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Charles Chaplin en una escena de la película "Tiempos Modernos" - columnazero.com
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Quién le da cuerda al reloj

Una columna de Cristina Barrial

Nunca me gustaron los relojes. Desde los siete años que comencé a saber traducir la posición de las agujas en esa inmensa esfera, solo tuve uno. Era de marca Flick y Flack y brillaba en la oscuridad. Moderno para su época. Aun así, no tardé en cansarme de llevarlo atado a la muñeca y lo desterré al fondo del cajón en cuanto tuve oportunidad. Me aterran los relojes, y me alivia que Julio Cortázar entendiera de qué estoy hablando. De ese infierno florido al que hay que dar cuerda y que se amarra a tu mano, sin desprenderse. Y olvídate si quieres no saber la hora, porque instintivamente tu cuello estará acompasando un giro hacia abajo mientras tu brazo se desplaza hacia arriba, y serán las siete y diez. Las siete y once. Acelerarás el paso sin saber a qué ha venido esa prisa repentina. Te sorprenderás buscando entre las muñecas de la gente en caso de haberlo olvidado. Tus pasos irán al tic-tac, como perseguido por Alicia.

Pero hubo un antes a Lewis Carroll y el apuro. En períodos precedentes a la industrialización, el vínculo entre los ciclos de la naturaleza y los tiempos de trabajo era bien estrecho. El registro del tiempo estaba, en palabras del historiador E. Thompson, orientado al “qué hacer”, y las fronteras limitantes del trabajo y la vida privada eran mucho más difusas. Las mareas y las rutinas animales eran las que se encargaban de marcar el descanso o la dedicación.

Con el desarrollo de las sociedades industriales y la aparición del trabajo asalariado, que desbancó a aquel orientado a la producción propia, surge una nueva noción: la jornada laboral. Este nuevo término vendría a relacionar el tiempo y el trabajo, donde el segundo comenzaría a regir y a estructurar la disponibilidad del primero. A partir del siglo XVI, de la mano del desarrollo del capitalismo, la clase obrera empieza a organizar su tiempo personal en torno a la actividad productiva. Un tiempo que ya no pasa, sino que se gasta.

Así, de poco a poco, ante la necesidad de medir lo cuantificable, lo rendible, el reloj se hace frecuente en las Iglesias y los lugares públicos. Lo que antes marcaba la salida y la puesta del Sol, ahora lo hace la campana. Pero el reloj no se conforma con controlar la jornada laboral, sino que comienza a modificar los ritmos de la vida privada del trabajador.  En un principio, el registro del tiempo en forma de reloj era el lujo del acomodado y símbolo de estatus; según la revolución industrial iba a exigir mayor sincronización, fue más visible este objeto en las muñecas del proletariado, llegándose a convertir en una inversión para épocas menos prósperas.

El tiempo de la actividad laboral comienza a desplazar al de la Naturaleza, y estos “tiempos modernos” pueden concebirse en términos materiales como el dominio del tiempo del reloj sobre el espacio y la sociedad (Castells, 2001). Las horas tenían propietarios, que casualmente eran los mismos dueños de los medios de producción, y que perseguían la quimera de la productividad. La fábrica era ya, por aquel entonces, un auténtico mecanismo de relojería bajo la doctrina taylorista y, sobre todo, la disciplina, sobre la que Michel Foucault teorizó. Esta disciplina en la fábrica no era más que el método que permitía el control minucioso de las operaciones del cuerpo y que garantizaba la sujeción constante de sus fuerzas, imponiéndole una relación de docilidad-utilidad. Cuanto más obediente, más útil.

Eran tiempos de vigilancia, de multas, de relojes. Trabajadores afianzados y atados a cadenas de producción automatizadas con el temor de ser vistos incumpliendo sus labores. Algo parecido al panóptico ideado por Bentham, en el que todo aquel que estuviera en su interior podría ser vigilado desde una torre sin llegar a saber nunca a ciencia cierta cuándo el vigilante ocupaba su lugar y cuándo no.

El aumento de la mano de obra supuso un endurecimiento de la situación laboral: empleos parciales y sumisión a una disciplina de trabajo cada vez más exigente que obligaba al proletariado a despedirse de la ociosidad y a su venerado San Lunes: el día del descanso. Los salarios, cada vez más bajos; era de rigor combatir la inactividad. La responsabilidad del gasto o el ahorro del tiempo recaían en las manos del trabajador, y las coacciones externas habían favorecido la sumisión y el acato de las normas. La lucha ya no era contra las horas, sino sobre ellas. Ya no cabía cuestionarse la dictadura del tiempo, sino, acaso, suavizarla mediante protestas por la disminución de la jornada laboral.

Pero el orden, la disciplina y los relojes no vieron en la fábrica su único lugar de actuación, sino que pronto se extrapolaron a la escuela, lugar de caldo de cultivo de los futuros obreros.  Ilustres como el reverendo Willian Turner recomendaban que los infantes estuvieran ocupados en talleres al menos doce horas diarias para así naturalizarlos al trabajo y a la fatiga. El Plan Wedgwood, por su parte, estaba destinado a implementar la disciplina fabril a las escuelas para “anticipar, uno o dos siglos, el progreso”.

Como fatalismo naturalizado, así se impuso el reloj. Como avance, progreso y modernización. Nunca es neutra, sin embargo, la tecnología. Esta siempre sirve a determinados intereses. La historia del cambio tecnológico, que suelen vendernos como inevitable, fue también  una historia de represión y resistencia. Enfoques del avance tecnológico “endógenos”  ignoran el carácter social del cambio y pretenden cosificar la innovación, reduciendo al capital y al trabajo como meros factores. Encarnan los dos polos de la relación social que domina bajo el sistema económico  capitalista.

Ya lo advirtió Julio Cortázar en su preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj. Cuando te regalan un reloj, te regalan algo que es tuyo sin ser tu cuerpo. Fuimos nosotros los regalados a ese reloj. De nosotros depende, así, quien le sigue dando cuerda.

Redacció

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