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Mientras recitan Carlos Salem (a la izquierda) y Escandar Algeet (a la derecha) Domingo de resurrección, Diego Ojeda acompaña la poesía con acordes. Fuente: Lledó Alfageme.
Mientras recitan Carlos Salem (a la izquierda) y Escandar Algeet (a la derecha) Domingo de resurrección, Diego Ojeda acompaña la poesía con acordes. Fuente: Lledó Alfageme.

Poesía entre botellas de Jack Daniel’s

Una crónica de Andrea Bescós

De locales y bares en la ciudad condal hay a raudales. Pero pocos tienen una guitarra dobro colgada en la pared, un disco de oro de Frank Sinatra enmarcado, madera a doquier (de esa que se huele de verdad), luces que anticipan la Navidad y ni mucho menos son una gran colección pública de botellines de Jack Daniel’s en colosales vitrinas. Quizá por ello, l’Oncle Jack sea el lugar, el resorte, donde la poesía pueda batir las alas con libertad, convirtiéndose en algo más que en un mero museo donde todo va más allá. Porque sí, porque definitivamente el local de la calle Roselles de l’Hospitalet de Llobregat sea el lugar más indicado cuando Carlos Salem, Escandar Algeet y Diego Ojeda se presentan como “Los personajes secundarios que confiesan haber bebido”. Es la noche del 28 de noviembre, cuando los carteles del Festival Acròbates 2014 anunciaban días antes un sold out de entradas en mayúsculas. Un cartel que afirma que la poesía nunca se ha ido de entre los libros ni libretas desgastadas de poetas que entienden la poesía como un modo de vida. Para ellos, es incluso mucho más que eso.

 “¿Por qué escribo?”

Esa es la primera pregunta de la noche que resuena entre las cuatro paredes del local mientras docenas de sillas se arremolinan ante un minúsculo escenario iluminado por un foco de luz tenue y que cruje al mínimo paso. Parpadean luces en el techo y a todos se nos olvida que fuera cae el diluvio universal y que a muchos se nos olvidó coger el paraguas… Aunque aquí uno se da cuenta que eso aquí y ahora no importa.

“Por qué escribimos” de Carlos Salem, Diego Ojeda & Escandar Algeet. Fuente: Andrea Bescós.
 
—Escribo para abrirle la boca a las palabras, para poder ver la realidad entrando y saliendo del cuerpo.
—Escribo para burlarme de la muerte, que siempre ha sido analfabeta. Para desnudar a la vida que algunas noches pestañea. Para recordar que sigo amando y sigo vivo.
—Como si este sudor de alcohol idílico me sirviera de excusa para cualquier guerra. Escribo como si hiciera falta, como si necesitara o no hubiera otra manera de, otro camino a, otra última oportunidad. Como si valiera para todas y cada una de nuestras penas.
—(…)
 
Carlos Salem recitando Lo que sobra, uno de los muchos poemas de temática sexual y amorosa. Fuente: Lledó Alfageme

Carlos Salem recitando Lo que sobra, uno de los muchos poemas de temática sexual y amorosa. Fuente: Lledó Alfageme.

Es difícil no sentirse parte de su realidad, eso de percibir cómo el trio va pasándose birras, abrazándose porque no importa qué (o quizá es lo que más importa) les ha llevado hasta aquí. Porque no pueden evitarlo, eso de hacer arte, de versar sin parar mientras sus manos apenas pueden sostener centenares de folios repletos de poesía. Nos convencen que el amor, lo erótico, también tiene algo de social, o al menos eso dice Carlos Salem, un poeta, periodista, escritor (con talento y que deja sin aliento), con apariencia de pirata cuando sonríe y con un pañuelo negro anudado en su cabeza que hace pensar que es difícil que de su boca salgan expresiones como abrazo de koala –y eso a todos nos roba más de una sonrisa, eso de que el amor le haga joven e incluso niño–. Curioso cuando quizá es el hombre más sabio de toda la sala cuando con su poema Lo que sobra consigue acallar el mínimo suspiro, tos o respiración del local.

