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psycho

When a man loves a woman

-Haciendo un esfuerzo sobrehumano levanto las persianas de mis iris y rezo inconscientemente para que las de mi habitación no me muestren el mismo panorama gris de siempre. Si ese maldito color tuviese forma y sintiese dolor te juro que arrancaría a mordiscos las palabras compasión y piedad del diccionario y le haría sufrir hasta el punto que me implorase matarle. Le dejaría vivo hasta que su existencia le diese tanta lástima que optase por reventarse los sesos o meterse en la bañera con una tostadora.

Ah, tampoco pienso que tenga que haber necesariamente nada ahí arriba. O… abajo. Quizá no hemos encontrado a lo que conocemos como ‘dios’ por no buscar donde toca. En fin, que mis plegarias provienen de un instinto (anti)cultural básico que tenemos los animales conocidos como humanos por culpa de años de incansable machaque mental producido, cómo no, por la agencia de publicidad, a la vez que campaña de marketing, más ambiciosa de la historia: la iglesia católica. Hay otras marcas que llevan mucho tiempo en el mercado y presentan buenos números, tanto en ganancias como en consumidores, pero es imposible hacerle frente al tiburón divino.

-UNA, tío. Una sola palabra más que no tenga que ver con lo que me contabas y me piro, en serio. -Sí, sí, perdón. Sabes que tengo cierta tendencia a irme por las ramas y ahondar en exceso. La mayoría de veces me pierdo y ni con el puto Maps puedo regresar. Como sea, la cosa es que cada jodida acción que realizo al despertarme me pone nervioso. Esas primeras gotas de la ducha, traicioneras cual Judas. Frías, punzantes, irritantes. Esa amplia oferta gastronómica compuesta por el pack de cereales integrales, galletas y magdalenas ganador tres años consecutivos del concurso internacional de alimentos cabrones. Llámame raro pero no me gusta sentir que tengo un maldito desierto en la boca.

Ese pesimismo…esa misantropía que acompaña a todos los transportes públicos. Junto con su característico olor nauseabundo. Si es sólo el roce de los de nuestra especie lo que lo provoca, no me importaría que nuestra descendencia se diese por finalizada aquí y ahora.

–Eres una bestia. –Ya, bueno, puede ser. ¿Pero no es de la misma condición el que, sentado en el metro, se enorgullece de compartir en sus redes sociales la foto de esa niña palestina moribunda? Instantes antes la ha observado con detenimiento, y esos ojos verdes han atravesado su ser por un momento. Durante ese breve periodo de tiempo, algo de lo que conocemos como ‘humanidad’ se ha formado en su interior. La inocencia de la criatura en contraposición a la maldad y crueldad de este mundo. Lo sabe, no está bien. Pero es su podrido e inútil cerebro el que le ha hecho llegar a su conclusión de acción. Que es, ni más ni menos, la de compartir la imagen. Algo que no le supone ni el más mínimo esfuerzo, que le recompensa con una pizca de reconocimiento entre su pequeño círculo social de alimañas y, lo peor, que se cree de verdad que ha servido de algo.

Lo poco que nos queda de bondad está agonizando mientras se diluye entre el creciente egocentrismo masivo creado por la patraña que es la globalización. –Estás frivolizando, pedazo de capullo. Aún así, ¿todo este chaparrón de pedantería manchada de mierda ha sido para decirme sólo eso? Entonces, ¿por qué coño te levantas cada maldita mañana sintiéndote un despojo por dentro y por fuera y te pasas todo el puto día haciendo cosas que odias para gente a la que desprecias? Maldito cabronazo insensible…

-Eres demasiado malhablado. –Sabes que Mr.Q siempre ha sido mi director preferido. Por lo tanto, te jodes. –Ya, ya, me jodo. Qué novedad. Aunque te aseguro que nada ni nadie volverá a molestarme nunca más. –Oye, ¿estás seguro de que quieres hacerlo? -¿Ahora te doy lástima?

-Sabes que me da exactamente igual. Pero si pudieras, te arrepentirías. –No lo creo. Este mundo no está preparado para personas como yo. No tengo cabida, nunca la tendré. Pero no me arrepiento. Si Eva hubiese existido y le preguntasen, seguro que diría lo mismo. Lo volvería a hacer cien veces, se volvería a comer la manzana en cien vidas distintas. Porque es nuestra verdadera naturaleza, la desobediencia. Al final, en el más extremo de los filos, solo nos obedecemos a nosotros mismos. Y eso no tiene por qué ser egoísta, simplemente seguimos nuestro camino, nos beneficie o nos perjudique. Yo estoy a punto de obedecerme a mí, desobedeciendo así a todo lo que me rodea.

–Aunque inconscientemente te haya llevado hasta esta situación. –Incluso así. Sí, incluso así. Creo que es la única manera que tengo para sentirme libre. Serlo me da igual, sé que es una utopía, un espejismo febril. -¿Y por qué colgado? –Porque así estaré más alto de lo que nunca he estado…

-Supongo que no es un mal final. –Viniendo de ti me lo tomaré como un cumplido. Aunque… ¿Sabes cómo soñaba que fuera? Me hubiese gustado mezclar todas las drogas existentes y transformarlas en un fino polvo arcoíris que se infiltrase por los poros de la piel e hiciese reaccionar al cuerpo al instante. Hubiese rociado al globo entero. De fondo, “When a man loves a woman” de Percy Sledge sonando a través de todos los dispositivos capaces de reproducir audio. Y la gente mordiéndose, follándose, defecándose. La imagen perfecta. La armonía en el caos, la vuelta a los orígenes. Simplemente aceptando nuestra verdadera naturaleza, nuestros impulsos genéticos más animales, podríamos irnos dignamente.

-Una escena muy cinematográfica. Pero sigo sin entender lo de la canción. ¿Por qué esa? -Porque sólo el Soul puede paralizarnos el alma mientras todo lo demás está en movimiento. Imagínatelo, vería la locura en lo alto a cámara lenta. –Eres tan pedante como para ponerle banda sonora a la extinción de una raza. –O epidemia. –Sí, lo que sea. ¿Vamos?

-Vamos.

Cinco días después encontraron el cadáver colgado en el centro del comedor del pequeño piso. Llamaron los vecinos por el fuerte olor que de éste descendía. Aseguraron que le habían escuchado hablando a diario, pero que hacía años que nadie pasaba por esa puerta a excepción de él. Cuando llegó la policía encontró pequeños papelitos blancos en todos los cajones del habitáculo. En todos ponía lo mismo: “VOICES”. De fondo, sonaba “When a man loves a woman” de Percy Sledge.

Marc Álvarez Ramilo
Estudiant de periodisme a la UAB. Quasi melòman, inestable lector, amant del setè art i ferm creient en el gran i desaprofitat poder de la cultura. Escriptor amateur amb massa coses per aprendre.

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