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Fotografía de Idoia Capuz
Fotografía de Idoia Capuz

No mueren, las matan

Una columna de David Castelló

Esta semana ha sido asesinada la segunda mujer en Cataluña en lo que llevamos de año. Solo en el trágico mes de enero ya fueron ocho en el Estado español. En 2016 ya son 15 las mujeres asesinadas según los datos oficiales; 28 según feminicidio.net. Es el sangriento baile de cifras. Y la realidad, a veces caída en el olvido, es que no mueren, las matan.

No sirven medias tintas, pues para cambiar un problema sistémico, incrustado en la sociedad cual tumor maligno, nos hacen falta librerías enteras. Y educación, la semilla del patriarcado. Al traste con las malas hierbas. Arranquémoslas y cultivemos de nuevo. Y nunca un paso atrás. De hecho, dos adelante. O tres. O una carrera entera. Retroceder, ceder un solo centímetro, es caer en el abismo. O sumergirse en la oscuridad. Y volver a andar sobre tierra llana, o encender la luz, siempre resulta difícil. De ahí que el papel de la sociedad –ideal y utópicamente concienciada, politizada, madura, culta, libre y solidaria– sea construir puentes, tapiar agujeros y poner bombillas. Deberíamos mover el sol si la igualdad lo exigiera.

El patriarcado se nos presenta fuerte, inmenso, convertido en hombre, pero legitimado también por algunas mujeres. Está también escondido y es inteligente. Es ahí donde empieza la batalla, y donde gana la guerra. Todo el mundo sabe identificar un macho alfa, pero pocos detectan la violencia menos explícita y los mecanismos que legitiman esta realidad. El machismo también se cobija en el piropo gratuito, la mirada al móvil ajeno, el inocente chiste, la presión estética, y un etcétera con mucha cola. Esos también son pequeños engranajes de un sistema que pervive, desmenuzado en sus mil formas y expresiones. Y a veces supura, y hasta sangra. Pero sigiloso, complacido por un sistema económico que actúa como pata y eje, siempre acaba haciendo sangrar. Y mata, más de lo que lo hizo ETA. Y vive, más de lo que lo hizo Matusalén. Y vuelve a matar, más que el Daesh en Occidente. Y nunca muere, quizá porque lo dejamos vivir.

Detectemos uno de los problemas elementales: las complicidades encubiertas y las responsabilidades compartidas, por doquier. El Estado que no actúa, ni sobre el papel ni debajo de él. Los medios de comunicación, que ni quieren ser ni son. Que se debaten entre si las mujeres “mueren” o las “matan”, que se obsesionan con la ropa de unas y con las políticas de los otros. Las instituciones públicas, que marginan a la mujer, que la condenan a ser minoría. La educación, que teniendo que ser eje de una igualdad que urge, se convirtió en la pata floja. La sociedad, que de tanto cerrar los ojos se tornó ciega. Los políticos, que de tanto ceder cruzaron las líneas rojas. Y la presión psicológica, tan menospreciada y tan sigilosamente peligrosa, que de tanto caminar impune acabó corriendo. Y la justicia y la igualdad, hermanas siamesas, que de tanto hundir la cabeza se ahogaron.

David Castelló García
Estudiant de periodisme a la UAB. La utopia a l’horitzó i els versos al carrer. Fills de l’oblit, la paraula i les persones. Interessat en història contemporània, moviments socials i cultura.

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