriores o posteriores llegarían a igualar ni siquiera cuando el franquismo parecía no encontrar su tumba más cercana. O eso pensaban ese puñado de jóvenes que se grababa a fuerza de tinta libertad en forma de verso.

La poesía como resistencia y quizá, por ello la sala de boxeo Gran Price fuera uno de los mejores lugares para proclamarse. El mismo año en el que Carner redescubría sus raíces, se celebró entre las cuatro paredes de este local el I Festival de Poesía que reunía una ristra de poetas de la talla de Joan Oliver, Salvador Espriu, Rosa Leveroni o Joan Brossa. Unas calles más abajo se reunían los jóvenes bohemios del clan dels Llibres del Mall que ahincaban en ese experimentalismo y postmodernidad en un local que financiaban los mismísimos Antoni Tàpies, Joan Miró y el doctor Obiols.

Ahora, todo un acervo de versos y rimas, -y como si renacieran de los poros recónditos de la ciudad-, surgen de las entrañas de una ciudad que lleva bien hondo aquello de que la poesía sí salvará al mundo, como ya dijo el escritor Alejandro Jodorowsky, porque todos los problemas son por realidad. Son testigo los bares, locales, restaurantes y clubs que rescataremos del pasado y también cómplices aquellos, que a día de hoy, son altavoz de la buena poesía: al oído y a medias luces. Un recorrido actual, pero a la vez teñido del blanco y negro de una Barcelona de siempre poética. Poesía como catarsis o arma de combate.

Club Cronopios

La primera vez que Julio Cortázar vio a un cronopio estaba sentado en una de las butacas del teatro de Les Champs-Élysées de París. Era 1952 y Louis Armstrong se encontraba en el escenario cargando su sobada trompeta –y quién sabe si interpretando What A Wonderful World, capaz de hacer nacer pájaros– cuando el argentino tuvo una visión quimérica. Pequeños globos verdes flotaban alrededor del genio de las entrañas de Nueva Orleans en el teatro semivacío. Así fue cómo Cortázar parió a las criaturas ingenuas, idealistas, desordenadas, sensibles y poco convencionales, llamadas cronopios. Dibujos fuera del margen. Poemas sin rima que dieron nombre a un local en el corazón de la Ciutat Vella de Barcelona. Sin embargo, como el mismo Club Cronopios ya dijo: “El proyecto de Ciudad Muerta necesita una Cultura Muerta”. El pasado 21 de noviembre se cumplió la orden de precinto que ponía punto y coma a una de las asociaciones literarias que más fomentaba, hasta la fecha, el tejido cultural literario de la ciudad.

En pleno periodo de reformas y entre nuevas salas de biblioteca, acceso a las catacumbas, sala de lectura y escritura, un bar o una sala de gravedad, resurgirá de nuevo el local donde los cronopianos dejarán ir esa bella locura que contaba Cortázar, la que nos mantiene andando mientras a nuestro alrededor todo es tan insanamente cuerdo. Por el momento, la expresión creativa y poética del local que daba luz a sesiones de micros abiertos, jams de escritura y poesía, improvisaciones escénicas, presentaciones de libros, así como recitales de poesía, música en vivo y teatro, se realiza ahora en locales que hacen posible el exilio del club, como el Centro de Arte Mutuo o bares como el Gipsy Lou, en la misma calle Ferlandina.

Y así, de las entrañas de Club Cronopios se nos presentan retazos de las noches del Club de la Serpiente en Saint-Germain-des-Prés que recreaba la Rayuela de Cortázar, desde donde las paredes rezumaban poesía, filosofía, jazz y la descomprensión de una Maga intentando entender a Morelli y su intentona de hacer de su libro una bola de cristal, “donde el micro y el macrocosmos se unían en una visión aniquilante”. Ahora Club Cronopios ya se convirtió, más que nunca, en portavoz de El derecho al delirio de un Eduardo Galeano que se preguntaba: “¿Qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia para adivinar otro mundo posible?”.

Sala de Micro Abierto del Club Cronopios. Foto: Club Cronopios.

Sala de Micro Abierto del Club Cronopios. Foto: Club Cronopios.

Prostíbulo Poético

El Prostíbulo Poético es aquello que sucede en la penumbra del rincón más oscuro de la habitación: poesía en privado y al oído. Nació en Nueva York de la mano de su primera madame, Kiel Sweatt, con  vocación de metáfora sinestésica para experimentar con un nuevo modo de hacer llegar la poesía al mundo. Pero como es bien sabido, la poesía es algo que uno sigue ciegamente sin ser muy consciente hacia dónde se dirige,  y quiso la divina providencia, que algunos de aquellos primeros poetas prostitutos acabaron en Barcelona. El prostíbulo abrió su segunda sede regentada por una nueva madame, madame Taxi, y desde entonces en la ciudad, las noches se suceden entre verdades susurradas.

