Inici / Política / Estat / Otegi libera de nuevo el miedo a la paz
Arnaldo Otegi antes de salir de la prisión/ fuente: twitter @ArnaldoOtegi
Arnaldo Otegi antes de salir de la prisión/ fuente: twitter @ArnaldoOtegi

Otegi libera de nuevo el miedo a la paz

Un artículo de Alberto Prieto, Jordi Peralta e Iris Rodríguez

En 2012, el periodista Fermín Munárriz preguntaba:  ¿por qué le tienen preso?, Arnaldo Otegi respondía: “porque los enemigos de la paz creen firmemente que tanto yo como mis compañeros y compañeras somos menos peligrosos para sus intereses en la cárcel que estando en libertad.”

Si se le puede definir de alguna forma, Arnaldo Otegi es el primero y uno de los principales síntomas de que el régimen se resquebraja por las costuras. La unidad política de la España postfranquista del 78 tiene en el secretario general de Sortu uno de sus mayores problemas, y de los más irresolubles. No por el lado estructural, parlamentario, ya que precisamente la Ezkerra Abertzale (EA) y sus herramientas de representación institucional están en uno de sus momentos más complicados desde las primeras incursiones parlamentarias de HB. Arnaldo Otegi es un problema cultural, superestructural. En una entrevista reciente para La Directa, el mismo líder abertzale definía el obstáculo que supone para las instituciones del estado con un potente símil deportivo, comparándolas con un boxeador que, en el ring, puede con todo; pero cuando sale del cuadrilátero está fuera de lugar, queda aturdido, y tiene las de perder.

Otegi es precisamente esto. Lo que representa, tanto él como todos los presos por el caso Bateragune, es el toque de campana al final del combate. Por eso los titulares de los diarios más hiperventilados de Madrid  y alrededores han recuperado términos como proetarra para definirle. Otegi, y por extensión la EA, deben ser siempre terroristas, herederos de asesinos, violentos. Outsiders de un estado de derecho basado en la paz y la convivencia, y por tanto condenables por cualquier demócrata. Son lo que se conoce como un afuera constituyente, el límite externo del régimen, un enemigo exterior que mantiene y asegura la cohesión social alrededor de los valores del orden establecido.

Sería, en estos términos, una catástrofe política, peor, una catástrofe cultural, de dimensiones titánicas que la sociedad española comenzara a ver a Otegi como un agente político, integrado en el propio sistema y fuera del enfrentamiento bélico y policial de los años más duros de ETA. Otegi es un afuera que el Estado Español y sus instituciones no se pueden permitir integrar en la representatividad política, porque sería reconocer que el conflicto del que intentan hacer símbolo a la EA, y que tantísimos votos ha dado a las fuerzas políticas del régimen, está acabado. En otras palabras, y volviendo al símil del boxeador, el combatiente puede luchar mientras haya rival. Cuando no hay rival, hay que salir del ring, y ahí es donde el Régimen del 78 se derrumba.

La recurrente condena, la insistente identificación de la izquierda independentista vasca con un elemento bélico del que se han querido desmarcar cientos de veces, responde a una característica fundamental del poder institucional español, europeo y, en general, del sistema global: la incapacidad de ofrecer respuestas ante las exigencias democráticas, populares, que nacen en sus márgenes. Esta patología es la que el propio Otegi planteaba en su discurso en Anoeta, allá por 2004, aún como portavoz de Batasuna: “Los viejos estatus políticos […] han demostrado con suficiencia durante años que alimentan permanentemente el conflicto”. Los estatus, que decía el líder abertzale, siguen alimentando el conflicto armado precisamente porque ni pueden ni quieren resolverlo en el campo democrático.

Arnaldo Otegi es, con todo, una grieta en el poder institucional y cultural español. Su integración, más como símbolo que como valor político, en el campo de la política institucional en el Estado español es un acto de contrahegemonía en sí mismo que plantea una enmienda a la totalidad a la actuación del régimen en un conflicto que ha sido parte fundamental de la política española de las últimas cinco décadas. Cualquier fuerza que pretenda reformar ni que sea mínimamente el régimen del 78 no puede obviar ni la figura de Otegi ni su carga cultural a la hora de construir un espacio social nuevo, en los que estas demandas populares, fuera de estar en los márgenes de la política, sean su centro.

Caso Bateragune: entorpeciendo la solución al conflicto vasco

Tras pasar 15 meses en prisión, en agosto de 2008 Otegi sale de prisión con la idea de llevar a cabo un cambio de ciclo de la Izquierda Abertzale. Es un proceso en el que estuvo involucrado hasta el 13 de octubre de 2009, día en el que es detenido, por orden del juez Baltasar Garzón, en la sede del sindicato LAB junto con  Rafa Díez, Miren Zabaleta, Arkaitz Rodríguez, Sonia Jacinto, Txelui Moreno, Amaia Esnal y Mañel Serra. Las detenciones se enmarcan en el caso Bateragune -según la sentencia “bateragune” era el órgano de dirección de Ekin y no ha quedado probado que ninguno de ellos perteneciera al mismo- y son acusados de “intentar reorganizar Batasuna y  acumular fuerzas soberanistas bajo las directrices de ETA”. Después de diez sesiones y 45 horas de vista, el 7 de julio de 2011 se da por finaliza el juicio en la Audiencia Nacional que había empezado el 27 de junio del mismo año.

