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Redención

Un text literari de Marc Àlvarez

Es increíblemente radiante en mitad de la catástrofe. Brilla por sí sola, más que la luna, más que el sol. Más que cualquier cosa vista por el hombre. Es serenidad en el epicentro del caos. Un caos que infringe y quiebra cualquier diminuto sentimiento de compasión o empatía hacia el ser humano. Un caos ahora mudo, pero presente gracias al eco de las voces que gritaron desesperadas.

Aunque ella es frágil como un cervatillo, parece intocable. Aunque va descalza y sucia, camina dignamente. Aunque está oscuro y lágrimas de sangre se precipitan desde las nubes, ella no se detiene. Nunca. Simplemente avanza, firme en sus pasos y en su expresión.

Sus ojos están ya exhaustos de ver caras totalmente irreconocibles en cuerpos mutilados. Sus oídos no quieren volver a sentir cañonazos, explosiones y disparos provenientes del mismísimo infierno, ni gritos salidos directamente de estremecidas almas. De tanto soportar el dolor, su cuerpo ya se ha acostumbrado. Su corazón, sin embargo, todavía está en estado de shock.

Su inconsciente aventura en busca de algo que llevarse a la boca -prueba tú de explicarle al hambre qué es la inconsciencia y te dará una paliza o se reirá de ti- culmina cuando se choca de repente con uno de los ejecutores culpables de esa masacre. El soldado la mira perplejo, creía haber limpiado la zona. Bruscamente, la coge del brazo y se la lleva a trompicones dirección al campamento. Después de 2 minutos andando llega el milagro, sucede lo impensable. La niña se para y con una desgastada pero dulce voz le pregunta: “¿allí donde me llevas hay comida?” El hombre la observa extrañado, y se da cuenta de lo pequeña que es. Y de lo flaca que está. Y de lo cansada que parece. Sin embargo, aún conserva un pequeño atisbo de inocencia en la mirada. No sospecha de él. Después de la barbarie vivida, de mirar de frente a la muerte y ver como ésta se llevaba a su familia entera, todavía es confiada. “¿Me podrá dar un poco de comida señor? Si tuviera sopa caliente y pescadito frito me pondría muy contenta. Era lo más mejor de la cocina de mi madre y lo echo mucho de menos”. El leal sirviente de la patria sale de su ensimismamiento y parece otra persona. Pensaba llevar a esa pobre criatura a un lugar plagado de monstruos y asesinos, donde probablemente sería violada y asesinada. Sólo por ser de un pueblo diferente. Quizá ni eso, quizá servía a intereses superiores desconocidos e inexplicables para alguien de su posición. Aquello es como una revelación. En ese instante de reflexión se concentran en su cabeza todos los crímenes que ha cometido, y los que no ha impedido que se llevaran a cabo. Entonces acometen con fuerza dos poderosas energías internas, el mal contra el bien, la ignorancia contra la sabiduría. Una verdad demasiado dura para aceptarla sin más.

La redención debe empezar con aquella niña. El recién iluminado por un incombustible amor hacia la humanidad y la vida se agacha, pone las manos en la cara de la chiquilla y la mira de cerca. “Querida, gracias por existir. Gracias por tu inocente mirada y por haber llegado a mí. He cometido actos de los que me arrepiento, y nunca podré ser perdonado por Dios, y menos por mí mismo. Pero siento que algo ha cambiado dentro de mí. Aún puedo salvarte y eso, sólo es el principio. Tú quédate aquí escondida. Yo iré a buscar mis cosas y algo de comida, y enseguida vuelvo. Si escuchas que viene alguien permanece aquí sin moverte. Tienes que confiar en mí, te lo suplico”. Entonces se quita el casco y se lo pone a ella. Le queda grande y eso hace aún más grotesca la escena.

Cuando al fin regresa al lugar en el que la había dejado, un escalofrío recorre su cuerpo entero y lo deja sin respiración durante un instante. Dos compañeros de armas acaban de descubrir el escondite en el que se halla su protegida. Sin temor alguno, la chica mira al suelo tímidamente mientras les relata lo sucedido minutos atrás. Antes de que pueda reaccionar, la pequeña lo señala mientras exclama alegremente “sí, es él”. Inmediatamente después, el soldado sin casco dispara al que está más lejos de la niña, por miedo a fallar. El otro se mueve deprisa, tirándose al suelo en un acto reflejo al mismo tiempo que saca su pistola. Entonces se cruzan las miradas y se apuntan mutuamente. Palabras desesperadas brotan de la boca del que está en pie. Ella le replica, pero acaba obedeciéndole y se marcha corriendo. Mientras huye, un estruendoso disparo resuena en su corazón, le duele más a ella que al soldado que sonriente se desploma. Las calles están  vacías. No se para. Su signo de agradecimiento son las sinceras lágrimas que se deslizan por sus sucias mejillas, limpiándolas del polvo que tiene incrustado en la piel.

Años después de que el conflicto llegara a su fin, una mujer se pasea por el pueblo que una vez se tiñó de rojo. Lleva un rato caminando y, al fin, logra dar con el lugar en el que lo conoció. Ahora es un simple descampado. Justo en el centro deposita un casco maltrecho. Y en su interior una carta. Reza lo siguiente: “sé que ha pasado mucho tiempo, aún así espero que me recuerdes. Después de que me salvaras, conseguí encontrar un refugio en el que estuve a salvo hasta que terminó la guerra. Si no he venido a verte hasta ahora ha sido porque vivo muy lejos de aquí, espero que lo entiendas. Quería darte las gracias por tu valentía aquel día. No sólo por lo que hiciste por mí, sino por darte cuenta a tiempo de tus pecados. Puede que nunca te perdones por ellos, pero ya lo hago yo por ti. Fuiste cruel, pero más cruel hubiera sido seguir sirviendo al diablo. No justifico tus actos, y el último no borra los anteriores. Aún así, gracias. Escogiste el camino difícil, pero escogiste bien”.

Font: quejodios.blogspot.com

Marc Álvarez Ramilo
Estudiant de periodisme a la UAB. Quasi melòman, inestable lector, amant del setè art i ferm creient en el gran i desaprofitat poder de la cultura. Escriptor amateur amb massa coses per aprendre.

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