La sesión empieza con la madame sentada en un sillón orejero de terciopelo, presentando entre insinuaciones uno a uno todos los integrantes del burdel. En todos los prostíbulos uno espera ver desnudos, pero lejos de presenciar una exhibición del sensual arte de quitarse la ropa, en el prostíbulo poético uno acaba siendo testigo del desnudo de un alma. Blue Bird canta con voz acompasada sobre la nostálgica melodía de su bajo, la rubia exuberante que se extravió al salir de un club burlesque de los años veinte habla de sus gotitas, húmedas, traviesas, desbocadas y Mad, quien lleva locura por nombre, viste con una sonrisa maníaca para cantar con un ukelele sobre una tarde de domingo cualquiera. Los pases terminan pero la noche no ha hecho más que empezar, pero por supuesto, todo tiene un precio. Una joven en nalgas se pasea entre los asistentes con una bandeja con fichas, cada una vale un poema en privado y si somos más propensos al enamoramiento cuando se comparte un intenso nivel de intimidad, no quieren saber el agotamiento con el que acaba cupido tras una sesión en el prostíbulo.

El prostíbulo cierra sus puertas, y como circo ambulante y banda de rock en gira constante, no vuelve por allí en mucho tiempo. Deambulan de un sitio a otro para que ninguna noche sea igual. Tanto les da un hotel, una galería como una pastelería, mientras el cuarto esté a media luz.

Slam Poetry

Cuentan que, aparentemente y ajenos a las miserias comerciales del gremio, surgen grandes cosas de bardos locales. Lugares que hacen nacer esa atípica declamación de poemas vibrantes, emotivos. Las culpables son las almas y gargantas de un grupo de poetas que compiten para ser puntuados en pizarras por asistentes del público con las manos empolvadas de tiza. Sus versos viajan kilómetros de carretera (y algunas otras veces, de cielo) pero siempre hay un lugar en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) para que se celebre cada mes el ya oído (por gran fortuna) campeonato de Poetry Slam. El grupo de magos de la métrica recitan sus propias composiciones sobre la esencia de su vida o de los grandes sinsentidos de realidades ajenas, destilando lo más íntimo de la voz en cuello. Sus entrañas se reparten entre el público, en forma de caricia o de hacha contra todo eso que nos crispa. Un lirismo que nace de versos tan directos como flechas y tantas otras veces como si fueran recodos crípticos que hacen que se te presente un cuadro de Pollock. Así, entre palabras, eufemismos e inasequibles al desaliento, estos reyes de la lírica son conducidos por José Luis de Cabezas, apodado como el Payaso Manchego, un portento de historias -y tantas otras batallitas- pero, sobre todo, de las matemáticas que va contando las votaciones de pizarras puntuadas por tres integrantes del público escogidos al azar.

Poetry Slam llegó hace ya un lustro al bar Harlem, se pasó al espacio de copas de arte Tinta Roja hasta saltar al CCCB, donde si te descuidas el batir de alas de las mariposas de Sebald pueden volar de nuevo hasta el edificio cultural. Sin embargo, el casi siempre 150% de aforo acaba por olvidarse de las alas oscuras de papel y solo escucha este espectáculo desconocido para muchos pero descubierto ya para los asiduos de cada cita poética que celebra este torneo de poetas. Aún el ritmo y la gracia de este recital, Poetry Slam a veces hace honor a esa dureza propia del torneo de boxeo del que está inspirado. Descalificaciones por tropiezos en recitados que obligan a los concursantes a volver a empezar y, por tanto, excederse en más de dos minutos (el tiempo permitido según el reglamento) y no poder pasar a la siguiente ronda. Normas y un cronometrador oficial que muestran desde el estrado que todo no vale aunque desde abajo solo nos importe sentir al batallón de poetas al desnudo.

Festival Acròbates

Acròbates es nombre de festival de poesía. Uno, porque lo que hacen los poetas con las palabras es digno del mejor de los funambulistas y dos, porque verlos desnudando su alma encima de un escenario equivale al subidón de adrenalina al ver a un hombre jugándose la vida. La idea nació durante una liviana noche de verano en uno de esos momentos en que la vida cobra sentido, cuando Les nits de música, una productora musical catalana pensó en lo delicioso que sería unir música y poesía. En el momento de su arranque, hará ya 10 años, el festival tenía alma de circo itinerante (hablamos de poesía al fin y al cabo) pero pronto se estableció en Hospitalet de Llobregat, ciudad que desde un principio olía a casa. Sería por sitios como el bar Oncle Jack, un universo paralelo en medio de una calle cualquiera en el que, apenas hará un año, se reunieron tres poetas con ganas de compartir una noche de colegas con unas pocas docenas de desconocidos, uno con su sombrero, otro con su pañuelo y el último con su guitarra. Escandar Algeet, Carlos Salem y Diego Ojeda.

Elvira Sastre y Adriana Moragues en el Festival Acróbates de 2015. Foto: Festival Acróbates.

Elvira Sastre y Adriana Moragues en el Festival Acróbates de 2015. Foto: Festival Acróbates.

Ciertamente quién dijo aquello de las cosas buenas si cortas, dos veces buenas, no sabía de lo que hablaba, porque, es de saber general que las cosas buenas, realmente buenas, producen adicción y ante su falta, desarrollan en el sujeto el típico síndrome de abstinencia. Por este y otros motivos el festival dura lo que un mes, treinta días, en la que se nos cita en bares a medias luces, teatros de aforo reducido y rincones sumidos  en la penumbra de una Barcelona testigo de que, si algo es bien cierto es que la poesía no murió ni morirá jamás.

Andrea Bescós
Convencida de que gracias a un pentagrama, a un cuadro, a los versos de cualquier poeta o a los fotogramas de una película, se puede salvar el mundo.

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