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El trompetista Roqui Albero y Childo Tomás - Foto de Alex Puig

[Dos crónicas] Voll Damm 45 Festival Internacional de Jazz de Barcelona – Dos conciertos, dos crónicas

Jazz con raíces mozambiqueñas  

Una crónica de Marc Àlvarez y Alex Puig

El trompetista Roqui Albero y Childo Tomás - Foto de Alex Puig

El trompetista Roqui Albero y Childo Tomás – Foto de Alex Puig

El mozambiqueño Childo Tomás celebró el pasado Viernes su primer concierto como líder de la banda Mozambique ni n’ Tumbukuku, después de dos décadas colaborando con ilustres músicos tales como Omar Sosa. Nosotros tuvimos la oportunidad de presenciar el inicio de este gran proyecto, en palabras del bajista eléctrico, el más importante de su carrera musical.

Llegamos a la escondida sala Harlem Jazz Club a las 20:30 de un viernes, media hora antes del espectáculo. A medida que avanzaban los minutos, el pequeño pero acogedor rincón se fue llenando de espectadores de diversas edades, ocupando todos los asientos y rincones del local. A la hora establecida y para entrar en ambiente, la banda empezó a desfilar entre el público mientras se dirigía al escenario, dando inicio al concierto.

Una vez arriba, todo en silencio, se empezaron a oír los primeros acordes del bajo eléctrico de Childo, dando paso a los demás instrumentos: batería, trompeta y violines. A medida que avanzaba el espectáculo, era cada vez más notable la perfecta armonía entre el jazz i la música africana, transportándonos a sus más profundas raíces mozambiqueñas. Ayudaban a esta sensación los múltiples sonidos ambientes que acompañaban al conjunto.

El líder de la banda Childo Tomás - Foto de Alex Puig

El líder de la banda Childo Tomás – Foto de Alex Puig

A la mitad de la función Childo aprovechó una ligera pausa para presentar al público los distintos componentes de la banda, utilizando un tierno discurso para explicar la trayectoria de cada uno. De paso agradeció efusivamente la presencia de sus familiares haciendo alusión al apoyo moral recibido en este proyecto.

Denotando en todo momento un excelente nivel musical, el conjunto se adaptaba perfectamente a la intercalación entre la guitarra y el bajo del mozambiqueño. A medida que transcurrían los temas, el ritmo aumentaba con rapidez y dinamismo. En el clímax de la función, un electrificarte solo de trompeta retumbó por las paredes del Harlem Jazz Club, llegando al alma de los asistentes y elevando aún más el pedestal en el que Childo había dejado anteriormente al miembro más reciente del grupo.

Ya para finalizar el espectáculo, el frontman creó un coro improvisado con la ayuda de los pequeños compañeros de sus hijos, entonando una tradicional melodía de sus tierras.

En definitiva, un concierto familiar caracterizado por una calidad musical increíble que fue el punto de partida, al parecer de estos redactores, de una gran, esperanzadora y original carrera en el mundo del Jazz.

A continuación podéis ver el vídeo del concierto.

Componentes de la banda (según www.theproject.es)

Childo Tomás, bajo eléctrico, guitarra, percusión, kalimba, xivovoco, voz y efectos

Xiluva Tomás, violín y voces

Nyeleti Tomás, violín y voces

Carlos Ronda, percusión

Roqui Albero, trompeta

WEB DEL ARTISTA

http://www.myspace.com/childotomas

La línea del bajo como sustituto a la raja del tanga

Una crónica de Rosa P. Masdeu

45 Voll Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona

45 Voll Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona

Me ha sido realmente difícil descifrar mis anotaciones del concierto, tomadas con papel y lápiz. La luz de la Fundació Liceu era suficientemente tenue como para acentuar mi débil y monstruosa caligrafía. Sigo las indicaciones de mi pase de prensa y me siento en la butaca 12 de la fila 7. Un hombre de unos cuarenta años, que me insistía en que no le tratase de usted, se sienta a mi lado y me cuenta que es saxofonista y periodista de rebote. Tiene un programa de Jazz en Catalunya Música y viene entusiasmado porque es la primera vez que verá a Wadada Leo Smith’s Golden Quartet  en directo.

La sala está a un setenta por ciento de su capacidad, aproximadamente. No parece que se vaya a llenar mucho más, empieza ya el concierto. Sale al escenario un hombre de la organización agradeciendo a Voll Damm que sea el mecenas de este 45 Festival Internacional de Jazz de Barcelona. Recuerda que la banda firmará discos al acabar la función, sobre todo si éstos han sido adquiridos en la parada que obstaculiza la transitada  salida de la habitación.

