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Fuente: www.jotdown.es

No te silencies, mujer, mastúrbate

“Explorando mi cuerpo desnudo he descubierto un placer profundo. Me acariciaba suavemente todo el cuerpo; primero el cuello, luego una mano en el hombro y, la otra, en el pecho. Con los ojos cerrados y la respiración un tanto acelerada, un impulso manifestó el deseo de abrir las piernas y, aunque con algo de timidez, mis manos fueron bajando escalón a escalón, resbalando, disfrutando de la suave piel, hasta que mis dedos susurraron con apetito que querían abrazar aquello que sobresalía. Y lo abrazaron; ya lo creo si lo abrazaron”.

Preciosas palabras, aunque impronunciables para muchas mujeres. Unas por temor, impedimento, preocupación; otras, quizás, por aferrarse a su intimidad. Respetable lo segundo; lo primero, combatible. El clítoris es un órgano desarrollado únicamente con la función de obtener placer. ¿Deben sentirse las mujeres cohibidas por el simple hecho de no ser éste reproductor, como sí lo es, en cambio, el pene? Hubo un tiempo en que tal cosa era incuestionable.

Debiera leer y estudiar muy bien la sexualidad humana –obviamente sin desmarcarla del contexto social, político y cultural-  para determinar con exactitud la genealogía de esta concepción, pero me sirve con saber (y, por ende, daros a conocer) que por allá el siglo XV y XVI el clítoris era determinado como una deformidad del cuerpo. En el siglo XVII, la masturbación era inmoral, y ésta en el XVIII dio un paso adelante: se comenzaba a vincular con daños físicos.  Sara Fajula Colom, del Museo de Historia de la Medicina de Catalunya, expone en el artículo “La visión médica del cuerpo de la mujer a principios del siglo XX” que, a lo largo de la historia, “las teorías médicas coetáneas consideraban que la masturbación continuada comportaba un deterioro de la salud, el cual se podía manifestar en afecciones ginecológicas, o también en malestares anímicos y problemas mentales.”

Ni más ni menos. La masturbación estaba, no sólo prohibida, sino que muy, muy mal vista. Tanto la Iglesia como muchos científicos la concebían como algo “contra la natura” y, para combatirla, creían conveniente practicar a las mujeres la ablación o, simplemente, difundir el miedo entre ellas afirmándoles que produciría cáncer, ceguera y las llevaría a la locura. En muchos casos, pues, no es la propia mujer quien, por ideología o moral, decide no producirse ella misma un orgasmo, sino más bien todo lo contrario: se lo restringen.

Sólo en 2012, la Organización Mundial de la Salud, contabilizó alrededor de 142 millones de mujeres y niñas que habían sufrido la mutilación genital; la mayoría de ellas en el continente africano. Unicef, a su vez, expone que 30 millones corren el riesgo de ser sometidas a ello. Opresión en toda regla para impedirles el placer sexual, prepararlas para el matrimonio y convertirlas en dóciles fieles al acto de reproducción. Les imponen la muerte en vida. Y ellas silencian. Aunque no todas, por supuesto. Matida Daffeh, feminista y de Gambia, Caddy Adzuba, activista y de la R.D del Congo, Malala Yousafzai, Nobel de la Paz y paquistaní, han tenido y tienen la firmeza, valentía y resistencia de combatir por los valores y los derechos de la mujer.

Me produce, sinceramente, una amplísima e insoldable sensación de rabia que, en la actualidad, haya tantísimas mujeres que por no ver más allá de un mesías como libertador o redentor, o por sentirse débiles y no alzar la voz contra el opresor, repriman la curiosidad acerca de su propio cuerpo; repriman la necesidad de explorarlo. A ellas, les digo que dejen de silenciarse; les digo que, sin miedo, aprecien la belleza de la que disponen; les digo que destapen el caparazón, que encuentren el placer que una misma puede darse. Que se masturben y se dejen masturbar. Y no, compañeras, no por ello seréis culpables de nada, no. Todo lo contrario: vuestro cuerpo gritará libremente cuánto agradece que lo hayáis descubierto.

Cristina Muelas Guiu
Periodista. En constant moviment. D'això es tracta, no?

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