La resolución del tribunal de la AN salió el 16 de septiembre y pese a no mostrar evidencia que ligase directamente a los imputados con la banda armada, se argumentan pruebas indiciarias y les condena a 10 años– en el caso de Otegi y Díez- como dirigentes de “ETA”, 8 años para Miren, Arkaitz y por “pertenencia a banda armada” y absolución para Txelui Amaia y Mañel.

Es en mayo de 2012 cuando se pronuncia el Tribunal Supremo y resuelve el recurso que habían presentado. Sin salirse de lo esperado ratifica la sentencia pero reduce las penas, de 10 años a seis y medio y de ocho a seis. Es aquí donde encontramos el primer chirrio en el caso, y es que solo tres de los cinco magistrados ratifican la sentencia. Dos discrepan, de éstos, uno aboga por repetir el juicio por parcialidad mientras que el otro propone la absolución de los acusados y afirma que lo único probado durante el juicio fue la actividad política de los procesados.

Por tanto hay motivos para justificar que Arnaldo Otegi no debía haber estado en prisión, entre ellos  una serie de incongruencias legales y una cierta parcialidad en la resolución de la condena, que ya habían sido manifestadas por uno de los magistrados del Tribunal Supremo que revisó la condena –Alberto Jorge Barreiro- . Por ejemplo, uno de los indicios para justificar la condena a Otegi se fundamenta en las reuniones de representantes de la izquierda abertzale, realizadas en clave de estrategia política – fueron detenidos en el transcurso de una de esas reuniones en la sede del sindicato LAB-  , y sin constancia de que se apoyara a actos violentos en ellas.

Como bien escribía el periodista vasco, Iker Armentia, en eldiario.es: “la Audiencia Nacional ni siquiera aporta datos que vinculen esas reuniones con ETA o con algún tipo de actividad ilegal. Fue en esos encuentros, y en otros, en los que Otegi y el resto de sus colaboradores asentaron la estrategia de alejamiento paulatino de la violencia y apuesta por la política institucional. Esas reuniones sólo pueden ser consideradas como el ejercicio del derecho fundamental de reunión”.

Por otro lado la defensa presentó más de dos centenares de artículos periodísticos para demostrar que había una crisis entre los posicionamientos mayoritarios de la izquierda abertzale y ETA, que la sentencia no tomó en consideración para su veredicto. Esta idea de que Otegi abogaba por un cambio de estrategia dentro de la izquierda abertzale que pusiese fin a la vía armada y se desmarcarse del camino de ETA para profundizar en la unilateralidad de la vía pacífica se ve reflejada en la Declaración de Altasu, presentada un mes más tarde de la detención. Se trata de una estrategia de la EA que reitera que la vía pacífica es la única forma de conseguir el proceso democrático y el cambio de ciclo político en Euskal Herria.

Es el 17 de octubre de 2011 en el Palacio de Aiete de Donostia, se produce la Conferencia Internacional para promover la resolución del conflicto vasco que cuenta con personalidades como Kofi Annan, el ex jefe de gabinete de Tony Blair, dirigente e interlocutor del Sinn Fèin o el ex primer ministro irlandés y que se basa en dos directrices: instar a ETA a cesar definitivamente la violencia y a los gobiernos a iniciar el diálogo.

Tan solo tres días más tarde la banda armada respondía con el cese definitivo de la violencia. En palabras del propio Otegi al periodista F.Munárriz “estamos ante la constatación de quien tiene la voluntad de superar definitivamente el conflicto y a quién le interesa mantenerlo. es la prueba definitiva de la corrección de nuestro análisis: al Estado no le interesa un escenario de paz y confrontación democrática, por eso resistirá hasta el final, porque cree que en ese escenario él pierde y los independentistas ganamos.”

Octubre: próxima prueba de la Izquierda Abertzale

Durante estos años la Izquierda Abertzale, a través de EH Bildu, ha conseguido concurrir a las elecciones con resultados memorables -que ratifican los pronósticos de Otegi- hasta las pasadas elecciones. El plan “Zutik Euskal Herria” que guía la estrategia de la izquierda abertzale sigue vigente ahora con el dirigente de Sortu, que lo hizo posible, en libertad. Aun así, y pese al impulso revitalizador que puede dar la figura de Otegi a la izquierda nacional vasca como candidato de Euskal Herria Bildu en las elecciones autonómicas, el camino a recorrer a partir de ahora se halla lleno de obstáculos.

