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Soy un cabrón, pero yo más

Una columna de Camilo Giner

– Hola, soy yo otra vez, tu juguete preferido.

 Tal vez no era siquiera un juguete para el resto del mundo, tan solo tenía forma de coche para ti, para los otros solo era una piedra. Soy la muñeca hecha con ropa deshilachada y trapos desgastados, con ojos de botón, con botones de ojos. Soy la comba y sus canciones. Soy la tiza y sus muros infranqueables, esos límites que te libraban del fuego abrasador. Soy la peonza, soy las canicas, soy las chapas, soy las cañas “pilar maestro” de las cabañas… Pero, también soy la maldita nostalgia hecha frase, soy el refugio al recuerdo idealizado, la puerta ventajista al descrédito, soy la comodidad benevolente, soy “ya no se hacen juguetes como los de antes”, soy “nosotros sí que tuvimos infancia”. Soy tu juguete preferido y soy un cabrón. Además, tengo unos amigos que te gustará volver a saludar:

-Hola, somos tu película preferida, tu libro favorito, tu canción, aquella serie de dibujos animados de los ochenta o noventa, y somos todos igual de cabrones (y de viejos cascarrabias).

Somos déspotas ilustrados amantes del agravio comparativo más sesgado. Somos los recuerdos egoístas alimentados a base de ración doble por el paso del tiempo, hemos engordado tanto que somos obras maestras dentro del imaginario colectivo e individual. Somos el fugaz sentimiento de felicidad común, somos el cajón donde vendrás a buscar algún retal de libertad y desobediencia, somos indios dentro del fuerte vaquero que hay a día de hoy en nuestras cabezas, somos piratas dentro de ese mar en calma que no se deja enrabietar. Por eso nos quieres y nos guardas embalsamados, casi sin tocar. Nos necesitas.

Hilamos la atrevida afirmación “nosotros sí que tuvimos infancia” que resulta peligrosamente excluyente, sentenciadora y lapidaria. Porque si los niños de ahora no la tienen no será por voluntad propia. Es difícil imaginar que la felicidad de un niño se base hoy en día en tener juguetes con lucecitas y microchips. Si seguimos admitiendo que los niños no tienen infancia es porque nos gusta el cínico burlesque y nos cuesta arremangarnos y bajar al barro. Entre la sobreprotección y la dejadez anda el juego.

Criticamos los juguetes educativos de nueva generación que tan poco nos cuesta regalar, pero no criticamos el “niño deja ya de joder con la pelota, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”.  Puede que esto último hasta lo aplaudamos. ¿Qué hay más educativo que lustrar y desempolvar la vieja infancia para sacarle una utilidad mayor que la de vanagloriarse?

Que los tiempos, espacios y realidades han cambiado nadie lo duda, pero si a ello le añadimos la distancia prudencial del “qué dirán”, puede que la terrible frase “los niños de hoy no tienen infancia” se haga realidad.

Lo peor es que si hoy no tienen infancia, mañana no tendrán vejez.

Redacció

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