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Fuente: Beatriz del Corte

Una comunidad antagónica, los Amish

Un diario de viaje de Bea del Corte

Comienza a esconderse el sol. Poco a poco cae la oscuridad. Y no hay ni una luz en las casas y carreteras que bordean los campos y tierras. Pero tiene sentido. Estamos en el Condado de Lancaster, en el estado de Pennsylvania, donde se asienta la segunda congregación de Amish más grande del mundo, unos 30.000. Instalados en un paisaje de verdes colinas, viven de sus granjas y artesanía, sin coches ni tecnología, como cuando llegaron sus antepasados desde Europa a principios del siglo XIX. O casi igual. La presencia de las distintas comunidades Amish en Estados Unidos es un gran contrapunto surrealista y opositor al mundo moderno actual.

Tras alejarnos del pueblo moderno más cercano, cruzamos carreteras secundarias que conectaban casas unifamiliares con grandes terrenos donde el cable estático de la luz había desaparecido. Antes de que cayera la noche, nos encontramos un grupo de señoras con faldas largas y oscuras hasta el suelo, pelos recogidos con moños y pañuelos y camisas verdes o azules a cuadros. Al rededor, correteaban descalzos algunos niños vestidos como 200 años atrás. Le pregunté a una de las señoras si me podía sacar una foto con ellas. Se miraron entre sí y negando con la cabeza respondieron como si nunca antes hubieran pronunciado palabra: ‘‘Lo siento, no podemos’’. Los Amish tienen totalmente prohibido cualquier relación con el exterior, y sobretodo, cualquier cosa que pueda ‘‘vulnerar su identidad’’, como cámaras de vídeos o fotos.

Fuente: Beatriz del Corte

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Son las 8 de la tarde. No hay ni tiendas ni cafeterías abiertas. Vemos como todos los miembros de la comunidad comienzan a recoger sus tareas y entrar en sus hogares. Sus días comienzan y acaban con el sol. Tienen un estilo de vida sencillo. Son autosuficientes y su filosofía de vida es abastecerse por sí mismos, cultivando o creando sus propios productos, tanto de alimentación, como de vestimenta o utensilios para la casa y el campo. No pueden usar ningún tipo de tecnología ni ningún aparato de nuestra era actual; la electricidad no existe en sus hogares, así deben hacer todo a la antigua usanza: para darse un baño con agua caliente, basta con calentar un caldero en el fuego y para poder ver una vez que ha llegado la noche, encienden candelabros con velas. Y por supuesto, no han aceptado el coche, se transportan con carros arrastrados por caballos. Pero eso sí, era una delicia ver cómo sonreían y con qué felicidad hacían todo.

Llevan una vestimenta modesta, como los de ‘‘La Casa de la Pradera’’, en la que destacan los sombreros de paja y los tirantes de los hombres y los impolutos peinados cubiertos con pañuelos de las mujeres. Aunque no libre de códigos. Tienen prohibido el uso de botones por su original asociación a las fuerzas armadas y lo mismo ocurre con los bigotes para los hombres, que tampoco son libres de llevarlos, por su asociación a los militares fascistas.

amish

Fuente: Bea del Corte

Bajo unos rígidos códigos de conductas, basan su vida y la relación con los demás en su amor a Dios, el pacifismo y la sencillez más absoluta. Aunque, no obstante, respetan el derecho de salida de los miembros. Cualquier miembro puede abandonar la comunidad voluntariamente (y también ser excomulgado si no cumple las normas). En la adolescencia, existe un período, en el que el joven puede adentrarse en el mundo moderno y probar sus virtudes y defectos para después decidir si quiere bautizarse para integrarse definitivamente en la comunidad o escindirse totalmente de ella. Todos acaban bautizándose. Otra de sus formas de vida es que están exentos de contribuir a la Seguridad Social, ya que niegan a recibir sus prestaciones, por lo que no pagan ningún tipo de impuesto. Tienen sus propias escuelas, al margen del sistema educativo estatal, así como el resto de edificios públicos.

Su historia comienza con Jacob Amman, que pensaba que los menonitas se estaban volviendo demasiados liberales y fundó su propia religión, de ahí sus seguidores: Amman-Amish. Los primeros llegaron desde Suiza a esta zona alrededor de 1740, huyendo a Estados Unidos en busca de una supuesta libertad religiosa, ya que eran perseguidos por su rechazo al bautismo infantil (son anabaptistas y solo bautizados al ser adultos) y negación al servicio militar obligatorio. En sus comunidades no existe ni iglesia ni cura y la ceremonia semanal a Dios se hace cada 15 días en una casa diferente. Así se evita el abuso de poder y el origen del Estado.

Me pregunto, ahora que conocemos un poco mejor a la comunidad Amish, si su organización social y estilo de vida sigue las prácticas de la posterior corriente de los falansterios, o si quizás Amman tuvo algo que aportarle a Fourier para crear su utópica comunidad, que lejos de su quimera, todavía hoy podría seguir estando vigente. Me pregunto también, si sería mejor vivir en un sistema represor que en las aras del poder materialista y globalizador de nuestro mundo actual que enriquece a un grupo de personas determinadas.

Fuente: Bea del Corte

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“Si algo no es estrictamente necesario no tiene por qué hacerse”, te diría cualquier Amish.

Redacció

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