Ahora que todo
ha quedado en nada
me sobran los dedos que hasta hace poco se turnaban
para buscarte resortes y cosquillas
en la compleja maquinaria que ocultas entre las piernas
 
Ahora que todo
ha quedado en nada
mi boca sólo sirve para boquear besando al aire del cigarro
o masticar alguno de tus platos favoritos
como si te masticara
Y no es lo mismo.
(…)
 

Carlos Salem con-versa, “soy el único poeta feliz de España y soy argentino”, dice. Porque de todas, todas, Salem es Argentina, como cuna y lugar de origen a cada verso y palabra recitada. Porque no hay nadie en la sala que entienda mejor que él la verdad de esa porción sureña de Latinoamérica, de cómo la dictadura del 76 salía a pasear por las calles argentinas y llegaba hasta el lecho de sus casas. Esa dictadura que se llevó a 30.000 personas a la par que atemorizaba e intentaba llevar al suicidio la memoria de los que seguían vivos. Porque para Salem, escribir es no olvidar. Y leer País robado, País borrado es una cosa, pero escucharlo… Eso ya es otra cosa.

“País robado, país olvidado” de Carlos Salem. Fuente: Andrea Bescós.
 
En un lugar del Cono Sur
de cuyo nombre y su dolor no he querido olvidarme
en marzo del 76 los hijos de puta tomaron el poder.
con tanques y delaciones
con una lista de candidatos a desaparecer.
Y los borraron a millares
sin dejar rastro
como para demostrar que ni la muerte podía existir
si ellos no querían.
Y si querían, la muerte desfilaba marcial por las avenidas
Para que la gente, aterrada, aplaudiera.
 
Yo tenía por entonces 16 años
y estaba más interesado en colarme entre las piernas
de las chicas de 18
en beberme la vida y sus licores
en odiar sin ganas a mi padre
sólo por ser un espejo- reloj
que me adelantaba 30 años
y una calvicie.
 
En la tele no mostraban nada.
En las radios no decían nada.
En la calle, la gente ponía cara de nada.
Pero sabías
que cada vecino era un enemigo en potencia
que si alguien desaparecía era mejor no preguntar
que la constitución estaba apagada por tiempo indeterminado
que los hijos de puta estaban ganando por goleada.
(…).
 
Diego Ojeda interpretando La talla de tus vaqueros del disco Canciones para amantes sin futuro. Fuente: Lledó Alfageme.

Diego Ojeda interpretando La talla de tus vaqueros del disco “Canciones para amantes sin futuro”. Fuente: Lledó Alfageme.

Y aunque ya se dijo eso de La poesía con música, dos veces buena, lo cierto es que este año se cumple de nuevo con El mejor experimento. El tema inédito surge de la combinación de versos de Salem con la música y otro acento: el canario. Ese que sale de Diego Ojeda, músico y poeta sonriente que cabalga entre Madrid y su isla natal, Canarias. Aquel que según Salem, “va al gimnasio y al psicólogo o todo a la vez”. Aquel que entiende la pareja como pretexto de comprender la vida, de “aprender a hablarle a la cara al miedo, encontrar el valor para mirarse por dentro para ser más grande por fuera y encararse a la vida sin chaleco antibalas”. El cantante de autor, –que fácilmente podría ser recordado como aquellos artistas nocturnos que componen en la terraza–, asegura que “las chicas revolucionarias andan sueltas, vuelan sin bragas y llevan en el bolso un libro de poemas”. Lleváramos bragas o no, es casi seguro que llevábamos libros de poesía en los bolsillos. Los suyos. Esos que hablan de una chica que viaja en clase turista y es espejo de Chavela, Frida y de todo aquello que rezume revolución. De todo aquello que signifique ir a por todas, aunque sea a contracorriente.

“Mi chica revolucionaria” de Diego Ojeda. Fuente: Andrea Bescós.
 
