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Zuckerberg en su conferencia anual en el MWC Barcelona 2015. Fuente: Reuters
Zuckerberg en su conferencia anual en el MWC Barcelona 2015. Fuente: Reuters

La trampa de la filantropía

Un artículo de opinión de Olatz Alonso

Es costumbre que los grandes multimillonarios donen parte de sus fortunas a obras de caridad. Los efectos positivos que estas acciones puedan tener, desde mejoras en la atención sanitaria hasta la escolarización y alfabetización de las poblaciones, enmascaran otros más sutiles, como la perpetuación de las causas de las desigualdades que pretenden combatir.

Mark Zuckerberg, en la conferencia que ofreció el 22 de febrero en la nueva edición del Mobile World Congress (MWC) celebrado en Barcelona, declaró que “todo el mundo merece acceso a Internet. No entiendo cómo en 2016 podemos estar todavía así”, en referencia a su programa FreeBasics, que ofrece acceso gratuito a algunas páginas webs en países en desarrollo. No es la primera vez que el creador de la red social por antonomasia muestra una faceta filantrópica. En diciembre de 2015, coincidiendo con el nacimiento de su hija, informó de que en adelante donará el 99% de sus acciones a la fundación que comparte con su mujer y cuyos fondos serán destinados a obras de caridad.

Su defensa de la expansión de Internet quedaba matizada de la siguiente manera, dejando entrever que hasta del altruismo se pueden sacar ganancias: “Que haya más y más gente en Internet es un modelo de negocio que funciona. (…) Los usuarios se pasan a servicios de pago. Eso es también bueno para las operadoras”. Al mismo tiempo, las donaciones que haga a su propia fundación le remitirán beneficios, ya que como se explica en este artículo de El salmón a contracorriente “el fundador de Facebook se ha sacado el dinero de un bolsillo para meterlo en otro donde pagará menos impuestos, tendrá que rendir menos cuentas, será menos transparente y podrá hacer de lobby influenciando a los partidos políticos. Todo ello bajo una falsa máscara de filantropía y caridad que le habrá servido como una perfecta campaña de marketing para limpiar su imagen pública.”

Según un informe de Oxfam Intermon, la riqueza de la mitad más pobre de la población mundial ha disminuido un 38% desde 2010, mientras que las 62 personas más ricas han visto crecer sus fortunas en más de 500.000 millones de dólares. En un contexto global en el que las desigualdades entre ricos y pobres no hacen más que aumentar, no parece tan descabellado pensar que las donaciones de las mayores fortunas son, además de algo deseable, necesario.

Sin embargo, esos desembolsos tienen efectos que llegan a beneficiar más a los donantes que a los países que los reciben. Un estudio del Global Policy Forum concluye que los grandes benefactores influyen en las élites políticas y científicas con la consecuencia de que son ellos, y no los gobiernos, los que diseñan las políticas agrícolas y sanitarias de los países que reciben las donaciones. De esta forma, las donaciones favorecen los intereses de los países desarrollados a través de promover algunas actividades o compañías concretas. Por ejemplo, en 2006 la Fundación Bill y Melinda Gates junto con la Fundación Rockefeller lanzaron la Alianza para una Revolución Verde en África (Agra) que promueve un modelo agrícola basado en la biotecnología y el uso de semillas transgénicas. El 80% del dinero destinado a ONGs dentro de Agra recayó en organizaciones estadounidenses o europeas, siendo tan solo el 4% las africanas.

Causas intactas

Más allá del provecho que los filántropos puedan conseguir de sus donaciones, la principal consecuencia de la caridad es la perpetuación de la causa de las desigualdades: un sistema económico que basa su avance y bienestar en la pobreza de la mayoría de la población. El informe de Oxfam indica que la existencia de paraísos fiscales se encuentra en el fondo del problema del aumento de la desigualdad, ya que el incremento de las grandes fortunas no repercute en las economías nacionales. Pero existen otras razones por las que la brecha entre ricos y pobres se mantiene.

El negocio de la extracción de los minerales utilizados para producir los ordenadores, móviles y tablets que nos permiten conectarnos a Facebook perpetúa la guerra en la República Democrática del Congo. Los grupos armados se financian a través de la explotación de las minas de coltán y otros minerales, con lo que el conflicto ha derivado en una lucha por el control de las zonas mineras. Aun así, tanto Estados Unidos como Europa comienzan a tomar medidas para controlar la procedencia de esos minerales y la iniciativa Fairphone produce un móvil libre de minerales de conflicto.

La violencia sexual contra las mujeres es otro de los efectos de esta guerra. Como explicaba hace un año la investigadora de la Escola Cultura de Pau, María Villellas, esta violencia, especialmente centrada en mujeres y niñas, garantiza el control sobre las poblaciones y fomenta los desplazamientos, con lo que las multinacionales tienen un acceso más fácil a las zonas de extracción de minerales a un bajo coste. “La economía política global de la guerra se beneficia de un sistema capitalista patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres son utilizados para beneficio de una multiplicidad de actores que van desde las milicias y las empresas locales hasta las grandes corporaciones internacionales que en estos días se reúnen en Barcelona”, concluía Villellas.

Los efectos de la desigualdad no son solo cosa de los países en desarrollo. Sin ir más lejos, en la propia Barcelona está habiendo estos días en los que se celebra el MWC una huelga de los trabajadores del transporte público en contra de la privatización de los servicios y en demanda de mejoras salariales, al tiempo que las personas que estos días trabajan en el congreso lo hacen en condiciones precarias mientras a los participantes se les brindan rebajas fiscales.

En definitiva, por mucho que personas como Zuckerberg o Gates donen millones para paliar las consecuencias de un sistema que cada vez se demuestra más injusto y desigual, no servirá más que para crear la ilusión de que la caridad es lo único que le queda a la población mundial más desfavorecida. Porque aquello que estos multimillonarios representan es, precisamente, la raíz de los problemas.

Redacció

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