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El actor brasileño Wagner Moura interpretando a Pablo Escobar en la serie de Netflix Narcos.
El actor brasileño Wagner Moura interpretando a Pablo Escobar en la serie de Netflix Narcos.

Narcos y el peligro de la no ficción

Una columna de Marc Álvarez

“El realismo mágico se define como un entorno realista y detallado que se ve invadido por algo tan extraño, que resulta increíble. No por nada el realismo mágico nació en Colombia”. Narcos, primera temporada.

Fascinante, incuso milagroso, para el resto del mundo. Para Colombia, donde la maldad se concentró, donde nació la tempestad, fue un infierno tan surrealista e inconcebible que parecía una mentira. Una trampa, una treta, un burdo engaño. Lo que más dolía, lo que hizo arder las entrañas del país Latinoamericano, fue la verdad. Aquella locura realmente sucedió. Y resistió llevándose un país entero por delante, sembrándolo de caos y, lo que es peor, de confusión e incertidumbre. Quizá el surgimiento de la figura de Pablo Emilio Escobar Gaviria fue sólo una ilusión creada por el hombre para avisar al hombre, un jinete del apocalipsis moderno con una misión: advertir que no hay límites, de ningún tipo. Para que se hagan una fría idea los que no sepan quién fue, a principios de los noventa su batalla contra el gobierno dejó casi 9.000 asesinatos sólo en Medellín.

Sea como fuere, el tiempo pasó, aunque no todas las heridas cicatrizan a la misma velocidad. Aún así, la historia convirtió en leyenda a la barbarie. Pero fuimos nosotros los que decidimos contarla. Mucho material se ha visto desde entonces intentando relatar, sin mucha suerte, varias facetas de la vida de un hombre que pudo ser presidente, pero acabó levantando un blanco imperio. Quizá no era el momento, o quizá nadie hasta ahora ha sabido transmitir la esencia de algo casi inabarcable para la mente humana. Y, quizá por eso, la recién estrenada en España Netflix decidió empezar una de sus apuestas más fuertes haciendo referencia al realismo mágico –que aunque no surgiese en Colombia, sí es verdad que allí tuvo mucha importancia-, una de las pocas corrientes literarias capaces de contar quién fue Pablo Escobar y qué le hizo a la tierra en la que nació.

Técnica y formalmente hablando, Narcos es una gozada visual trepidante para gente con estómago. Pero sólo eso no la diferenciaría de tantas otras con premisas parecidas. Su buena crítica y audiencia tampoco se deben a que esté narrada por un empleado de la DEA, arriesgada decisión que te obliga a recordar que la producción está hecha por ‘gringos’. Aunque lejos de querer atribuirse protagonismo, el artífice de la serie, José Padilha, coloca a los agentes Steve Murphy y Javier Peña como meros espectadores con poca influencia y plagados de contradicciones, muchas originadas por el propio gobierno estadounidense. Lo que de verdad hace que la producción sea tan sumamente atractiva son las imágenes y vídeos reales que se intercalan con la acción de la ficción. Así, el espectador es consciente de que el macabro espectáculo que sucede ante sus ojos no es una mentira nacida de la imaginación de un buen guionista, sino una guerra con consecuencias tangibles aún en la actualidad.

Y aunque ya hayamos visto otras ocasiones en las que la técnica de incluir imágenes documentales funciona, como es el caso del mismo género biopic, pocas veces hemos tenido la oportunidad de asistir a una serie de acontecimientos tan brutales, trágicos y determinantes para el futuro de todo un país desde esta perspectiva narrativa. Un impacto visual en el que el cerebro no puede acabar de digerir, al menos al instante, la supuesta verdad que está presenciando. En contadas ocasiones esta mezcla ha tenido tanta fuerza y se ha ejecutado con tanta gracilidad. Y por eso mismo he contemplado sus diez capítulos fascinado a la par que aterrado. Dejando de lado si el asunto es lícito, sí es verdad que la serie presenta algunos gazapos históricos que reinterpretan de una forma más espectacular todo lo sucedido (el acento del actor protagonista Wagner Moura lo atribuiremos a licencias tomadas en el casting), como cuando se explica que Augusto Pinochet liberó a Chile del narcotráfico o el momento en el que la guerrilla ‘comunista’ del M-19 le regala la espada de Simón Bolívar al propio Escobar. Aún así, estos se pueden contar con las manos, por lo que la ficción es bastante fiel. Lo que me provoca horror es el nivel de peligrosidad que puede alcanzar dicha técnica, ya que puede convertirse en una poderosa herramienta tergiversadora de la historia a través de lo que consideramos cultura.

Ya me tacho yo mismo de conspirativo y paranoico, pero sólo imagínense las posibilidades de explotación psicológica y sociológica de algo así. Se podría llegar a decir –también con alguna licencia- que es la protoadaptación de la novela de no ficción -escuela representada por nombres como Tom Wolfe- a la pantalla. Y aunque al principio fueron duramente criticados por esos señores que se aferran a un abominable canon clásico, a ellos sí les funcionó explicar historias desconocidas –o partes de ellas aún sin contar-, ya que atrajeron a nuevos lectores por ese cambio de planteamiento y estética. Truman Capote y su archiconocida A sangre fría son el ejemplo más claro de este contraste. Aunque esos creadores hicieron su trabajo a conciencia, ya que al ser periodistas tenían pretensiones estilísticas, pero sobretodo buscaban explicar algo de la mejor manera posible.

Aunque si tenemos en cuenta la filosofía carroñera de Hollywood & company, poco me extrañaría ver a directores y guionistas comprados para construir productos que, habiendo visto las oportunidades que brinda la técnica que tanto ha funcionado –dudo que maliciosamente- en Narcos, nos pinten realidades distorsionadas de casos históricamente controvertidos. Si el resultado es de calidad y bajo esa falsa intención artística hay otras oscuras, su efectividad puede ser muy dañina. En el caso concreto que nos ocupa, he podido observar que por la red corren artículos y comentarios (mucho tráfico de internautas latinoamericanos, como es obvio) haciendo referencia a los errores de la serie. Un buen ejercicio propiciado, seguramente, por la magnitud del caso que trata, por lo que no depositaría excesiva confianza en que se vuelva a repetir de una forma tan masiva. Si le sumamos el virus de la infoxicación que padece internet, la tarea se complica para aquel al que le interese saber si lo que le están mostrando y la forma en que lo hacen tiene algún parecido con la realidad.

No habría motivos por los que preocuparse si tuviésemos arraigada una -casi inexistente- cultura “auto”, es decir, que la gente dudase y se informase por sí misma, pero sobretodo, que fuese autocrítica. Porque el engaño se torna complicado cuando la defensa es la educación y el filtro la cultura. No sé si algún día podremos presenciar cómo los miedos del autor de este texto cobran vida. Lo que sí sé, aunque pueda sonar contradictorio, es que de haber formado parte de los responsables de Narcos, hubiese dicho que sí a la propuesta de utilizar tal técnica. Porque pueden, y seguramente deben, teniendo una oportunidad tan grande de hacer historia a partir de la historia.

Marc Álvarez Ramilo
Estudiant de periodisme a la UAB. Quasi melòman, inestable lector, amant del setè art i ferm creient en el gran i desaprofitat poder de la cultura. Escriptor amateur amb massa coses per aprendre.

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