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Marcha de las Putas. 2012. Bogotá - Colombia. Fuente: http://bit.ly/1Hipd1O
Marcha de las Putas. 2012. Bogotá - Colombia. Fuente: http://bit.ly/1Hipd1O

Las violencias de género, el esqueleto de la sociedad colombiana

Un artículo de Melissa Corredor y Mª Camila Ardila

Entrar en un bar, ir a tomar algo, dar un paseo o subir al transporte público de alguna ciudad de Colombia puede marcar la diferencia al hablar de machismo. Un machismo que de manera silenciosa se instala en los cimientos de la sociedad colombiana, para destrozarla desde dentro.

Se trata de una sociedad en la que los chicos, si quieren invitar a cenar o a salir a una amiga, antes se asegurarán de llevar el dinero suficiente para pagar lo suyo y lo de ella. No se plantean que ellas puedan o quieran pagar al menos su parte de la salida, ellas lo toman como un acto caballeroso. Las mujeres de Colombia, y América Latina, tristemente “conviven” o están más acostumbradas a convivir con los piropos menos halagadores, aquellos carentes de galantería, grotescos, piropos que no lo son.

Roces o manos con iniciativa y velocidad más que indecentes en el transporte público dictan el ritmo del día a día. El pensamiento fugaz en el que la mujer se plantea si esa colonización de su cuerpo se debe a su falda ajustada o sus jeans push up, no es raro.

Madres que celebran que el marido de su hija “ayude” con la crianza de los niños o las labores domésticas, mujeres profesionales que ganan menos que sus homólogos masculinos desempeñando exactamente el mismo trabajo, o un camarero o camarera que sin recordar el pedido sirva, casi por instinto, la cerveza al hombre y la bebida light a la mujer… Imperceptibles, pero ciertas.

Pequeñas grandes acciones machistas, micromachismos les llaman, que no hacen sino confirmar el entramado patriarcal de sociedades como la colombiana, y otras muchas de América Latina, y por qué no, del mundo. Aquel fuego latente que solo quema, durante unos días, ante la noticia de un feminicidio. En el argot de los medios de comunicación de aquí y allá, el fuego no quema hasta que una “mujer muere a manos de su marido”. La mató. ¿Cómo pretender apagar el fuego cuando la sociedad ni siquiera es consciente de que éste existe?

Incluso el término de micromachismo resulta contradictorio. Estos hechos cotidianos de “micro” tienen solamente la poca visibilidad concedida por el acoplamiento en el imaginario colectivo como algo normal, porque son macro en cuanto a presencia.  No se les puede restar importancia.

Estas violencias, invisibles, crean el contexto necesario para entender los datos publicados por el Instituto de Medicina Legal de Colombia.  Entre enero y febrero de 2015 fueron asesinadas 126 mujeres en el país, se detectaron 2.631 presuntos delitos sexuales contra mujeres, 735 casos de violencia intrafamiliar hacia niñas y adolescentes, 6.269 casos de violencia en el ámbito de la pareja y 119 casos de violencia hacia mujeres mayores en sus hogares .

Cabe destacar, como dato positivo, que la mayoría de estudiantes en las universidades colombianas son mujeres y que según el Ministerio de Educación de Colombia en cuanto a la deserción en los estudios superiores, un 50.9% de hombres ha dejado la universidad antes de finalizar la carrera, frente a un 43% de mujeres.

Aunque positivos, es necesario analizar los datos teniendo en cuenta los rangos de poder. De las 20 primeras universidades colombianas, solamente una está dirigida por una mujer. Patricia Builes, secretaria de Equidad de Género de Antioquia, afirmaba para el periódico El Tiempo que el problema es que en “nuestro imaginario continúan prevaleciendo los estereotipos que milenariamente nos impusieron, según los cuales,  quien debe mandar y tomar decisiones es el hombre”.

Los intentos de pormenorizar a la mujer en distintos ámbitos no le han quitado su capacidad para luchar por su familia y su futuro, y dado el contexto de guerra permanente de Colombia, esto sucede reiteradamente. Es así como un grupo de madres logró sacar a la luz los “falsos positivos” del ex-presidente Uribe, mientras el actual presidente Juan Manuel Santos era ministro de Defensa. Los “falsos positivos” son aquellos civiles, asesinados, que el ejército colombiano presentaba como guerrilleros de las FARC para ilustrar sus supuestas victorias en el conflicto armado.

También víctimas de este mismo conflicto, mujeres desplazadas de diferentes lugares de Colombia, dejaron de ser víctimas para construir su realidad y con ella, su propia ciudad. La Ciudad de Mujeres ubicada en el Caribe colombiano, rompe estereotipos. La construcción y el liderazgo, entendidos como trabajos de hombres, se convirtieron en una fuente de empoderamiento dando lugar a un Macondo femenino. 

Aunque es evidente que la sociedad colombiana crece en torno a un esqueleto patriarcal, se ha de admitir que la cohesión social sigue en manos de las mujeres. Esta falta de reconocimiento y las múltiples violencias subyacentes no hacen sino nutrir y perpetuar aquello que se conoce como violencia de género. Sin una sociedad consciente de que las acciones más imperceptibles sitúan a la mujer en situación de desigualdad, la erradicación de muertes y violaciones dista mucho de ser una realidad.

Maria Camila Ardila
Colombo-valenciana con base en Barcelona. Estudiante de periodismo en la UAB.

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