Si te quedas a mi lado
no quiero que seamos espectadores
en una vida de bajo coste
quiero ser el protagonista
de todas tus revoluciones,
escupirle en la cara a los ministros,
insultar al presidente,
lanzar piedras contra la corona,
fugarnos del país
después de poner una bomba
en la junta anual de tu empresa
y que hablen de nosotros en los periódicos
y en las puertas de embarque de los aeropuertos.
 
Mi chica revolucionaria
ya se que defaso demasiado
cuando no duermo
pero es que cada día me gusta menos
viajar sin ti
e imaginarte perdiendo el tiempo
en esa oficina de mierda
con vistas a la calle más fea de Madrid
para llegar a fin de mes
haciendo malabares con mil euros.
 
Escandar Algeet recitando ¿Cómo se sacan las castañas del fuego? del libro Un invierno sin sol. Fuente: Lledó Alfageme.

Escandar Algeet recitando ¿Cómo se sacan las castañas del fuego? del libro “Un invierno sin sol”. Fuente: Lledó Alfageme.

El tercer personaje –que confiesa haber bebido a la vez que empuña una birra– mira con admiración a sus dos amigos desde el suelo del escenario. Él es Escandar Algeet, el chico del sombrero que sonríe con la boca pero sus ojos son tristes. Cuando oyes recitar a Escandar Algeet es algo así como la primera vez (o la segunda, la tercera…) que escuchas el Prelude in E-Minor (Op. 28 No. 4) de Frédéric Chopin: cercano, lejano, nostálgico, taciturno, dolorido. Brillante. Quizá porque es así, quizá por los golpes de la vida, pero él es pura emoción, del amor, de la vida (como si ambas cosas no fueran lo mismo) sintiendo la poesía ajena, la propia, los versos de maestros como Ángel González o Mario Benedetti, –hoy en otra vida aunque para él “los hombres buenos no mueren jamás”–. Sin embargo, él no es consciente que sus versos tampoco lo harán. Porque después de todo, no todos consiguen ser un héroe de las palabras con apenas un folio y un bolígrafo, utilizando tinta como puñal, esa poesía de trinchera para la revolución y para alzarse contra las injusticias en poemas como O todavía o incluso cuando el amor le rasga desde dentro. Visceral. Así es su poesía.

“O todavía” de Escandar Algeet. Fuente: Andrea Bescós.
 
¿El derecho a echarte de menos cuándo se termina?
¿Cuándo empieza la limpieza del dolor y todas esas mierdas?
 
Han sido dos sueños contigo en un mismo día.
Todas las cosas que te decía y al despertar
este silencio.
 
Me siento como un turista incapaz de besar la tierra,
mirando cada paisaje con las manos en los bolsillos,
pidiendo comida a domicilio
y diciendo “ticket para uno solo” en cada museo.
 
Me basta tu risa para aferrarme a un recuerdo,
el bastón de tristeza con el que trato a los gusanos
cuando vienen a comerse los pedazos
y habitarme las sombras,
el horario de visitas de este absurdo trabajo
de olvidar  tus manos frías
cada vez que me emborracho.
 
Cada día.
La gente dice que deje de hacerme daño.
Olvidarte.
 
Eso sí que me dolería.

 

Porque después de una ranchera con la guitarra de Ojeda, de risas, de alguna lágrima entre el público y en el escenario, fuera continua lloviendo. Sigue dando igual eso de no tener paraguas porque lo vivido aquí es único. Las manos duelen de aplaudir, por ellos, por el Oncle Jack y por haber tenido esa gran (y bonita) causalidad de haber acudido hoy a este recital. En la barra están sus libros, editados por Casimiro Parker, un músico de jazz que en la década de los sesenta hizo música con los grandes pero que ahora toca en la calle porque considera que la música debe ser para todos, sin limitaciones. Entre botellas de Jack Daniel’s sale una poesía sin intereses monetarios. El amor al arte, dicen. Poesía que se sale del verso y se mete en la vida. En la suya, en la nuestra, en la tuya. Pura magia.

 

Andrea Bescós
Convencida de que gracias a un pentagrama, a un cuadro, a los versos de cualquier poeta o a los fotogramas de una película, se puede salvar el mundo.

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