Más que a Voll Damm, el éxito del  festival hay que atribuirlo al impulso que últimamente recibe el Jazz como parte de un estilo de vida alternativo, que reivindica, en términos musicales, la línea del bajo como sustituto a la raja del tanga. El Jazz está bien visto, es interesante, está de moda, aun rozando una cierta acidez  bastante hipster. Hay gente joven que adora el Jazz, hay más todavía que, al menos, lo aparenta,  y muchísima más que lo intenta.

El saxofonista de la butaca 16 me sugiere que anote que los músicos, ya en el escenario pero sin desprender todavía ni un indicio de onda sonora, dedican un lapso de tiempo considerable a colocar sus partituras en los atriles.  Empiezan, y calman mis ansias de descubrirlos. El inicio es duro -el periodista de rebote, que todavía no sé cómo se llama, me había advertido- una dura pero bellamente retorcida melodía nace de la trompeta de Wadada.

El tiempo se detiene por dos horas. Un enorme contrabajo soporta el definido fluido musical de la trompeta. Los músicos están colocados (de izquierda a derecha): piano, contrabajo, batería y trompeta.  Van alternándose en la combinación harmónica y melódica, suave con despuntes rompedores que recuerdan que estás en un concierto del más puro y original, en el significado  cronológico de la palabra, progenitor de la música moderna. Ahora bailan a un ritmo frenético los acordes del piano con las selectas burbujas de sonidos, consecuencia de un cuidado pizzicato del contrabajo.

El batería, en camisa hawaiana, sonríe, expectante a encontrar el momento óptimo para enriquecer la composición. Coge las baquetas- para mi sorpresa no son escobillas- y acaricia los platos con unas impolutas fusas de piano en segundo plano.  Wadada, con una americana blanca como su barba y en contraste con sus simbólicas rastas y rostro negros,  dirige el concierto, desde la izquierda, para sí mismo. El resto no le presta atención, pero le hace caso.

Olvido mis notas durante algunos, y  prolongados, momentos. El jazz más puro no permite distracción si lo que se quiere es comprenderlo.  Absorbe y amordaza egoístamente para que lo único en que se pueda pensar es en él.  El único estímulo que debe recorrer las neuronas debe ser el sonido consecuencia de cada una de las, casi,  imperceptibles rugosidades de las cuerdas del contrabajo, que florecen al ser  reseguidas con el arco. Un accelerando cada vez más agudo.  El contrabajo de John Lindberg se relaja, roza la delicada psicodelia, pero en seguida vuelve a la fuerte alma del jazz.

Para no cometer, más de lo inevitable, el común error de hablar de cuestiones de las que en realidad no se sabe ni la mitad de lo que se finge, me documenté un poco sobre la banda.  No me gustaría pretender embaucar a los pocos que hayan llegado hasta este punto de la crónica y presumir de una erudición de la que carezco. Es por eso que para aquellos que quieran indagar en el cuarteto protagonista les dirijo, directamente, al excelente trabajo del saxofonista, y periodista de rebote, Carles Lobo: encargado de la emisión del programa radiofónico Via Jazz de los domingos (el programa sobre la música de Wadada es el del 24/11/2013).

Las imágenes proyectadas detrás de los músicos identificaban la relación de la música del grupo con la lucha contra el apartheid, combinándose con la representación gráfica del electrosonido de la música emitida en directo. Todo esto me lo contó Jesse, el artista encargado del montaje de las imágenes, en un compasivo acto de caridad hacia mí, que iba rebotando de organizador en organizador a ver si alguien me aclaraba si me denunciarían, o no, si publicaba en una revista las fotos que había tomado.

Ok, ok, ok!. – Wadada obliga a parar al excitado piano de Anthony Davis: un amable control sobre la entropía musical sentada en una armonía definida. El sonido más melódicamente estridente y ahogado de la trompeta avanza unos cuantos compases en solitario, se aserena y sigue avanzando hasta diluirse en el ambiente. Wadada acaba su majestuosa actuación en solitario. Se asoma el pianista y más tarde el contrabajista, después la batería de Anthony Brown, con camisa hawaiana, y cierra el creciente círculo de solos Wadada.

Un vibrante, homogéneo, potente, radical y dulce sonido hace cobrar sentido a todas las elucubraciones anteriores, fusionándose las frecuencias más puras de cada instrumento que llenan la sala de Jazz cristalino.

Música que aleja de cualquier mundana ofuscación. Una lección, con justificada soberbia, al extendido costumbre contemporáneo de depender, “musicalmente” hablando, de la raja del tanga.

 

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