Tal vez el más importante sea el fantasma de la inhabilitación al que buena parte de la derecha ha recurrido con tal de frustrar las aspiraciones del soberanismo vasco, si bien incurren en dos errores principales: el primero, obviamente, es pensar que de una única persona, por aclamada o significativa que sea, depende el futuro de todo un proyecto político, y más teniendo en cuenta que la implicación de Otegi en la campaña electoral de Bildu tendría repercusiones positivas aun limitándose a apoyar la coalición desde fuera; y el segundo es que, pese a mantenerse, la inhabilitación penal no tiene efecto alguno si no se concretan los cargos a los que el condenado no podrá acceder.

Esta interpretación, defendida por la portavoz de Sortu Amaia Izku, tiene su precedente más rotundo en el caso de Iker Casanova, diputado de EH Bildu: pese a estar inhabilitado hasta el 2016, en 2014 accedió al Parlamento vasco. No obstante, como explica el politólogo y miembro de ANOVA Millán Fernández, “la decisión podría estar sujeta a un nuevo caso de arbitrariedades. El Estado español sabe de su influencia y capacidad política, y es de suponer que hará lo posible por evitar que sea escogido como cargo público”. Si se lograse este objetivo se estaría contribuyendo a engrandecer el mito de Otegi como un “mártir laico” del soberanismo vasco, tal y como expresa el citado politólogo.

Por otro lado, la Izquierda Abertzale deberá saber gestionar y superar el éxito del fenómeno de Podemos en Euskadi, cuya inesperada irrupción en un escenario político tradicionalmente polarizado por el eje nacional supone un nuevo factor de incertidumbre e inestabilidad. Aunque en el País Vasco, como en Cataluña, el electorado vota diferente según se trate de comicios generales o autonómicos y estos últimos todavía están por venir, Millán Fernández opina que la formación violeta “desplaza o dificulta las posibilidades y aspiraciones de la Izquierda Abertzale”.

¿En este contexto podría ser la colaboración una estrategia acertada? Según Fernández así es, puesto que el competidor electoral es muy potente. “Esta colaboración se ensayó en Navarra para el Senado y tuvo buenos resultados. No sé si es demasiado pronto para que esa cooperación sea más fluida y no contamine las posibilidades de Podemos en otras partes del Estado”. Más allá del grado de receptividad que pueda alcanzar esta propuesta entre una izquierda independentista vasca que dista mucho de ser bloque monolítico ideológicamente uniforme, lo cierto es que los guiños de la formación violeta al proceso de paz y a Arnaldo Otegi, en especial por parte de Pablo Iglesias, han sido constantes. El recién liberado preso político podría tener, pues, un rol clave a la hora de tender puentes entre dos espacios políticos que, pese a responder a ámbitos territoriales y a dinámicas históricas totalmente distintos, comparten infinidad de luchas y conviven en diversos movimientos sociales.

Dejando a un lado las consideraciones más electoralistas, lo cierto es que el regreso de Otegi al primer plano del escenario vasco, si es que alguna vez estuvo fuera de él, no ha dejado a nadie indiferente, sean compañeros o adversarios. Pernando Barrena, portavoz de Sortu, declaraba sin tapujos que “Otegi está llamado a jugar un papel de hombre de Estado”, dejando su posible elección como candidato a lehendakari en manos de la militancia.

En el lado opuesto, Gorka Maneiro, de UPyD, afirmaba que “Euskadi es el único territorio de la Europa democrática donde se eligió concejal y parlamentario a quien fuera miembro de una banda terrorista”, ignorando que en la UE hay otros casos de representantes democráticos que habían militado en organizaciones armadas y que acabaron apoyando procesos de paz. Sin ir más lejos, el célebre caso de Irlanda del Norte y su convulso período conocido como The Troubles, en el que el IRA y sus diversas ramas y escisiones se enfrentaron con los diversos grupos unionistas, que tiene como principal ejemplo al miembro del Sinn Féin Gerry Adams.

Al fin y al cabo, cuando se trata de hablar de Otegi sus detractores pueden emplear tantos subterfugios como deseen, pero la realidad es tozuda: en Euskal Herria se ha abierto un nuevo ciclo político y la Izquierda Abertzale ha entendido que la confrontación democrática es la única vía para lograr sus objetivos de emancipación nacional. Unas metas a las cuales, evidentemente, no piensa renunciar. Como dijo el mismo Arnaldo en Anoeta aquel 14 de noviembre de 2004, no se le pueden poner puertas al campo y al mar.

Iris Rodríguez
Galega emigrada. Estudio periodismo en la UAB y Ciencias Políticas en la UNED. Intento escribir sobre cultura política, movimientos sociales y especialmente sobre feminismos.

Deixa un comentari

La teva adreça de correu electrònic no es publicarà. Els camps obligatoris estan marcats *

*