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Fuente: Entertainment Weekly
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Más allá de la claraboya

Crítica de Room, por Daniel Morente

Jack cumple cinco años. Es una cifra redonda, y puede ser merecedora de una celebración mayor de la habitual. Póngase el caso de cuando alguien cumple veinte años, o treinta y cinco, por ejemplo. Son cifras que simbolizan el final de una etapa y el inicio de una nueva, de otra década vivida, o la llegada a su mitad, dejando atrás antiguas fases de la vida para pasar a ver, cada vez más de cerca, aquellas que antaño se percibían tan lejanas. En cualquier caso, un cumpleaños acostumbra a ir, siempre que las circunstancias lo permiten, acompañado de festejo y buen ánimo, de optimismo y alegría. El caso de Jack es algo complicado ya que, por positivo que se pueda llegar a ser, no hay demasiado que celebrar.

Si no fuera porque su madre ha repetido su nombre en más de una ocasión, resultaría fácil confundir al chaval con una chica. Su cabeza alberga una melena larguísima, que le llega hasta la mitad de la espalda. Se trata de un niño delgado, con las piernas y los brazos muy finos. La piel de su cuerpo y de su cara es blanca como la cal, y sus ojos van acompañados de unas marcadas ojeras.

La madre se presenta cansada, hasta agotada. Pese a la terrible situación en la que se encuentran, ella intenta camuflar para su hijo toda la oscuridad que les rodea, inventándose historias extrañas sobre el mundo y el lugar en el que viven. Narraciones que permitan a Jack mantener intacta esa -cada vez más frágil- inocencia infantil que aún conserva. En cierto momento, la imagen recuerda a una conocida escena de La vita è bella, aquella en la que Guido, el padre, traduce falsamente las órdenes e indicaciones que un capitán nazi grita a los presos para que su hijo se crea que todo se trata de un juego, de algo divertido con lo que pasar el rato y hasta optar a ganar un tanque. No obstante, la realidad no podría estar más alejada de ese espejismo. En la película, madre e hijo se encuentran en una situación demoledora, teniendo que estar siempre en estado de alerta y con el miedo en el cuerpo. Cada vez que se oyen las pisadas de Old Nick acercándose, la madre le pide apresuradamente al niño que se esconda en el armario, al que Jack llama “armario”, a secas, igual que a la planta, a la que llama “planta”, sin usar artículo alguno, como si de sus amigos se tratara.

Room es una película cuyo argumento puede coger por sorpresa a algunos. Otros verán venir rápidamente de qué va la historia. Sin embargo, todos estarán de acuerdo en que el tema que trata es tan terrible como repulsivo. Se podría decir que la película está dividida en dos partes y, como acostumbra a pasar en esos casos, cada una de ellas despierta sensaciones totalmente distintas. Al principio, durante una intensa primera parte, y a medida que se va descubriendo la verdadera razón de ser de la trama, es difícil no sentir ahogo y claustrofobia, especialmente si se empiezan a rememorar casos reales no demasiado lejanos y extremadamente parecidos a este. Sino iguales. Historias que quitan el sueño, que hacen plantearse si los demonios tienen realmente la capacidad de disfrazarse y camuflarse entre las personas para poder desatar su crueldad sobre los más inocentes y desamparados.

Pero la verdadera fuerza emocional de la película reside en la devoción de una madre para con su hijo, en su necesidad absoluta y constante de protegerle ante cualquier peligro que pueda causarle daño. Y, del mismo modo, del amor de un hijo hacía su madre, quien le hace de escudo y a quien necesita a su lado en todo momento. El retrato psicológico de la relación materno-filial resulta tan logrado como conmovedor, potenciado esencialmente por las extraordinarias actuaciones de los dos protagonistas. Brie Larson capta a la perfección lo que el director, Lenny Abrahamson, le debió de pedir, esto es, realizar una actuación memorable y emotiva a la vez que dura y veraz. Del mismo modo que la lleva a cabo su pequeño compañero, Jacob Tremblay, un chico de ocho años que despliega un verdadero recital.

De vez en cuando, aparecen jóvenes actores con verdadero talento, niños que tienen la capacidad de transmitir aquellas emociones que ni ellos mismos pueden haber experimentado de forma consciente, dada su temprana edad. Es el caso, por ejemplo, de Quvenzhané Wallis en la poética Beasts of the Southern Wild, o, años atrás, el de la joven Jodie Foster en Taxi Driver. En Room el fenómeno se repite, siendo el joven Tremblay quien se apodera realmente de la función mediante una actuación que se encuentra más allá del elogio.

Este es uno de los mejores dramas criminales de los últimos años, de esos que salen con cuenta gotas y que tienen la capacidad de transmitir de forma efectiva la angustia y el sufrimiento de sus personajes a los espectadores. Su capacidad introspectiva es tremenda, y su eco resuena y acompaña horas después de haberla terminado, característica digna del gran cine, de las películas con verdadera alma.

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