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Beth Hoeckel
Beth Hoeckel

Uñas color turquesa

Un text literari de Núria Contreras

Elena seguía tendida en la cama con los ojos fijos en un único punto. Se había despertado media hora antes de lo previsto y ese inesperado descontrol mantenía sus ojos abiertos, sin otorgarle el poder de decisión para levantarse unos minutos antes de lo que había acordado –siempre con ella misma- el día anterior. Una vez Yesterday de los Beatles sonó -tono in crescendo-, se quitó la sabana de encima -color turquesa-, posó los pies sobre el suelo -frío congelado de Enero- y se calzó sus zapatillas -olor a hogar. Justo al lado de la cama había dejado el revólver cargado.

Era una decisión que había prolongado hasta la mañana siguiente, pero de la que ahora no podía escapar. Dudaba si primero debía arreglar la casa, siguiendo con su ritual matutino, o dejarlo todo como estaba. Pero la decisión se tomó sola al ver a su gato color azabache pasando por delante de la puerta. Sin salir apenas de la habitación, cogió el arma del suelo con la mano firme, parecía que toda la seguridad que se asigna al nacer estuviera concentrada en ese acto, y se dirigió frente al espejo que se encontraba a su derecha. Las tinieblas de su interior estaban tomando el control de la situación. Antes de colocarse la herramienta de “adiós para siempre” se contempló unos segundos ante el espejo. Era primera hora de la mañana, pero había pasado una de las noches más tiernas desde hacía mucho y esto se reflejaba en su cara. Su tez era blanca y suave, de un cutis espléndido, y las ojeras que hacía días la atormentaban habían huido como si supieran del inminente evento. Se encontraba guapísima, perfecta: pensó que su cuerpo se había puesto de acuerdo para despedirla y dibujar una imagen bella, la última que vería. Eso de quitarse la vida mirándose a los ojos fue una idea que se le ocurrió hacía un mes, cuando vio una película la protagonista de la cual estaba a punto de detener a su pareja cuando éste estaba delante del espejo con una pistola apuntando a la parte lateral izquierda de su cráneo. El hombre lo último que vio fue a su novia a través del espejo corriendo con ademán de detenerlo, pero ella no cometería tal error. Todos sus conocidos pensaban que estaba en Inglaterra de viaje. Se había despedido de ellos de una manera inusual para un simple viaje de tres semanas, pero nadie sospechó. Había construido la escena minuciosamente, como un cuadro puntillista. En general, toda su vida había sucedido como un gran cuadro puntillista. Así que allí estaba.

Después de inspeccionarse por última vez pensó que masturbarse no estaría de más. Dejó el revólver donde lo había cogido al levantarse, se tumbó en la cama, y empezó a acariciarse lentamente el clítoris aumentando el ritmo según le parecía. Tenía la mente en blanco, no pensaba en nada. Una de las cosas que más le gustaba era poder darse placer a si misma sin necesidad de pensar en ninguna fantasía sexual. Para ella, esas fantasías estropeaban todo el acto en sí. Después de tres minutos, con una combinación de caricias y manuales penetraciones, alcanzó el éxtasis. Se sentía bien. Se colocó las bragas, se quitó la manta de encima y volvió a coger el revólver del suelo. Esta vez era definitivo. Delante del espejo ya, vio que la expresión de su cara había cambiado ligeramente, para mejor. Sonrió levemente reafirmando consigo misma el acierto de lo que acababa de hacer.

Colocó la pistola en el lateral derecho de su cabeza -seguridad infinita-, se miró por última vez -belleza realzada por la ocasión-, ser rió a carcajadas despidiéndose –mente en blanco-, y apretó el gatillo -uñas color turquesa.

Núria Contreras
Estudiant d'Estudis Literaris.

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